Rodin (Jacques Doillon, 2018)

Llegado desde la selección oficial del festival de Cannes, aterriza en cartelera el biopic de uno de los escultores, y artistas en general, más importantes de la historia del arte: Rodin. Jacques Doillon ha cargado a sus espaldas –dirige y escribe el largometraje- la ardua tarea de llevar a la gran pantalla un fragmento de la vida de Auguste Rodin, escultor francés reconocido, sobre todo, por obras como El pensador (1881-1882) o La puerta del Infierno (1880-1917), aunque en líneas generales se le conoce como el padre de la escultura moderna.

El ejercicio de Jacques Doillon podría catalogarse fácilmente de repetitivo, debido a que la estructura que ejecuta en su parcial biopic de Auguste Rodin se rige por un contenido wikipédico con dosis bastante excesivas de romance y dramatismo personal por parte de la vida del autor del que habla. Visto así, ‘Rodin’ es un biopic más del montón donde conocemos algunas audacias artísticas de un personaje histórico determinado y el impacto que este supuso para su sector, en este caso, artístico. Pero el film de Doillon, aún conservando todo el contenido habitual que acabo de mencionar y sin arriesgarse a romper los estándares establecidos por el género en el que se mueve, tiene el detalle de darle un estilo formal distintivo o, por lo menos, uno que se aleja de las reglas del mainstream. El film está compuesto por planos largos, tanto secuencia como fijos, intentando evitar el abuso de cortes de montaje para que el ritmo venga directamente de los diálogos entre los personajes que componen la trama y de las acciones que Rodin, interpretado por un Vincent Lindon especialmente admirable, lleva a cabo. El modo en cómo realiza las esculturas, en cómo trabaja el barro con las manos, son instantes hipnotizantes y deslumbrantes. Algo similar a lo que conseguía Robert Redford en ‘Cuando todo está perdido’ (J. C. Chandor, 2013) cuando este tenía que apañárselas para sobrevivir a la inmensidad del océano y uno no podía fijarse en otra cosa que en el modo en cómo lograba salir de cualquier situación de riesgo observando en las cuidadosas acciones que realizaba con sus curtidas manos de marinero veterano.

Doillon no hacen tanto hincapié en las manos de Rodin. O, dicho de otro modo, no abraza las fórmulas de Robert Bresson en lo que a estudio de las manos se refiere. Doillon prefiere dejar la cámara asentada en un lugar y que el espectador pueda gozar del minucioso trabajo de Rodin. Lo que, desde un punto de vista técnico, es digno de ovación, puesto que el interés que logra captar Lindon con sus movimientos y su estudio del torso humano resulta fascinante. Lástima que esa fascinación quede algo reducida por, como comentaba, las cargantes cantidades de romanticismo que adopta el largometraje. A puntos, incluso, donde casi colinda con el culebrón televisivo, por lo que en determinados puntos su avance se hace insufrible.

Pero a pesar de tratarse de un biopic más corriente y moliente, la cinta de Dollion se hace atractiva por ese trabajo de selección de planos y por la magnífica labor del ya mencionado Lindon. Aunque, como todo actor al que le toca representar a una persona destacada en la historia, su caracterización ayuda a que su actuación se vea fuertemente reforzada por esas toneladas de maquillaje o vestuario distintivo.

Xavi Mogrovejo

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