Rememorando La delgada línea roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998)

thinred01Cumpliéndose casi veinte años después de su estreno en cines, hemos tenido la oportunidad recientemente –gracias al cine Phenomena– de volver a ver en pantalla grande La delgada línea roja: un film que vive y respira como un lienzo pintado que poco a poco se va extendiendo y a la vez destejiendo alrededor del espectador, bailando de la mano de una espiritual poesía sobre lo humano, sobre la existencia e inexistencia, sobre el todo y la nada, sobre la oscuridad y la luz. Una de las películas más importantes de Terrence Malick, una de las que vale la pena volver a visionar y disfrutar, una por la que vale la pena detenerse un instante, un instante que quizás vale por un todo.

¿Dónde estuvimos juntos? ¿Quién eres tú que estuviste a mi lado y caminó conmigo? Mi hermano, mi amigo… La oscuridad en la luz… el conflicto en el amor… ¿Son producto de una sola mente? ¿Las facciones de un mismo rostro?”

Witt (Jim Caviezel) deambula por un sendero en medio de la jungla de la Isla de Guadalcanal, un sendero que le lleva a un pequeño poblado de nativos en el que contempla aquello que acontece tras la llegada del horror, del absurdo, del sinsentido. Lo que antes se había presentado como un paraíso pleno en su pureza es ahora desolación y miedo. ¿Son los ojos de Witt los que observan la realidad? ¿Vemos el mundo a través de sus ojos? Lo cierto es que La delgada línea roja tiene una sola mirada y al mismo tiempo varias; es una mirada de Terrence Malick transmutada en un cántico, en un poema abierto: una lírica en la apertura de una mirada que busca presenciar la existencia y el absurdo al que la humanidad lleva dicho existir. En el año 1942 el mundo estaba al borde de destruirse pedazo a pedazo, y en ese contexto la conquista de una colina estratégica en una isla en medio del Pacífico se convirtió en una prioridad máxima de la compañía Charlie del ejército norteamericano. Enviar tropas de hombres colina arriba corriendo contra los japoneses, cual carne de cañón. Todo por una isla. Malick escogió esta historia, adaptando la novela de James Jones, para regresar al cine veinte años después –su anterior film había sido Días del cielo (1978)– ofreciéndonos un constante contraste entre el viaje a la profundidad del horror que habita en el espíritu humano y el atisbo de luminosa esperanza que la humanidad podría albergar, pero que queda siempre enterrada por el monstruo, nuestro monstruo.

thinred02Un hombre contempla un ave moribunda y piensa que sólo existe el dolor, que la muerte tiene la última palabra y se ríe de ella. Otro hombre ve la misma ave y siente la gloria.”

Terrence Malick deambula en 1998 por un sendero cinematográfico en medio del cine de finales de los noventa, en un año en el que Spielberg también estrena un film bélico: Salvar al soldado Ryan. ¿Pero es La delgada línea roja una película bélica? Trata sobre la guerra obviamente, pero ¿es la guerra del Pacífico algo central o una manifestación tenebrosa y material de la guerra que tiene lugar en el corazón del ser humano y que Malick pone como fundamento primero ante la cámara? En la primera secuencia de batalla del film, en la que la compañía Charlie empieza su ascenso a la colina dominada por los japoneses, la cámara de Malick no ofrece rápidamente un plano general, no establece unas coordenadas de las casillas de ajedrez, no presenta al espectador lo que va acontecer en cuanto a “coreografía” de la batalla. La cámara sencillamente avanza a través de la hierba, mezclándose con los soplos de viento que mueven constantemente el perfil de las colinas, tal y como si el dibujo de éstas cambiara a cada segundo. La cámara filma el silencio. Un silencio que penetra en la naturaleza y que anticipa lo que acontecerá como una violación del elemento natural, y es en ese instante en el que las primeras explosiones y disparos empiezan a surgir cuando la cámara se detiene y va mostrando instantes de la batalla, fotografías de la guerra. Es el montaje el que ejerce el movimiento, pero el sinuoso y lírico movimiento de la cámara ha muerto. No hay poesía en el caos, tan sólo varios travellings que dibujan la corriente suicida de soldados avanzando hacia el horror mientras abrazan sus fusiles. La cámara volverá a su movimiento anterior, a esa danza que Malick ejerce en ella, ese baile que dibuja versos entre los árboles, a través de la hierba, más allá de las miradas de los personajes, en la profundidad del cielo. Y es ese contraste incesante entre una cámara que escribe poesía y otra cámara que, testigo del horror, grita furiosa, lo que constituye el pentagrama fundamental de la sinfonía de La delgada línea roja, una sinfonía que es claramente antibelicista, sí, pero que es por encima de todo esa dualidad, esa doble verdad: el ocaso en la búsqueda de la luz, y el alba en la manifestación de la monstruosidad.

thinred03Esta terrible crueldad, ¿de dónde sale? ¿Cómo ha arraigado en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz ha brotado? Y ¿de quién es obra? ¿Quién nos mata? Nos arrebata la vida y la luz, se burla de nosotros mostrando lo que podríamos haber conocido. ¿Acaso nuestra destrucción beneficia a la Tierra? ¿Ayuda a que crezca la hierba o luzca el Sol? ¿También en ti hay esta oscuridad? ¿Has vivido esta negra noche?”

Hans Zimmer deambula en La delgada línea roja por un sendero musical distinto a lo que había hecho hasta entonces en cine (El rey león, Marea roja, La Roca, El pacificador). Un sendero compuesto y tejido por Malick, en el que la dualidad en la que vive la cámara del cineasta es lo relevante, lo que fundamenta la banda sonora del film. Y Zimmer entendió ese fundamento a la perfección. En una de las mejores composiciones musicales de su carrera, Zimmer recoge los versos que la cámara de Malick ha ido escribiendo a lo largo del metraje y el montaje, y finaliza el aura poética del film estableciendo dos mundos musicales que van de la mano: la luz y las tinieblas. Pero no se trata de una luz y unas tinieblas maniqueas; aquí no hay el bien y el mal definidos a fuego en la piedra. La luz musical de Zimmer es una luz que busca luminosidad, que busca entendimiento, que atisba paz en la tranquilidad apacible del desconcierto ante la expresividad de la naturaleza; aquello que captan los ojos de Witt y que parecen penetrar en el horizonte de la nada que tiene ante él, entreviendo algo más de lo que parece existir. Y, por su parte, la tiniebla musical de Zimmer es una oscuridad que combate por entenderse a sí misma, por lograr alcanzar una comprensión dentro del absurdo, dentro del sinsentido.

Un sinsentido que sólo conduce a la nada, a esa misma nada a la que llegan los soldados protagonistas del film cuando, habiendo conquistado la colina y derrotado a los japoneses, descubren que éstos son individuos igual de débiles que ellos, igual de perdidos y aterrorizados que ellos, seres desquiciados, destruidos y deshumanizados; seres desahuciados de sus propias almas. Vacíos de vida. La delgada línea roja compone su espiritual pincelada con ese vacío, un vacío en el corazón del ser humano, un vacío irremediable e irreversible, y un vacío que intenta bailar forzosamente con una naturaleza impregnada, por el contrario, de total plenitud. Una naturaleza que sobrevive al instante llamado “hombre”.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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