El estrangulador de Boston (The Boston Strangler, Richard Fleischer, 1968)

Las historias basadas en biografías de famosos asesinos psicópatas de la historia conocieron a finales del siglo pasado –y principios del nuevo– un auge que aunque dio algún que otro título destacable, fue en su mayoría carnaza del “directo a DVD”, dinámica que ha ido continuando hasta nuestros días –salvo honrosas excepciones-. La historia del cine, por otro lado, nos ha legado películas mucho más grandes en todos los aspectos, basadas igualmente en estos personajes, como la que hoy nos ocupa: El estrangulador de Boston (The Boston Strangler, 1968) del artesano Richard Fleischer.

Richard Fleisher (20.000 leguas de viaje submarino, Viaje alucinante, Cuando el destino nos alcance…) dirigió esta película en 1968 basándose en un libro de Gerold Frank que relataba los crímenes de Albert DeSalvo, y la auténtica caza del hombre que se desató en Boston mientras este perpetró sus crímenes. Se trata de una película absolutamente revolucionaria –si la situamos en su contexto y época-, no sólo por la crudeza gráfica con la que se relatan algunos de los asesinatos, que evidentemente a estas alturas ya está superada, sino por la forma en que se aborda la temática y el contenido sexual de la misma.

También en el apartado técnico se trata de un film revolucionario y cabe remarcar la utilización de la técnica de división de la pantalla, posteriormente utilizada en innumerables ocasiones en el campo del videoclip y la publicidad. Esta técnica también ha sido explotada en numerosas ocasiones (siendo especialmente famoso por su uso el cine de Brian de Palma). Precisamente por ese motivo, algunas de las secuencias más destacadas de la película requieren un alto nivel de planificación y buen hacer del montador. Como ejemplo: el magistral pasaje en el que la policía inicia la detención e interrogatorio de los delincuentes sexuales fichados en Boston, que por momentos llega a dividir la pantalla hasta en ocho partes, adecuando cada encuadre a los formatos resultantes de tal partición.

El apartado de la interpretación también es memorable, siendo la caracterización de Tony Curtis la más recordada de la película y una de las más acertadas de toda su carrera. El actor construye un personaje en apariencia corriente e incluso simpático que, al igual que la pantalla, es capaz de desdoblarse en su otra personalidad sin apenas inmutarse y capaz de transmitir también sensaciones encontradas en el espectador, que no quedará impasible ante la enfermedad de DeSalvo. Henry Fonda encarna perfectamente al funcionario duro e idealista que persigue al estrangulador. Algunos diálogos de éste y otros personajes y varias de las descripciones del modus operandi del asesino recuerdan vagamente a la obra maestra Anatomía de un asesinato, de Otto Preminger, película que también se adelantó unos cuantos años a su época.

También queda un pequeño espacio para la crítica social en esta arriesgada película de Fleischer: la escena del local frecuentado por homosexuales y la anterior –en la que dos mujeres intencionadamente ridículas denuncian a uno de ellos con la “evidente” prueba de poseer las obras completas del Marqués de Sade en la biblioteca de su casa-, así como los diálogos entre Fonda y el fiscal general o con el propio Desalvo evidencian el trasfondo ideológico del director, que sutilmente imprime su huella en el producto final y de paso rompe algunos tabúes.

En definitiva se trata de una muy buena película, con cierto tono documental, que sirve para disfrutar del cine bien narrado. Pese a los años y al cansancio que puede producir en algunos momentos la proliferación de asesinos en serie en nuestras pantallas, se ha mantenido fresca y rompedora hasta nuestros días.

Dani Morell

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