Qué difícil es ser un dios (Trudno byt bogom, Aleksey German, 2013)

hardtobeagod

Antes que nada os voy a confesar una cosa; no sé qué es lo que me pasa con el cine fantástico ruso. Quizá sea su manera de narrar, o de construir los personajes, o simplemente mis neuronas no están configuradas para recibir sus mensajes, pero es ponerme a ver una película de este tipo y no entender casi nada de lo que veo. No obstante, soy un tipo obstinado que cree en el cine fantástico en general y ante la oportunidad de visionar la nueva adaptación de la novela de ciencia ficción de los hermanos Strugatsky Qué difícil es ser dios (editada en nuestro país por Gigamesh, por cierto) me lancé de nuevo a la ruleta rusa.

Y madre mía, menudo viaje. Para empezar, la génesis de esta obra es de una épica enorme, que casi diría que hace sombra a la propia obra: su director Aleksey German llevaba desde 1964 intentando llevar a la gran pantalla la obra de los escritores soviéticos. Por delante de él han pasado la adaptación soviético-alemana de 1989 titulada El poder de un dios (de la cual hablé recientemente en nuestro podcast), la obra de teatro dirigida por los propios Strugatsky como respuesta airada a ésta e incluso un videojuego de rol para pc que funciona como secuela oficial. El rodaje empezó en el año 2000 y finalizó en 2006. German se dedicó durante los años posteriores a trabajar en el apartado sonoro hasta que falleció en febrero de 2013, dejando su obra incompleta. Su mujer (y guionista habitual) y su hijo (también director) acabaron su trabajo y lo que el año anterior se consideraba una película maldita es ya una realidad.

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Para los que no conozcan la obra original, Qué difícil es ser un Dios habla de la historia de Don Rumata, un científico del futuro lejano que se hace pasar por noble en un planeta que aún se encuentra en su Edad Media. La misión de Rumata (que es considerado poco menos que un semidiós) y otros de sus colegas es la de intentar guiar a este mundo llamado Arkanar hasta una era científica similar al Renacimiento, pero se ven atrapados entre la brutalidad y violencia de los nativos. Rumata deberá proteger a un estudioso local llamado Budakh de una caza de brujas orquestada por el noble Don Rema y su policía “gris”, un grupo de gente que se dedica a asesinar a todo aquel que consideran mínimamente culto.

Si pensáis que todo esto es lo que he podido inferir después de ver la película, estáis equivocados. Tengo la suerte de haberme acercado a ella tras el visionado de la versión de 1989 y con un mínimo conocimiento de la sinopsis de la novela original, ya que German no me lo ha puesto nada fácil. Para empezar, la trama argumental principal está tan oculta que es casi imposible de discernir. El ambiente en blanco y negro es opresivo y asqueroso, no pasa ni un momento sin que haya lluvia, niebla y suciedad. Todos los personajes se quieren hacer daño o se amenazan, escupen o se echan mierda (literalmente) encima. La mayoría de la gente es estúpida y agobiante. Eso sí, son capaces de forjar unas espadas bien molonas. La acción es casi documental, como si un cámara de ese futuro lejano siguiera a Rumata y a su grupo de desarrapados y filmara sus fechorías sin ningún miedo a acercarse a las cosas más escabrosas que estas producen. Y la verdad es que Leonid Yarmolnik se come la pantalla como Rumata; intenso y lleno de mala hostia y desprecio, su pinta de oso violento casa perfectamente con el tono de toda la obra, que parece estar hecha alrededor de su persona. Y probablemente así sea.

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La interpretación de la historia original por parte de German conforma una película totalmente opaca e inaccesible, con un acabado visual potentísimo pero que si os he de ser sincero, acaba poniendo de mala leche. Quizá era eso lo que quería transmitir; toda esa bilis de un mundo antiguo lleno de violencia, la brutalidad inherente al ser humano y demás interpretaciones. A mí me ha acabado provocando bastante asco e impotencia durante sus casi tres horas de escupitajos, lluvia, mierda y efluvios variados. ¿Soy ahora más capaz de entender las peculiaridades de la Rusia fantástica? Creo que no, señor German. Aunque se reconocer un buen trabajo cuando lo veo y Qué difícil es ser un Dios es algo épico que dejar para la posteridad tras la muerte de uno. Eso sí, a mi casi me la provoca.

Víctor Castilllo

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