Perder la razón (À perdre la raison, Joachim Lafosse, 2012)

Antes de nada, prefiero recomendar que veáis la película previamente a leer este artículo, pues más que crítica, es un análisis estribado al desenlace, y aunque intento no ser explícito, os podría restar parte de su impacto.

Basada libremente en un hecho real acontecido en Bélgica, concibo definitivamente esta película como la disección de una tragedia.

Más allá del simple juicio, Lafosse se interroga sobre cuáles son las razones que pueden llevar a alguien a cometer tal atrocidad. No es tampoco una justificación, es solamente que sería de ilusos creer que tamaño desequilibrio se pueda dar de un día para otro.

Murielle (Emilie Dequenne, premiada en Cannes por este papel), nuestra protagonista nos es retratada desde la ilusión hasta la destrucción, y cada secuencia de la película suma a ese todo. No hay desperdicio en ninguna línea del texto, en ninguna mirada.

Murielle se casa con Mounir (Tahar Rahim, protagonista de la excelente Un Profeta, de Jacques Audiard), de origen marroquí, que es algo así como un hijo adoptivo de André (Niels Arestrup, también tremendo en Un Profeta, entre otras), quién provee de todo a la inocente pareja. Este cobijo y proteccionismo genera una deuda moral para Mounir, que no podrá librarse de esa suerte de familia disfuncional, pues André que vive con ellos, es a su vez el médico de la familia y principal pilar económico.

La situación, aunque peculiar, es bastante llevadera hasta que van naciendo las tres hijas, y por último, el cuarto hijo. Todo el trabajo, la responsabilidad y la presión recaen sobre Murielle, que paulatinamente se va desmoronando.

La película está narrada de modo que entendamos en todo momento a la protagonista, una joven guapa y buena profesora de escuela que se ve limitada por sus circunstancias familiares. Circunstancias que devienen en ansiedad y luego depresión. Ni el tratamiento psicológico ni la medicación logran sacarla del hoyo, pues en ningún momento se trata el problema raíz; la focalización absoluta del deber sobre la madre.

Lo que me ha removido durante todo el metraje es que esa situación se da en la mayoría de familias. Damos por hecho que la madre debe llevar esa carga, y además, que es suficientemente fuerte para ello. Y no, no todas las mujeres lo son. Son seres increíbles, la maternidad las transforma en más increíbles todavía, pero son humanas. Los lloros y enfermedades de cuatro infantes, los cambios de humor de su marido, el despotismo de su suegro, etc., son los detonantes del hartazgo emocional que llevarán a Murielle a la secuencia de derrumbe que sufre en el coche, mientras escucha una canción que me parece una oda a la mujer, lo mismo que conforma el corpus de esta historia.

No sé si todo el mundo percibirá el relato de la misma forma, pero a mí me espetaba constantemente la siguiente pregunta: ¿Cuidamos cómo se merece a las mujeres de nuestras vidas? -madres, hermanas, hijas, esposas…

Las soluciones de los hombres, generalmente faltos de inteligencia emocional y empatía, quedan claras en la película; una casa más grande, una mujer que ayude con las labores del hogar, una psicóloga, antidepresivos… Pero agota infinitamente más un grito de un marido que poner cien lavadoras.

Con todo este homenaje casi feminista, no creo que el director pretenda justificar el desenlace, pero sí ayudarnos a entender qué motivos podrían provocarlo.

Aunque podamos considerar a André el villano del cuento y principal causante del malestar del personaje principal, es también una víctima. Su miedo a la soledad hace que se aferre a la pareja y a los niños, haciendo de su apoyo económico el lazo que los une, pues le servirá para chantajear moralmente a Mounir. Hace lo que hace, y obra mal, como todos ellos, pero también se nos permite entenderle.

Por otro lado, me llama la atención el acercamiento casi espiritual que tiene Murielle a medida que se acerca el final con Marruecos y con la familia de Mounir, con quienes se siente en paz, pues a pesar de vivir precariamente, el cariño reina en su hogar. Eso es lo único que anhela Murielle, y la madre de Mounir, sabia como muchas madres, bien lo percibe y transmite en los dos últimos abrazos con los que la despide, ya casi drogada de medicamentos y perturbada.

Refiriéndome más a la forma que al contenido, es fácil apreciar que la narración se sustenta casi en un cien por cien en el primer plano. Los planos generales se pueden contar con los dedos de una mano. Y si bien es cierto que es un recurso muy recurrente para retratar emociones, por momentos me parece un tanto abusivo, como también me lo parece el uso de cámara a hombro, últimamente más una tendencia que una necesidad narrativa.

El primer plano rodado con teleobjetivo, con cámara a hombro y un primer término desenfocado, aunque me encanta, suele parece un subjetivo y puede despistar al espectador. Son positivas la frescura y el realismo, pero la cámara viva debe dosificarse y su nerviosismo debería ir in crescendo de la mano de los estados de ánimo. Con interpretaciones de ese calibre no se necesita ningún artificio narrativo, y al menos yo, hubiera agradecido una cámara más reposada, igualmente observadora, pero más coherente.

Como decía en la primera línea, más que una crítica, es un análisis. La considero buena, pero por encima de eso, la englobaría en el grupo de películas necesarias; de ésas que hacen que te preguntes cosas, que te plantees una escala de grises. Lo más sencillo hubiera sido demonificar el acto fatídico y condenar a la protagonista, pero como ese hecho ya no tiene vuelta atrás, el director considera mucho más oportuno hacernos replantear nuestras conductas para que no se vuelvan a dar esas desgracias.

Por todo lo dicho, y por la delicadeza y elegancia con la que se trata el tema, recomiendo mucho que os acerquéis a ella con cariño.

Oscar Sueiro

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2 respuestas a Perder la razón (À perdre la raison, Joachim Lafosse, 2012)

  1. Olivia dijo:

    Antes de nada, una nota para el autor del artículo: fantástico análisis más que crítica sobre el film, con un toque de sensibilidad femenina que hace bastante más interesante la lectura. Me sorprende a la vez que halaga la solidaridad que muestra con las madres y mujeres del mundo. Así que, gracias Óscar, por este artículo tan bonito.
    Me gustaría subrayar la decadencia emocional que transmite la protagonista como algo primordial en la película, lo bien que se refleja esta evolución: de la vitalidad e inocencia absoluta a la tristeza más profunda donde no hay lugar ni siquiera para un atisbo de rabia.
    También remarcar la relación de dominio y control de André disfrazada por una filantropía perversa (por si aún no lo sabíais, nadie ayuda a los demás de forma desinteresada). Quiero destacar este aspecto porque he oído diversos comentarios que se focalizaban en la debilidad de la mujer para poder entender la tragedia de esta historia. De manera muy reduccionista, ¿no se encontraría la causa primera de esta tragedia en la debilidad que lleva a una persona comprar a otras personas para tener compañía, o en la debilidad de la que es comprada por no querer afrontar las dificultades que le depara el destino y prostituye a toda su familia?
    Al salir del cine, tuve la sensación de que algo no cuadraba en esta historia, algo no me convencía, faltaba cierta credibilidad en el proceso de degradación de esta mujer, que a mi modo de ver, sólo se podía entender si existía latente algún tipo de patología mental. No sé explicarlo, pero la historia tiene elementos muy complejos que se muestran des de una simplicidad tremenda.
    Y para acabar, un aspecto precioso de la película: el abrazo y complicidad absoluta de dos mujeres que están conectadas por el mismo sufrimiento, aunque lo resuelven de manera distinta por pertenecer a diferentes culturas: una asume una realidad y la otra no es capaz de encajarla. Ese abrazo no lo podrá sentir nunca ningún hombre.
    Gracias por el espacio y mucho respeto a todas aquellas personas que discrepen de mi opinión.

  2. Oscar Sueiro dijo:

    Gracias a ti Olivia, en primer lugar por apreciar la sensibilidad con la que he afrontado este análisis, y en segundo lugar por lo ejemplar de tu comentario; educado, respetuoso y ponderado. Cualidades que no abundan en la red.

    Estoy de acuerdo con todo lo que apuntas.
    La decadencia emocional de la protagonista es tremenda y la actriz está sublime en su papel. Quizás los saltos en el tiempo que da la película hayan influenciado que te quedase esa sensación de falta de credibilidad en la evolución del personaje. Aunque se narre de forma lineal, esos avances irregulares pueden resultar bruscos, pero también hay una labor de síntesis importante, pues retratar años en algo más de hora y media con ese nivel de detalle no es tarea fácil. Además, es una interpretación del director, que al fin y al cabo, por empático que se ponga, no es una mujer, y mucho menos no es la mujer que terminó asesinando a sus hijos. Por eso también no pueden chirriar cosas en el devenir de esta tragedia.

    Respecto a la debilidad de Murielle, ya digo que viene algo provocada por las humillaciones a las que es sometida, así que estoy contigo en lo de la falsa filantropía. Es más, incluso hay lecturas nada descabelladas que no llevarían a pensar en un amor homosexual de André por Mounir, con lo que encajaría más esa dependencia total.

    En todo caso, cuando una película da para sentir tanto y para hablar, es que deja un poso más allá de la duración de su metraje.

    Gracias de nuevo por tu comentario!

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