Sol (Solntse, Aleksandr Sokurov, 2005)

DE DIOSES Y PECES NADANDO EN FUEGO

“Yo no hice películas sobre los dictadores, sino sobre tres hombres que mostraron una personalidad excepcional respecto a todos aquellos que los rodeaban. Eso los hacía aparecer como las personas con el mayor poder de decisión. Pero, más que sus condiciones excepcionales, y las circunstancias que vivieron, sus acciones fueron influidas por la fragilidad humana y la pasión. Las cualidades humanas y el carácter son más importantes que cualquier circunstancia histórica.”

(Alekasndr Sokurov)

El cine de Alekasndr Sokurov (1951) es como un espejismo desalentador, como una ensoñación dolorosa, como el recuerdo difuso del pequeño pueblecito siberiano en el que nació, Podorvikha, y que desapareció bajo las aguas hace ya muchos años; la misma villa en la que cultivó su pasión por escritores tan ilustres como Dostoyevski, Gogol o Chéjov (de quien heredará esa capacidad de hacer de un hecho real algo irreconocible pero factible a todas luces), así como por las piezas musicales de Wagner o Scarlatti, aderezado por los trazos de pintores del siglo XIX, lo que se grabaría a fuego en su personalidad, labrando un carácter existencialista y romántico que haría las veces de catalizador a la hora de conformar su propia obra cinematográfica, esa en la que se mezcla la historia ficcional con la real con un filtro de pseudo-documental muy interesante con el que consigue un exquisito distanciamiento del presente, explorando las formas y los contenidos de la comunicación, transformando sus guiones en piruetas ensayísticas de marcados toques melancólicos, tergiversando la pigmentación de los colores y haciendo uso de composiciones pictóricas a la par que  ambienta sus fotogramas con matices sonoros metálicos y ruido estático de fondo, como el que emanaba delvetusto aparato de radio que acompañó su infancia.

Alekasndr Sokurov

Convertido en uno de los directores fundamentales de nuestro tiempo, Sokurov, siempre empeñado en tratar de convencer a quien quiera escucharle de que el cine está todavía lejos de ser un arte absoluto y que le resta mucho camino de aprendizaje por recorrer, se embarcó en una compleja y arriesgada tetralogía que orbitara alrededor de tres poderosas figuras; este tríptico, bautizado como “Tetralogía del Poder”, está compuesto por los largometrajes “Moloch” (1999), sobre Adolf Hitler y sus ensoñaciones imposibles; “Taurus”(2001), sobre Lenin y su senectud en la que sigue creyendo ser un gobernante; el que nos ocupa, “Sol” (“Solntse”, 2005), sobre la figura del emperador Hirohito, al que ahora se le conoce como emperador Shôwa; y “Fausto” (2011).

El vocablo “poder” (possum/potes/potui) encierra mucho debajo de su capa externa; viene a significar “ser capaz, imponerse, tener fuerza para algo” y coincidirán conmigo en que no había término mejor para bautizar este conjunto de películas, pues si de algo tratan, al menos en esencia, es de la capacidad para dominar y desarrollar la hegemonía en el terreno tanto político como existencial.

Aquellos que estén familiarizados con las teorías de Michel Foucault, verán que esta tetralogía guarda no pocas similitudes con sus estudios sobre poder e insurrección de los saberes: “[…] la política es la continuación de la guerra, es la prórroga del desequilibrio de las fuerzas manifestado en la guerra”, nos dice Foucault; y es que para muchos pensadores, la política es una forma silenciosa de continuar una guerra con métodos aceptables para la sociedad, a pesar de que ese velo de silencio no nos deje ver las desigualdades sociales y económicas de las que somos fruto a diario. Empero, el poder no es inherente a las clases dominantes, sino a las que tienen la estrategia como bandera. Esto vendría a decir, según Foucault nuevamente, que el poder no se posee, sino que se ejerce. Y eso es una gran verdad: el poder y la represión están presentes en todas las facetas de nuestra vida y la aceptamos sin tan siquiera cuestionarlo.

Tras el ataque por parte de los Estados Unidos a las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki con sus devastadoras bombas atómicas, Japón decide rendirse de forma incondicional. “He reflexionado seriamente sobre la situación que impera en nuestra patria y en el extranjero y he llegado a la conclusión de que continuar con la guerra solo puede significar la destrucción de la nación y la prolongación del baño de sangre y la crueldad en el mundo. No puedo soportar ver sufrir más a mi pueblo inocente”, fueron las palabras que el emperador Hirohito pronunció vía radiofónica a su nación, haciéndoles partícipe de la decisión que tanto le había costado tomar.

Hirohito (1901-1989) pasó de ser el regente del siempre enfermo emperador Taishô, a convertirse en emperador en 1926, trono que ocupó durante 62 años, en lo que es el reinado más largo de la historia japonesa. Pese a su exacerbado militarismo, totalitarismo y ultranacionalismo, el pueblo lo aceptó de facto como una parte de su propia historia que ni tan siquiera soñaban en cuestionar y se le confirió una imagen sacrosanta por la cual sus súbditos combatieron y murieron aunque, llegado el momento, se le eximió de toda responsabilidad y no fue ni juzgado ni condenado por sus crímenes de guerra.

Lo que se nos narra en este film, los hechos que acontecen en esta obra maestra, corresponden al período comprendido entre agosto de 1945 y enero de 1946 en la vida cotidiana y rutinaria de un Hirohito interpretado con brillantez por Issei Ogata; meses en los que el emperador que era considerado un dios viviente por su pueblo —lo que se desprende tanto del trato de excesivo respeto que recibe por parte de cuantos se acercan a él, como en ese instante en el que un sirviente se lanza al suelo para implorar perdón a su señor, como por parte de su familia, que ahí está el reencuentro con ellos, donde el protocolo adquiere unos matices cuasi místicos—, un dios por el que sacrificarse y por el que matar al enemigo, acabó convertido en un mortal temeroso, superado por las circunstancias y resquebrajado emocionalmente por ello. Es digna de alabar esa capacidad de la que hace gala Sokurov en toda esta pléyade de películas para saber acercarse al personaje histórico por medio de una vía intimista, desvelando su (posible) auténtico ser sin frivolidades, permitiendo al espectador la (plausible y) absoluta comprensión de cuanto sucedió en su fuero interno.

Al igual que en la mencionada “Moloch”, Sokurov desnuda la imagen que del emperador tenemos y, escarbando en su alma, nos muestra a un ser mortal que, alejado de su condición de ente poderoso, se nos antoja tan banal y terrenal como cualquiera de nosotros, una persona errabunda, dubitativa, aburrida, gris, que sufre y debe enfrentarse a una existencia que le ahoga, dilucidando cómo encarar en soledad a esa muerte que le acecha —tema este, el de la soledad ante la muerte, que exploró con terrible belleza en la sublime “Madre e hijo” —tanto a él como a ese pueblo que tan fiel le fue siempre.

Así pues, dejemos claro desde el principio que este Hirohito no es el mismo que podamos encontrar en los libros de texto y del que he hablado someramente unas líneas más arriba. No va a encontrar aquí el espectador a ese ser cruel, criminal y sanguinario que en realidad fue, sino a un hombre derrotado y apesadumbrado, siempre meditando y mascullando entre dientes, como un anciano que ha perdido la razón —por más que sea la razón y la apertura de su mente a la hora de aceptar la realidad lo que le salve la vida—.

El sol es el epicentro de toda nuestra vida, del mismo modo en que Hirohito es el foco de la existencia de la nación nipona, pero Hirohito dista mucho de ser tan deslumbrante como el astro que da título a la película; es más, se apaga y consume más y más a cada segundo que pasa —tal vez lo único que le asemeje a al sol que nos ilumina y nos da calor sea su soledad en el vasto universo que le contiene—. Refugiado en los túneles y sótanos del palacio real, lejos de (puede que incluso ajeno a) las ofensivas que están destruyendo Tokio, la única luz del sol que vislumbra es la del ocaso de sus días, incolora, que emana como una excrecencia de las lámparas que tiene a su alrededor. Allí, al amparo de su destierro, se encontrará a sí mismo y dará rienda suelta a lo que de verdad le motiva: la poesía, la biología y la ciencia (tradición frente a progreso), renunciando sin darse cuenta de ello a su posición de deidad para abrazar la condición de humano.

Será este factor en concreto, el de humanizar lo inhumanizable, lo que muchos le han echado en cara a Sokurov (sobre todo con “Moloch”), que aquí establece un vacío en las atrocidades cometidas por Hirohito (y las que se llevaron a cabo en su nombre) como la tristemente célebre masacre de Nanjing en 1937, en la que unos 300.000 prisioneros chinos fueron asesinados por el ejército japonés. Pero no hemos de olvidar que estamos ante una película y no frente a un documental (aunque su aspecto visual nos recuerde a uno) y que lo que vemos no tiene por qué ser lo que de verdad ocurrió. Y es que al igual que hace Tarantino con sus “Malditos Bastardos” (Inglorious Basterds, 2009), Sokurov lleva a cabo con Hirohito un ejercicio de metaficción histórica. Según palabras de Tatiana Akindinova: “Las películas de Sokurov son obras de ficción, y aunque estén basadas en un escrupuloso estudio de material documental, una reproducción meticulosa de la apariencia de personajes históricos y del medio en que se desenvolvían, de modo tal que constituyen un acercamiento fidedigno al cine documental, ellas mismas presentan, ciertamente como algo original de todo punto, interpretaciones creativas de sucesos fatídicos en la historia rusa y alemana. Hitler y Lenin son aquí retratos artísticos; extraer una tras otra correlaciones con respecto a las personas reales a las que representan, no tiene mayor justificación que la de comprobar una imagen pintada con respecto a una fotografía”.

Como vemos, el aspecto histórico de la película, es lo que menos le interesa al cineasta. Lo que de verdad satisface sus anhelos es elucubrar sobre el hombre que se agazapaba tras el personaje. Este Hirohito es una ensoñación de Sokurov, una extrapolación de la propia nación nipona, incapaz de actuar, perdida, aguardando a que lleguen tiempos más favorables.

Cinco meses después de su derrota, el propio Hirohito renunciaría a su “condición divina” y se transformaría en un humano más que disfrutaba de la compañía de su esposa y sus hijos.

Hay momentos deslumbrantes y por los que ya merece la pena ver esta operística película, como puedan ser la interpretación del mencionado Ogata, que se muestra magistral en todo momento frente al espectador, máxime si tenemos en cuenta que hasta entonces sólo había ejercido de cómico—faceta que sale a relucir cuando vislumbramos el aspecto pueril, casi ridículo, del emperador cuando se encuentra frente a los invasores norteamericanos, incapaz de asumir la trascendencia de lo que acaba de suceder y de la decisión que va a tomar—. De brillante podríamos calificar también ese pasaje onírico de la pesadilla que Hirohito tiene con Hiroshima como telón de fondo, con peces volando/nadando por entre el fuego —con ese color sepia-amarronado y granuloso como de fotografía antigua que tiñe cada escena—; o la impotencia que demuestra el personaje del ministro de guerra Korechika Anami, envarado, incrédulo, con el sudor recorriendo su frente (fruto de esa tensión que atenaza a todos los que rodean a ese dios hecho hombre al que sirven) y cuyo inconformismo le llevará a cometer suicidio; o, por ejemplo, no podemos dejar de alabar ese final, inesperado, vehemente como un trueno en su máximo esplendor que hace de esta pieza fílmica una obra de arte sin discusión alguna posible.

Y qué decir de la música, desalentadora, multicapa, acompañando al son a las imágenes con una exquisita composición de Sergei Moshkov y Andrei Sigle con pinceladas de Bach y de Wagner (“La caída de los dioses”, por ejemplo, que no podía faltar aquí). Y si a esto le sumamos esa tendencia de jugar con los sonidos a la que aludía al principio de este texto—como queda patente, entre otros momentos, cuando vemos a Hirohito hablar y comprobamos que sus labios se mueven desacompasados, desincronizados con el sonido, lo cual le da al emperador un aura de deidad aún más notable, como si no fuese de este planeta—, el resultado final es poco menos que magistral.

 “Sol” es, en definitiva, una película que se queda retenida en el tiempo de nuestros recuerdos, con ese aire denso y enrarecido en el ambiente (visual y sonoro) gracias a esa carencia de pigmentación en el color; una obra de obligado visionado que es, para quien esto suscribe, una de las mayores obras maestras de este milenio.

“El emperador japonés es un símbolo de un final constructivo, o para ser más precisos, no de un final sino de una continuación, la de la vida. No parecía un dios de la guerra sediento de sangre. Por el contrario, Hirohito prefirió salvar vidas humanas antes que el orgullo nacional. Ese fue su legado y el de aquellos políticos norteamericanos que pudieron comprender y apreciar su posición.”

(Alekasndr Sokurov)

José Ángel de Dios

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