Younger Brother (Yoji Yamada, 2010)

Recuerdo cuando descubrí a Yoji Yamada en El Ocaso del Samurai. Recuerdo que me cautivó y que supe desde ese momento que ese nombre tenía que ser forzosamente garantía de calidad. Ahora puedo dar fe de ello.

Títulos como The Hidden Blade, Love and Honor, Our Mother y la película que nos ocupa lo avalan. Estos dos últimos films, además de compartir a dos de los actores protagonistas (Sayuri Yoshinaga y Koen Kondo, excelentes por cierto), tienen en común muchas más cosas. De hecho, lo tienen en común casi todo: poesía visual retratada desde la sencillez y el costumbrismo, narrativa dominada por el tempo que marcan las emociones de los personajes, sensibilidad y humanidad absolutas, delicadeza extrema en cuanto a las interpretaciones, y hasta una pizca de sentido del humor. Es cierto que estas características son anteriores a sus dos últimos largometrajes, pero es en esta última etapa cuando se elevan a la máxima potencia.

Yoji Yamada ya ha dirigido setenta y seis filmes, el primero en 1961. Es obvio que esa experiencia le ha dado un saber hacer del que pocos autores pueden presumir. Lo curioso, es que la mayor parte de su obra, son las cuarenta y ocho partes de su saga cinematográfica Otoko wa Tsurai yo, diría que la más larga de la historia del celuloide junto con las aventuras de Wong Fei-Hung, que entre pitos y flautas se le han dedicado unos 99 títulos.

Volviendo a Younger Brother, y con las características antedichas bien presentes, sólo resta comentar que se trata de una bella aunque incómoda historia familiar, en la que el hermano menor (Koen Kondo) de la protagonista (Sayuri Yoshinaga) es una oveja negra, un pesado y un borracho que navega entre lo entrañable y lo insoportable. Su incorregible forma de ser siempre genera problemas a su hermana, viuda hace unos años y a cargo de una hija y una abuela. Pero por mucho que su hermano le complique la existencia, siempre termina sintiéndose responsable de él y perdonándolo.

No quiero hablar del final de la película, que tiene un fuerte peso emocional y merece la pena que la veáis en vuestra intimidad, pero ya os alerto de que no os dejará indiferentes, y que durante todo el tiempo, el director os lanza pequeñas preguntas existenciales pero sin pretensiones, con mucha humildad, que darán vueltas en vuestras cabezas hasta que por fin asimiléis todo el contenido proyectado en la pantalla.

Una de esas obras que hacen ser mejor persona cuando las comprendes en su totalidad.

Oscar Sueiro

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