Mary Shelley (Haifaa Al-Mansour, 2018)

El mito del monstruo de Frankenstein siempre había sido abordado desde la misma perspectiva en el mundo del cine desde que la Universal inicio su universo de monstruos: como una mera adaptación –o reinterpretación, dependiendo del film- de la historia de la eminente escritora de novela gótica Mary Wollstonecraft Shelley. Centrándose en captar la esencia de esa historia y darle vida a través de imágenes en movimiento. Pero, por suerte, la directora Haifaa Al-Mansour nos ha brindado una visión totalmente distinta y que esperábamos con ansias: un biopic sobre la vida de la autora para conocer cuáles fueron los motivos por los que decidió escribir la que, quizás, sea la novela de terror y ciencia-ficción más longeva de la historia –longeva en el sentido de que todavía está viva y sigue sirviendo de ejemplo para cantidades sorprendentes de nuevos largometrajes y series de televisión-. Un gran acierto por parte del BCN Film Festival programar en el marco de su segunda edición esta inmensa película dentro de su sección oficial para sumarse a la iniciativa de conmemorar los 200 años que cumple la novela de Frankenstein o El moderno Prometeo.

Mary Shelley se centra en conocer en profundidad la vida de la protagonista; sus inquietudes, sus traumas, sus aventuras –y desventuras-, sus fortalezas, sus debilidades. Pero, sobre todo, en explorar cómo esa criatura a la que conocemos por Frankenstein, ese monstruo construido a partir de pedazos de diversos hombres por obra de un lunático doctor, es un reflejo de un puñado de sentimientos dolorosos por los que supuestamente atravesó la autora. De los dieciséis a los dieciocho años, Shelley conoció a su futuro marido, Percey Shelley, un poeta adinerado que le sirvió como fuente de inspiración principal para escribir el grueso de su terrorífica historia –y no precisamente para bien-. A priori, el biopic de Al-Mansour tiene una estructura romántica centrada en la problemática historia de amor entre Percey y Mary, haciendo gran hincapié en la cantidad de controversias que tuvieron con el dinero y el fallecimiento de varios de sus hijos, que les llevó inevitablemente a distanciarse y a que Mary se diera cuenta de que estaba compartiendo vida con un verdadero monstruo. Pero a pesar de que ese sea el leitmotiv y el tema principal que la obra proyecta, Mary Shelley explora con gran acierto los oscuros monstruos que crecen en nuestro interior cuando nos sentimos rechazados por el mundo o cuando este nos trata de un modo distinto.

El film no navega sobre las mismas aguas que la reciente adaptación de Frankenstein que tomaba el nombre del doctor que daba vida al monstruo como título, Victor Frankenstein (2015, Paul McGuinan), donde a través de un personaje que no aparecía en el relato original, Igor –que ha sido instaurado en la mitología de Frankenstein a raíz de las representaciones teatrales de la obra- , conocemos al personaje de Victor Frankenstein y el proceso que sigue este para dar a luz la macabra idea de formar a un ser a partir de partes de distintos cadáveres y darles vida mediante el uso del galvanismo. Aquí vemos los esbozos de la criatura, los alocados primeros pasos del doctor para demostrar al mundo que cualquiera puede jugar a ser Dios y el declive que este padece cuando se percata de que acaba de crear a un ser que él considera casi demoníaco por ser una aberración. Llegando a renegar de él y abandonarlo a merced de la naturaleza. Justo en ese punto, en esa sensación de abandono y de dolor por ser rechazado, es donde reside la fuerza del biopic de Mary Shelley. Cómo a partir de los tormentos y las pesadillas de una mujer, nace una novela que –valga la redundancia- atormentaría al resto de la humanidad. En ese sentido, la obra no es más que una especie de reinterpretación fantástica de las horribles pesadillas que la autora padece y que, al escribirlas, traspasa a todo el mundo. Es una proyección del monstruo que tiene en su interior y que se ha creado a través del dolor de la pérdida de su madre a sus diez días de nacimiento y de las decepciones y engaños que recibe por parte de Percey.

No hace falta decir que el trabajo que realiza Elle Fanning al interpretar a Mary Wallstonecraft Shelley es espléndido. Después de verla a ella en la piel de la escritora gótica, dudo mucho que cualquier otra actriz pueda jamás acercarse al talento y la pasión con la que ella ha representado esos tormentos interiores que consumían a la autora de El moderno Prometeo. Su compromiso con el personaje es máximo, ya que Fanning llega a esos duros sentimientos que la novela intenta transmitir mediante el monstruo dejando ver una fortaleza envidiable. Una mujer que no solo tuvo que enfrentarse a esas incontables controversias personales, sino también a todo el mundo para que su nombre estuviera escrito en la portada del libro y se le atribuyera a ella como su autora. Haifaa Al-Mansourha dirigido un film necesario, tanto para los tiempos que corren –con el feminismo en auge- como para, por fin, dar vida en la gran pantalla a una de las mejores escritoras del mundo. Después de su visionado, jamás volveréis a ver a Frankenstein como un monstruo cualquiera. Es la definición misma de romanticismo.

Xavi Mogrovejo

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