El vídeo de Benny (Benny’s Video, Michael Haneke, 1992)

«La televisión puede enseñar, puede arrojar luz y sí, hasta puede inspirar.
Pero sólo lo hará en la medida en que nosotros estemos dispuestos a utilizarla con estos fines. De lo contrario, sólo será un amasijo de luces y cables»
(Diálogo del filme “Buenas noches y buena suerte”)

No deja de resultar extraño, cuanto menos, que cuando se pregunta a los espectadores de esta película por ella, lo primero que mencionen sea lo desagradable que les ha resultado la escena inicial, la de la muerte del cerdo, considerándola uno de los momentos más intensos y fuertes de todo el film.
Sobre la muerte de la joven, a manos de nuestro protagonista, nada, ni un comentario.
De modo paradójico, y esto es algo generalizado entre los integrantes de nuestra sociedad, es más complicado llegar a asimilar la muerte de un animal que la de un congénere. Una explicación a esta incoherencia de ausencia de empatía tal vez pueda ser debida a lo acostumbrados que estamos a ver morir a personas cada día gracias a nuestra «educación catódica»: Por medio de las pantallas de nuestras televisiones, la Parca nos acompaña a cada instante sin que tan siquiera seamos capaces de advertir su presencia.
La televisión, según el director, nunca debe ser entendida como una forma de arte, porque es servidora de las expectativas del público.
¿Acaso el hecho de ver imágenes que no pertenecen a nuestra realidad tangible, a esa que tenemos en la puerta de casa, hace que todo sea más irreal y lo percibamos todo como si de una película lejana se tratase? ¿O será quizás que el poder que tiene la televisión hace que esas instantáneas de muerte no nos parezcan reales sino una parte más del estrambótico show de personajes fingidos y hechos falaces en que se ha convertido la antiguamente conocida como pantalla amiga?
No hace muchos años, cuando era niño, los presentadores de las noticias avisaban con prudencia cuando, de manera ocasional, se tenían que mostrar imágenes de cierta crudeza: «avisamos a los tele-espectadores que las imágenes que van a ver a continuación pueden herir su sensibilidad», decían con un ligero temblor en la voz.
¿Dónde ha quedado ahora esa sensibilidad?
¿Dónde nuestra empatía por nuestros semejantes?
¿Dónde nuestra conciencia?


Para este nuevo trabajo fílmico, «El Video de Benny», como ya hiciera con su film anterior, “El séptimo continente”, Haneke vuelve a tomar como base argumental unos hechos reales extraídos de los periódicos. A raíz de la proliferación de asesinatos llevados a cabo a manos de jóvenes de clase media/media-alta como vía de escape a su aburrimiento y como producto del «nihilismo contemporáneo», Haneke pensó inmediatamente en el protagonista de la película (premisa que retomaría para la(s) posterior(es) «Funny Games»).
Esta nueva película no sería posible sin la experiencia que el cineasta adquirió durante sus años trabajando en teatro y televisión; sobre todo en este último medio, del que Haneke llegó a comprender su fría naturaleza. En ella, aborda desde su personal punto de vista el mito de Edipo: ese concepto psicoanalítico con el que se cataloga la inclinación erótica del niño hacia la madre y que va acompañada de hostilidad y celos hacia el padre. Podríamos añadir, también, la patente presencia de narcisismo en Benny, el chico protagonista de la historia, con esa sobre-estimación de sí mismo, esa búsqueda incansable de ser amado y de amar que hace que quede atrapado en el «yo».
«El video de Benny» le sirve a Haneke para lanzar su mirada hacia la adolescencia, a ese periodo de egoísmo e inconformismo vital de los jóvenes de hoy, sobreprotegidos pero educados sin la figura de los padres. Además, el mensaje que uno percibe de una película como esta, con un joven consumidor de violencia comercial, es el de la representación existencial de la violencia que, de nuevo, es inidentificable a un primer vistazo. Como decía Baudrillard: «en una sociedad donde ya no existe ninguna posibilidad de nombrar el mal, éste se ha metamorfoseado en todas las formas virales y terroristas que nos obsesionan».
El ecuador de la llamada “Trilogía de la glaciación emocional”, nos presenta a Benny, el hijo único de un matrimonio burgués de clase media/alta que, debido a las obligaciones laborales de sus padres, está casi siempre solo. Encarnando la figura de Benny nos encontramos con un magistral Arno Fricsh, actor con quien el director repetiría años después en «Funny Games» en un papel igual de poderoso, que bien podría ser el de un Benny un poco más adulto.
Si no fuese por tres muestras puntuales de un comportamiento más que perturbador y psicótico a lo largo de todo el metraje, en un primer momento bien podríamos concluir que Benny es un chico normal, idéntico a cualquier otra persona que podamos conocer. Tal vez algo frío en lo emocional y con la percepción de las cosas un tanto confundida, como un joven adolescente más, pero para nada desequilibrado por mucho que nos lo pueda parecer, lo que hace su conducta más aterradora si cabe.
Y es que, Benny, acaba resultando la real encarnación del mal en estado puro.
Se presupone que ha tenido la mejor educación posible acudiendo a colegios de pago, algo que ni para Haneke, ni para quien esto suscribe, llegue a significar nada. Como dice el cineasta: «una buena educación no sirve para corregir una anomalía sino para favorecerla».
Sus padres, de manera equivocada y obrando de un modo cada vez más extendido en nuestra sociedad, en lo que es un ejemplo de la descomposición del núcleo familiar contemporáneo, le han permitido todo cuanto ha deseado para suplir la falta de guía espiritual y de atención que no le han brindado. Más avanzado el film, Benny le revelará a sus padres lo que ha hecho con la joven que conocerá: «Enseñárselo a los padres es, posiblemente, causa del miedo o la incapacidad de hablar sobre ello. Pero por otro lado, es una enorme provocación. Es una confrontación. Podemos interpretar que él dice: mirad lo que habéis hecho de mí” nos explica Haneke.
Entre esos objetos adquiridos a cambio de cariño que mencionaba, canjeados en un aberrante ejercicio de trueque emocional, hay un equipo de grabación, reproducción y montaje de video que han convertido a su habitación en un estudio de montaje: Benny se refugia del mundo exterior en su pequeña habitación (el detalle de la cama es sobrecogedor, colocada en una esquina, donde no moleste demasiado, convertida en algo secundario o terciario en la escala de necesidades del joven), presidida por unas cuantas pantallas de televisión, una de las cuales muestra de continuo lo que sucede fuera del edificio, a tiempo real, desvelando los entresijos de la gélida y deshumanizada ciudad en la que vive.
No deja de ser significativo que las persianas de su habitación estén bajadas de continuo, impidiéndonos ver el cielo, las nubes, la vida exterior. La única a la que se le permite deleitarse con lo que hay oculto al otro lado del cristal, es a la cámara que todo lo graba. Pareciera que para Benny, la realidad es más llevadera si antes ha pasado por el filtro de la televisión, lo que nos lleva a convertirnos en una generación para la que sólo existe lo que nos llega por medio de las tecnologías y la pequeña pantalla.
Cualquier otra cosa, no es real.
Pero, ¿para qué grabar tanto la vida? ¿Por qué ese interés cada vez más extendido en inmortalizar cada acto de nuestras vidas? ¿Es que no somos conscientes que si miramos a través de la pantalla no vivimos la verdadera esencia de las cosas que no vamos a poder volver a vivir? ¿No nos hace eso menos humanos? «Lo que sabemos del mundo es poco más que el mundo mediático, la imagen. No tenemos realidad, sino un derivado de la realidad, lo cual es estremadamente peligroso» manifestó el propio Haneke en Cineaste Vol. XVIII, nº3.


La doble moralidad que impera en nuestra sociedad queda patente cuando vemos a Benny cantando en el coro de la iglesia, como un buen creyente (para Haneke, la religiosidad es «el mal que se hace dueño de Dios y lo utiliza»), aprovechando mientras tanto para hacer sus trapicheos (que incluso sus progenitores posteriormente alabarán y considerarán una virtud en su hijo) y negocios varios con los que sacarse un dinero extra que le vendrá muy bien para alquilar películas en el videoclub del que es asiduo.
Las películas de las que es ávido seguidor son eminentemente violentas, y eso queda patente cuando en una de esas visitas a la tienda de alquiler de cintas de video, vemos a Benny visionando una. Él tiene puestos unos auriculares y a nosotros nos llega sólo la imagen, no el sonido que la acompaña, con lo que la sensación de violencia cinematográfica se magnifica. Este dualismo icónico, es algo recurrente en el cine de Haneke, ya sea a través del sonido, o de la propia significación de la imagen, como se verá con posterioridad en la habitación del joven y el cadáver que allí habrá.
Un día, mientras alquila un par de cintas, ve a una chica en el exterior (anónima para nosotros, los espectadores, por lo tanto, extrapolable a la figura de nuestra propia hija, hermana, novia, amiga…), quien también observa con atención, impertérrita e inmutable, la pantalla de televisión del escaparate del local.
Benny, fascinado porque a la joven le interese lo mismo que a él, entabla conversación con ella. Tras unas frases entrecruzadas, le convence para que le acompañe a su casa, aprovechando que sus padres estarán ausentes. Benny la conduce hasta su dormitorio, enciende la cámara y comienza a hacerle todo tipo de preguntas, como si del protagonista del film «Peeping Tom» se tratase. De manera inevitable, Benny le pone a la chica su video preferido, ese que ha visto en incontables ocasiones a cámara lenta, el de la muerte del cerdo (deconstruyéndola con semejante acto y emulando al propio Dios).
«Tú, ¿ya has visto un muerto?… de verdad, quiero decir», le pregunta ella. Ante esta cuestión, él dice rechazar la muerte, pero deja bien claro que está mintiendo. Su mirada indica todo lo contrario: ese destello en sus ojos hace que las palabras de carguen de cinismo falaz; esa mueca pícara y cruel de su boca nos hace entender que en el fondo, la muerte, es algo con lo que fantasea con regularidad.


Acto seguido, hablan de la sangre en el cine, indicando que allí todo es mentira, que «todo es ketchup y plástico».
Benny le hace una confesión a la joven desconocida con la que pretende impresionarle: en su habitación guarda el artefacto con el que se sacrificó al animal. Jugando con él y retándose en broma el uno al otro, el aparato se dispara, no sabemos si de modo accidental o premeditado, sobre el vientre de ella. La chica cae a tierra y Benny la arrastra por el suelo hasta llevarla fuera de plano. Resulta sublime la forma en cómo está rodada esta desgarradora escena, a contracampo, de manera bretchiana y visto todo a través de la cámara de Benny. No deja de ser curioso el hecho de verlo en una pantalla dentro de una pantalla, la suya y la nuestra, lo cual confiere al acto en sí en una inmoralidad más real de lo que lo sería si lo viéramos de manera directa y abierta.
La idea que Haneke tenía en mente para este distanciamiento, viene dado por el hecho de tratar que el espectador fuese consciente de que está viendo un montaje, no la realidad, y conseguir así acercándonos al protagonista y a sus aberrantes actos: “la imagen es el distanciamiento y el sonido la manipulación” dice Haneke. La chica muere con la misma arma que mató al cerdo, entre estremecedores gritos y chillidos sólo ahogados por la sangre y la angustia, en lo que es un acercamiento más que escalofriante a nuestra naturaleza animal y primigenia.
La frialdad de Benny y el poco apego que le tiene a la vida humana queda reflejada muy bien en los segundos en los que parece tratar de socorrer a la joven (momentos apenas fugaces que se tornan largos y eternos para el espectador); cada vez que va hasta ella para decirle que se calme, que permanezca tranquila, que le va a ayudar, le pega un nuevo disparo con el artefacto, hasta que le da un último «golpe de gracia». Llegados a este punto, y en vista de su reacción posterior, en la que se inmediatamente después de esto se va a comer algo a la cocina, no podemos sino asombrarnos espantados ante su comportamiento porque: ¿qué le impulsa a cometer tal acto de barbarie?. Analizada y rebatida cualquier respuesta imaginada, que no plausible, lo único que llegaremos a concluir es que Benny es un ser despiadado y frío que no tiene motivación alguna (si es que este concepto puede existir para tal acto) para haber asesinado a una persona, lo cual confiere al crimen un grado más, si cabe, de maldad, salvajismo y ausencia de lógica alguna.
Con posterioridad, y una vez saciada su hambre, se dispone a mover el cuerpo de donde lo ha dejado y se dispone a recoger la sangre del suelo con un trapo de cocina; más avanzado el film, Haneke nos mostrará a Benny realizando la misma labor de limpieza con un poco de leche derramada, en un símil metafórico y simbólico sin precedentes. Benny decide desnudarse y embadurnar su cuerpo con la sangre de su fortuito «sacrificio», como si de un guerrero primitivo se tratase y como aquellos niños-hombres del libro «Lord of the flies» en el que los nada inocentes protagonistas se pintaban sus cuerpos de sangre y barro para convertirse en guerreros para luchar contra la gran bestia que azotaba la isla (un cerdo salvaje, paradójicamente). Este acto de primitivismo, este ritual de iniciación salvaje, hará que Benny se convierta, casi sin quererlo, en adulto ante nuestros ojos, tratando de despejar sus interrogantes personales sobre su propia identidad y su condición como persona, por medio de un triste hecho que no tiene vuelta atrás: un asesinato.
Benny recibe la llamada de un amigo. Dejando el cuerpo de la joven en su habitación, como si se tratase de algo inservible, cubierto tan sólo por una sábana, como si haciendo esto, pudiese hacer que no existiese, se marcha a patinar con su amigo.
Antes de entrar en la atestada pista de patinaje, Benny se detiene un instante a contemplar a la gente que se divierte al otro lado de la valla que delimita el recinto. De nuevo, en el cine de Haneke, vuelven a hacer acto de aparición las verjas y sucedáneos como metáfora limitadora de la realidad: esa valla es lo único que separa el mundo de Benny del mundo normal. Benny tiene la capacidad de atravesarla, de cruzarla de forma voluntaria a su antojo, consiguiendo con ello pertenecer a los dos mundos posibles, tanto el de la luz, como el de la oscuridad.
De vuelta a casa, se detiene ante una peluquería y decide raparse el pelo al cero, como tratando de dejar aflorar la nueva personalidad que se va abriendo paso desde su interior y mutar.
Cuando llega a casa, sus padres ya están allí (y el cadáver continúa en su habitación). Su padre, preocupado por el corte de pelo de su hijo, le suelta una reprimenda en el cuarto de baño, diciéndole que le van a confundir con un nazi, que si se ha vuelto skin-head. La frialdad de la que hace gala Benny en esta secuencia, es abrumadora y escalofriante: permanece impasible ante las palabras de su padre y sigue absorto en su mente, ausente, lavándose los dientes.
Su mirada, hierática, desafiante, desasosegante por su pasividad, deja patente que ya no es un niño y que cuando se comporta como tal, no es sino por obra del cinismo que atesora.
La intranquilidad se adueña del espectador: nosotros sabemos que el cuerpo inerte de la joven está en la habitación de Benny, lo que no sabemos en qué ocurrirá cuando lo descubran sus padres. «¿Cómo reaccionas si tu hijo te enseña algo así?», pregunta Haneke.
Más tarde de lo que esperábamos (y deseábamos), los padres descubren el cadáver de la chica y el video en el que está registrada su muerte.


Lejos de desmoronarse o avisar a las fuerzas policiales, como harían la gran mayoría de las personas, tienden a ocultar los errores de su hijo. Sus defectos, por muy macabros que sean estos.
Lo excusan: «El niño estaba solo, sin vigilancia. Disparó varias veces… ¿Cómo pudo conseguir aquella pistola?. Incumplimiento del deber de vigilancia. Aunque salgamos adelante, y lo dudo mucho, lo mejor que le puede pasar es que le ingresen en un psiquiátrico. Significa que su vida está jodida. Lo sabes, ¿no? Y no te digo las consecuencias colaterales… No conozco mejor remedio para cuidar tu imagen…»
El padre revisiona las imágenes con Benny, como intentando buscar una lógica o una explicación diferente a lo que le muestra la pantalla, como esperando que el niño les diga que lo que ven no es real. En ese instante, el crimen pasa a ser colectivo.
De nuevo, la influencia negativa de la televisión vuelve a quedar expuesta en la forma en la que el padre somete a su hijo a un cuestionario para ver si hay algún indicio que le pueda incriminar, ya que parece un debate televisivo de esos en los que un invitado es sometido a todo tipo de preguntas a cual más morbosa, con cuestiones lanzadas como ¿Cómo te sientes ahora que ya ha pasado todo»?, «¿Qué recuerdos tienes de aquel momento?», «¿Qué sentiste entonces?», ¿Por qué lo hiciste?…
Aunque, en verdad, en un primer momento, no quieren saber por qué lo ha hecho, tan sólo quieren saber el modo de borrar lo ocurrido, barajando distintas posibilidades para deshacerse del cadáver, pasando a ser cómplices e intentando que la verdad no se descubra.
Esto nos podría conducir de nuevo a Bretch y a un relato suyo que transcurre en la Alemania nazi y en el que unos padres, temerosos de ser delatados ante las S.S. por sus hijos, les daban todo tipo de cariño y regalos no ya porque así lo dictamine su naturaleza, como debería ser, sino como resultado de su miedo y tratando de comprar su silencio (cuya madre nos lleva a la Anna de «El séptimo continente», justo al momento en el que se ponía a llorar sin motivo alguno, ya que la madre de los niños del relato, rompía a llorar cuando los niños no estaban en casa y tardaban en regresar, pensando que lo harían acompañados de soldados alemanes).
Los padres hablan solos en un angustioso plano / contraplano en la que es, tal vez, la secuencia más duras del film. La noche es propicia para las conversaciones perdidos, como si estuviese hecha para elucubrar y delinquir. En un certero golpe a la ceguera paterno-filial, concluyen que sólo hay una única alternativa: ocultar el crimen y deshacerse del cadáver.
No deja de ser aberrante la actitud de los padres, ya que si bien el hijo ha sido el artífice del asesinato, ellos le dan un aire de normalidad que aterra porque, no nos olvidemos, ¡el cuerpo de la joven aún está en la casa!. Para alejar a su hijo del peligro y poder llevar a cabo su plan, los padres deciden que lo mejor será que Benny y su madre se vayan de viaje a Turquía así, cuando regresen, el padre ya se habrá ocupado de todo y la normalidad podrá volver a reinar en el hogar conjunto, transformando lo acontecido en un mal y lejano recuerdo.


Durante ese viaje que rompe nuestros esquemas, todo parece normal salvo por el hecho de que la tensión es palpable en todo momento y por un par de detalles: Benny es incapaz de actuar cuando a su madre, que ya no aguanta más la situación, sufre una crisis de ansiedad. Benny se comporta como lo que es, un niño que no sabe qué ha de hacer (nuevamente nos queda la duda de si Benny realmente es un niño o actúa deliberadamente como tal). El otro aspecto a destacar que denota la falta de sentimientos de Benny y que algo no va bien en su cabeza, viene dado cuando su madre está en el baño llevando a cabo tareas de aseo personal y él graba el proceso sin que ella se de cuenta; este detalle, este enfermizo acto voyeur, se nos antoja una aberración moral y una humillación hacia su madre descomunal, ya que lo que la cámara de Benny capta es la intimidad de exclusiva de ella, su vulnerabilidad, robándosela y haciéndola pública para nuestros ojos.
Cuando el viaje termina y vuelven a casa, las cosas han cambiado: Benny es un adulto y el cuerpo de la joven ha desaparecido sin dejar rastro, como si nunca hubiese estado allí. La habitación de Benny está diferente. Las persianas están levantadas al máximo, indicándonos que comienza una nueva vida para él.
Esa noche su padre le pregunta lo que llevaba resonando en nuestra cabeza desde que asesinó a la chica: «¿por qué lo hiciste?». Ante esto, responde algo sobrecogedor y que se convierte en el paradigma de la nueva juventud post-violenta y aburrida «No sé. Para ver qué se sentía al hacerlo». Dureza y concisión que denotan ausencia de cualquier sentimiento de culpa. Bien es cierto que el sentimiento de culpabilidad en un adolescente es algo ambiguo, máxime cuando no tiene claros muchos conceptos de la vida y su mente es un hervidero de ideas contrapuestas, pero Benny va un paso más allá.
El tramo final de la película está compuesto por una multipantalla que nos muestra los diferentes monitores de una comisaría a la que Benny, de manera inexplicable, ha acudido para entregarse. De nuevo, los actos del joven nos descuadran: no sabemos por qué asesinó a la joven y no sabemos por qué se entrega ahora que no queda rastro de ella.
El hecho de que lo que acontece sea presentado a través de los monitores mudos de vigilancia de la estación policial, convierte a este hecho en un acto personal ansiado desde tiempo atrás, que provoca en nosotros un estado de alivio que nos hace sentir como si los ojos de la Justicia nos perteneciesen.
El largometraje está estructurado de una manera muy notable y loable, salpicando la compleja trama con metáforas y símiles visuales y sonoros, repitiendo imágenes y situaciones que cobran diferente significado cada vez que las vemos o bien nos transmiten una sensación distinta en cada una de las ocasiones.


Si la influencia de Antonioni era evidente en su film anterior, se podría decir que este es el más influido por él (en la «teoría del encuadre obsesivo» sobre todo, según lo definió Pasolini, por ejemplo) una impronta bretchiana difícil de ignorar: se ponen elementos en escena que hacen que uno se desconcentre y no sienta las emociones que se espera debería sentir, como cuando suena la música que escucha Benny a todo volumen, o se muestran planos de la casa que nada tienen que ver en apariencia con el desarrollo de lo que acontece, salvo para constatar que Benny es de buena familia; se intenta también, en este tipo de teatro bretchiano, que el actor se aleje de cualquier muestra de emoción excesiva, por eso no ha de extrañarnos la apatía que impregna a Benny o el que no le afecte tener un cadáver en el dormitorio y prefiera prepararse algo de comer en lugar de deshacerse del cuerpo que yace bajo una sábana.
Y es este último punto, el de la indiferencia ante todo, el que hace de esta película una mirada devastadora hacia la juventud (al igual que exquisitamente triste es la visión de Jonze sobre la soledad y la infancia en la maravillosa «Where the wild things are», donde se acota esa época como terrorífica y a quienes la conforman como monstruos encubiertos) y a la post-violencia que reside en estos niños solitarios que son paradigma de la modernidad, consentidos en la dejadez y con una tolerancia mal entendida.
Un film que se adelantó a su tiempo, visto lo que vemos cada día

“A pesar del dragón, a pesar del miedo hacia ello, el mundo en convulsión, resquebrajándose, aquí estoy en pie cantando en absoluta calma”
(Canción escuchada en la película “El video de Benny”)

José Ángel de Dios

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