To the Wonder (Terrence Malick, 2012)

“No sentir”, se podría decir que de eso trata el último film de Terrence Malick: un opaco trenzado cinematográfico sobre el ser sin ser, la inexistencia de unos sujetos que aman quizás sin amar, que sienten sin vivirlo; indiferencia, frialdad y entumecimiento emocional que hacen naufragar la pasión con la que el amor surge y estalla en un primer momento. Malick rompe nuevamente con los planes: tras el panteísmo de El Nuevo Mundo (The New World, 2005) nos habló de Dios y la fe cristiana en El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011), y ahora en To the wonder se centra en la incapacidad de sentir, en el ser de un sujeto encerrado en sí mismo y en la pérdida de la fe. A la crítica y expertos les encanta etiquetar y clasificar: “panteísta”, “filósofo”, “religioso”… Malick rompe con esta etiquetación, por eso seguramente no suele ser el alma de la fiesta.

Lo que To the wonder pide para ella es lo mismo que cualquier otro film de Malick: sencillamente mirar la película, mirarla dejando de lado lo que esperamos de ella, lo que esperamos de Malick, lo que “sabemos” de Malick. No es una película excelente, ni tampoco lo mejor que el cineasta ha hecho, pero se trata de retazos, piezas, fragmentos y fogonazos de una forma de ver el mundo y el amor. Sí, puede que sermonee en algún momento, que nos intente convencer quizás en algún instante, pero no nos engañemos: todos los cineastas con los que la crítica y los expertos se masturban intelectualmente siempre sermonean y buscan convencer. De una forma u otra. Directa o indirectamente. Queda a nuestra elección convertir o no ese intento de sermón en un obstáculo infranqueable que nos impida ver la película sin alergias y cabreos.

A este cineasta le han llovido ataques en relación a To the wonder debido a dos tipos de molestia que ocurren en este film y en sus últimas películas. En primer lugar está el irritarse con el “sermonear” que acontece en varios instantes de los films; que quede claro que él siempre ha sermoneado en algunos momentos de sus películas, lo hace en La Delgada Línea Roja (The Thin Red Line, 1998) así como en El Nuevo Mundo, sin embargo es con el tono cristiano de El Árbol de la Vida y de To the wonder con el que surge la molestia y la alergia al sermón que parece que nos quiere vender. Dicha alergia a este tipo de discurso surge e impide hacer otra cosa que no sea irritarse con ello. En segundo lugar está el tipo de molestia que se resume perfectamente en una frase que leí en una crítica de To the wonder que decía “Malick ha hecho una mala imitación de sí mismo”. Recuerdo leer eso sin haber visto aún la película y troncharme de risa. ¿Cómo puede uno atreverse a decir en serio algo así? Es decir, ¿quién demonios sabe lo que quiere Malick a parte de él mismo? ¿Cuál es su intención? ¿Cómo saberla? Porque eso es lo interesante: ¡a veces creemos saber y conocer totalmente la intención del director! ¡Cuando eso es imposible! Y de hecho es ahí cuando ocurre lo verdaderamente gracioso: en el momento en que el cineasta en cuestión se atañe a eso que creemos saber de él entonces nos encanta, pero en cuanto se sale fuera de esos márgenes y de esa etiqueta con la que lo habíamos clasificado entonces nos irrita intensamente.

Si logramos dejar de lado estas dos formas de molestarse, lo que nos queda es centrarnos en el film en sí, y lo que encontramos en To the wonder es más o menos la misma experiencia cinematográfica que Malick nos ofrece siempre en sus películas: por un lado, nadie utiliza la cámara como Terrence Malick lo hace; una cámara que sigue a los personajes a través de un baile acompasado entre secuencia y secuencia, una cámara que flota sobre ellos, sobre el entorno y sobre el vacío, como algo omnisciente y ausente a la vez, como un tú y un yo aconteciendo al mismo tiempo. Y de repente se detiene en un plano fijo que observa el tronco de un árbol, mientras escucha sonidos aparentemente triviales. Lo genial de esa cámara es que no existen palabras precisas para describirla, es algo puramente visual, indescriptible, tan solo experimentable. Por otro lado, en To the wonder disfrutamos de un montaje completamente personal e inclasificable, no en un sentido de algo caótico que haga incomprensible la trama que se narra, sino en el sentido de que los diálogos previos y posteriores se superponen unos a otros, metiéndose en mitad de escenas o secuencias no correlativas con ellos, e incluso emparejándose con voces en off que continuamente emiten frases o simplemente palabras evocando algo o a veces nada: un baile, una danza, una poesía. Es más, incluso es relevante darse cuenta de cómo en ocasiones donde otros cineastas cortan la escena o secuencia es donde Terrence Malick empieza a rodarla.

A veces nos gusta un cineasta porque creemos conocerle, y cuando hace algo que se sale fuera de lo que esperábamos de él nos deja de gustar. Queremos que ese cineasta sea lo que nosotros queremos que sea. Terrence Malick viene y golpea eso hasta hacerlo añicos: ahora sí es panteísmo y ahora no, ahora es filosofía heideggeriana y ahora no, ahora es fe cristiana y ahora no, ahora es Dios y el amor y ahora no… Nos frustramos. Nos molestamos. Lo odiamos. Pero entonces la cámara se desliza en el aire, vuela a través de unas ramas en dirección al sol, el encuadre se centra en unas manos… que tocan otras manos y cogen un anillo y bailan en la nada, y las piernas corren y un travelling planea en la superficie de un suelo para nada bello, y la música sube y una mano acaricia una espalda desnuda y el sonido del agua envuelve los fotogramas de un riachuelo cualquiera, y el viento sopla y una nota musical pone el colofón a todo, y a nada. Y en ese preciso instante, tan sólo unos segundos tal vez, nos olvidamos de todos los sermones y molestias y expectativas y estupideces que “sabemos” de Malick. Y sencillamente… vemos la película.  

Xavier Torrents Valdeiglesias

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