Vivir para siempre (Gustavo Ron, 2010)

Me gustaría decir que he visto Mia Sara, el primer largometraje de Gustavo Ron y ya de paso establecer paralelismos e intentar vislumbrar tics autorales, pero todavía no he tenido oportunidad, con lo que quizás mi crítica sea algo austera en este sentido. Lo he conocido por primera vez con Vivir para siempre, y me parece un buen comienzo, por qué no. Humilde, honesta, bien intencionada y nada pretenciosa. Hecho que ayuda a acercarse a ella con cariño y luego comprobar que también está hecha con mucho mimo.

Trata de un niño enfermo de leucemia, Sam, que vive la incertidumbre de superar o no su enfermedad y para no caer en el olvido decide escribir un libro autobiográfico y grabar unas cintas de vídeo doméstico. Mientras tanto también irá cumpliendo algunos deseos con la ayuda de su amigo Félix, al que conoció durante su estancia en el hospital, y puliendo la relación con su padre que no sabe encajar la tragedia de su hijo. El film también dibuja la figura de la madre, luchadora por naturaleza, y como no, una pequeña historia de amor con la prima de Félix, Kayleigh.

No es que a Gustavo Ron le guste poner nombres anglosajones a sus personajes, es que el guión adapta una novela de título homónimo: Ways to live forever. No he leído el libro, pero según palabras del director no hay cambios significativos y se mantiene bastante fiel al original, que ya fue un éxito de ventas en su país. Ya metiéndonos un poco más de lleno en la película, he de admitir que me acerqué a ella con un poco de miedo porque creí que me haría sufrir más de la cuenta y además con malas artes, pero nada más lejos de la realidad. Considero que Vivir para siempre envuelve el drama con un halo de positivismo, y que incluso cuando podría hacerte llorar con una simple maniobra, articula su discurso con una sobriedad y elegancia que nos lo hacen más llevadero. Es decir, hablando en plata, no es tan vilmente tramposa como Mar adentro, de Alejandro Amenábar, por ejemplo. Pero ojo, que cada uno tiene su sensibilidad y más de uno soltará la lagrimita, y Dios me libre de ponerme en el lugar de los espectadores que hayan vivido una historia similar a la de los protagonistas… No olvidemos que se trata de un niño, que siempre duele más.

Vivir-para-siempre

Como he comentado unas líneas atrás, es muy bien intencionada y no me sale decir cosas malas, de hecho, me parecería feo hablar mal de una película pequeñita que sólo pretende contar una historia mínima, emocionarnos y darnos un soplo de esperanza. Sería injusto. Pero tampoco puedo decir que sea perfecta, eso es muy difícil, y a cualquier cinéfilo enseguida le asaltan las comparaciones; Mi vida sin mí, de Isabel Coixet, Finding Neverland, de Mark Forster, o la antedicha Mar Adentro, por poner pocos ejemplos.

De Mi vida sin mí, prefiero el uso de los silencios al exceso de música del film que nos ocupa –no digo que no me guste la banda sonora, es más, me parece muy bonita- es que echo en falta más momentos íntimos. En muchas ocasiones la orquestación se utiliza para cubrir inseguridades narrativas, pero creo que en este caso no era necesario ya que la historia contiene por sí sola el dramatismo suficiente. Y Finding Neverland simplemente pudo conmigo, me emocionó como pocas. Con ésta encuentro un punto común a favor de las dos; las animaciones digitales, hechas con un buen gusto y una artesanía tan impecable que resultan mágicas en ambos casos.

Es ya un tópico reseñar lo complicado que resulta trabajar con niños, pero es que no se puede pasar por alto cuando el resultado es bueno, y aquí creo que se les saca partido, a los tres. Respecto a las interpretaciones adultas, muy bien también, especialmente Ben Chaplin que sería el que experimenta mayor desarrollo y termina por ganarse el cariño de todos. Quizás se me antoja un poco metida con calzador la abuela, cuya única intervención relevante es su relato de la muerte del abuelo, que sirve para introducir el tema del más allá, la vida después de la muerte. Aparece, cumple su función narrativa y desaparece.

En fin, todas las películas tienen sus “cositas” y ésta no iba a ser menos, pero es una segunda incursión en el largo bastante pulida con la que Gustavo Ron apunta maneras y será un nombre del que tengamos que estar pendientes.

Óscar Sueiro

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