Arsène Lupin (Jean-Paul Salomé, 2004)

Esta película fue un intento loable, por parte del cine europeo, de explotar un personaje de la literatura propia tan interesante como Arsène Lupin. Material no les faltaba. Lupin, creado por el escritor francés Maurice Leblanc, cuenta nada menos que con una veintena de novelas y con varias adaptaciones cinematográficas (una de las mejores dirigida por Jack Conway e interpretada por John Barrymore), amén de diversas y exitosas series de televisión. Con tan sólida base se podía esperar un producto de acción superior a la media, o como mínimo sentar las bases para relanzar al antaño popular personaje, pero el director prefirió coger un poco de aquí y un poco de allá sin terminar de concretar el asunto. Y esto es lo que tenemos entre manos, una película relativamente actual de Arsène Lupin en forma de coproducción (Francia, Italia, España y Reino Unido) y con un presupuesto holgado que despega con fuerza… pero aterriza también forzosamente de inmediato, con más estrépito si cabe.

La pésima dirección de Jean-Paul Salomé despoja al personaje de todo carisma. La adaptación es excesivamente libre, proponiendo una serie de giros argumentales que nada tienen que ver con las novelas. Se sacan de la manga subtramas que pretenden sorprender, pero que provocan desconcierto en el espectador. La muerte del padre de Lupin por ejemplo; Theopraste, que en los libros se menciona de pasada, se convierte en uno de los ejes centrales de la película. El golpe de efecto que utilizan con él, al final, es risible por lo ridículo.

Otro de los problemas de la película afecta a lo sobrenatural. Mientras en la obra de Leblanc los elementos fantásticos son apenas sugeridos, el filme los explota sin moderación, convirtiendo a algunos de los personajes en incomprensibles monstruos de feria que nada tienen que ver con el asunto. Me refiero a la propia Condesa de Cagliostro o a su esperpéntico y enmascarado ayudante lisiado –otra invención innecesaria– Leonard, que en la narración original era un rudo sicario y poco más. Se añaden además ecos steampunk que pese a resultar estéticamente interesantes nada aportan al conjunto.

Definir esta película como inconexa es quedarse corto. La sucesión de giros argumentales, escenarios y personajes es abrumadora. Parece ser una marca de fábrica del director, pues de los mismos síntomas adolecía La máscara del faraón, su interesante, aunque fallida película anterior. Recordemos que las narraciones en las cuales se basa la cinta –La Condesa de Cagliostro, La Cagliostro se venga…–  muy superiores, son unas divertidas y sencillas novelas de aventuras románticas sin pretensiones que, pese a resultar ajetreadas, no se abandonan tan descaradamente al exceso como le sucede a esta adaptación.

La elección de los actores también es, cuanto menos, curiosa. La Condesa, interpretada por la actriz inglesa Kristin Scott Thomas, que ya habíamos visto en Lunas de hiel de Roman Polanski, Gosford Park de Robert Altman o Misión imposible de Brian de Palma, sale con buena nota del evento, esforzándose por construir una villana ambigua y misteriosa. También Pascal Gregory, como Beaumagnan, el villano de la función, está más que correcto, llegando a eclipsar por momentos al propio protagonista. Por último y como ya hemos comentado más arriba, la elección de Romain Duris como Lupin deja mucho que desear, aunque el pésimo ritmo del filme pueda tener algo que ver en la impresión final.

Si bien es verdad que el ritmo, en conjunto, se levanta un poco hacia la mitad de la película, con un interminable y movido desenlace de más de una hora de duración, los síntomas se mantienen, lo que hace que la bonita fotografía, la cuidada ambientación y las logradas escenas de acción desaparezcan en medio del maremagno de incoherencia y exceso.

En definitiva: una película vacía que no va a ninguna parte. Un buen intento que por desgracia se queda solo en eso. Quien quiera conocer al interesante caballero ladrón, Arsenio Lupin, hará mejor en echar mano de alguna de sus novelas, si no quiere llevarse una no muy elevada impresión desde buen comienzo…

Dani Morell

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