Principiantes (Absolute Beginners, Julien Temple, 1986)

En su momento pareció una buena idea. Una película que combinara el estilo y parte del lenguaje de los videoclips de los años 80 con una novela de los años 60, sobre el Londres beat, con el nacimiento del rock de fondo, en una época pre-Beatles y Stones. Para ello, como director, Julien Temple —impulsor original de llevar a la gran pantalla la novela de Colin MacInnes—, que atesoraba ya una buena reputación como director de videos y cuyo documental sobre los Sex Pistols The Great Rock ‘n’ Roll Swindle le había granjeado cierta fama. La película tenía que ser un musical, pero uno acorde con los gustos de los tiempos, por lo que el reparto debía estar plagado de estrellas del pop de distintas épocas: David Bowie, Sade, Ray Davies o Tenpole Tudor se dejarían ver en el proyecto —cayéndose otros que estaban apalabrados, como Paul Weller, al que se le ofreció el papel del “angry young man” Dean Swift, el cual ciertamente le iba, o Keith Richards, que iba a interpretar a un cómico de music hall (!)—.

Para los dos roles principales, dos caras nuevas que se pudieran lanzar al estrellato: Patsy Kensit, que además de actuar, sabía cantar y bailar y se podía aprovechar el énfasis publicitario del film con el lanzamiento del primer disco de su banda EightWonder, y Eddie O’ Connell, el cual no bailaba ni cantaba —sonrojante momento por cierto en el que va por las calles de Londres deprimido cantando en playback el “Have You Ever Had It Blue?” de Style Council—, y bueno, apenas actuaba, y del que nunca más se supo. Para calentar, una de las campañas de promoción de aquellas que se hacían antes donde te machacaban con clips y previews de la película, donde uno podía escuchar el tema principal de David Bowie —de igual título— y por esa extraña asociación de ideas pensar que si el single de la banda sonora original del film era tan bueno, la película debía ser buena también, o el director y reparto de la película decir una y mil veces que iba a ser el renacimiento del cine musical, gloria del nuevo cine británico y que a su lado West Side Story era un cuento para niños. Digamos simplemente que la idea no cuajó, que la película coleccionó un sinfín de malas críticas, y que su resultado en taquilla fue desastroso, causando la quiebra de su productora, Goldcrest. Sí, parecía una buena idea. Pero sólo eso.

Colin MacInnes (1914-1976) era miembro de una familia acomodada y conservadora cuyo destino parecía ser el de convertirse en algún importante hombre de negocios: “La perspectiva de vivir entre los ricos de Hampshire y recurrir al adulterio me resultaba enormemente aburrida”, dijo. Tras su regreso de la Segunda Guerra Mundial, donde fue oficial de inteligencia, renegó de su familia y se fue a vivir al Soho londinense, se convirtió en crítico de la BBC y escritor, y a la larga, uno de los cronistas oficiales de la época. Su obra de mayor repercusión, la llamada “trilogía londinense”—Absolute Beginners, City of Spades y Mr. Love and Justice— habla del resurgir de un Londres post-guerra en el cual los adolescentes toman la palabra y se arriesgan a vivir como les apetece, casi una trilogía bíblica para posteriores generaciones. Nadie es un verdadero mod si no ha leído —e interiorizado— los postulados de MacInnes, o si no que se lo pregunten a Paul Weller.

Así, el Londres de los 50 del libro es una historia fascinante pero cruda, sobre un joven muchacho que, enamorado de una aspirante a diseñadora de moda, obsesionada por la cultura negra y bastante promiscua, decide para ganarse su corazón convertirse en una especie de arribista que va picando allí y allá para convertirse en un fotógrafo de éxito, hasta que tendrá que enfrentarse a su propia conciencia y decidir si debe renunciar a sus principios. La película resultó ser blanda y azucarada, el tono lleno de colores chillones de la película probablemente no era el más adecuado para la historia de MacInnes, los contrastes morales que debe padecer el personaje principal —sin nombre en la novela, Colin en el film— están explicados y machacados de un modo bastante evidente, como si fuera una constante “lección para adolescentes” —aunque por otro lado ser sutil con el actor protagonista, Eddie O’Connell, hubiera sido bastante difícil—, y el libro fue suavizado hasta niveles “moralmente correctos” en una historia que, originalmente, pretendía exactamente lo contrario. Por supuesto el personaje de Suzette (Patsy Kensit), el amor del protagonista, no es para nada una depredadora sexual, simplemente se queda en, bueno, ligera de cascos. Ambos personajes no es que estén muy bien desarrollados en el guión, de hecho tienen momentos de palurdismo que hacen difícil la identificación con ellos en todo momento. Aunque peor lo tienen los amigos del protagonistas, reducidos cada uno de ellos a un estereotipo, y que se supone deben representar una de las tendencias de los adolescentes del momento —se quedan en “el negro con problemas”, “el bohemio con problemas”, “El tipo-guay enfadado con el mundo”.—.

La tensión racial y el auge de la extrema derecha londinsense, contraria a la cultura negra, se toca poco y mal, y sigue su zigzagueante camino hasta eclosionar en un ridículo momento musical que hace difícil tomar en serio el pretendido toque social del film. El final, por supuesto, también está cambiado para estar más acorde con los gustos de toda la familia. En fin, un desinfle total de las ideas originales de la novela que muestran que es un evidente caso donde importa más la forma que el contenido, que lo que interesaba entonces era hacer un gran videoclip de dos horas, dando la sensación que se adaptó Absolute Beginners porque, bueno, molaba y es un “tótem cool”, aunque podría haber sido cualquier otra cosa. Y claro, la cosa queda como un video de Duran Duran de la época, pretendidamente provocador, pero sólo pretendidamente. Ni siquiera, años después, ha entrado en ese mundillo de la revalorización ochentera donde han entrado tantas y tantas otras.

La propuesta de Temple al menos dejó un buen disco, la banda sonora del film, algunos momentos musicales donde realmente el director da muestras de talento, y algunas curiosidades con cierta gracia para los fetichistas del pop —Bowie bailando claqué, Ray Davies interpretando a un “Arthur” con ciertos aires al de su personaje del disco del mismo nombre de los Kinks de finales de los 60…—. Poco más. Una pena, porque antes de la quiebra de la productora, Temple y Bowie iban a repetir con una adaptación al cine de los cómics de Mandrake el Mago, con el Duque Blanco interpretando al personaje principal. Yo hubiera pagado por verlo.

Javier J. Valencia

(Artículo originalmente publicado en Miradas de Cine nº70, Enero 2008)

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