Nebraska (Alexander Payne, 2013)

A Woody Grant (Bruce Dern) la demencia senil está a punto de robarle su identidad y su memoria, y en los primeros compases del filme lo contemplamos aferrado al “premio” de lotería (con apariencia de ser un timo como una casa) que le ha tocado como si le fuera la vida en ello. Según su esposa, ha memorizado la carta que le han enviado y hasta duerme con la misiva agarrada. En un intuitivo acto de amor tan irracional como comprensible su hijo pequeño David (Will Forte) accederá a acompañarle hasta Lincoln (Nebraska) para recoger el presunto millón de dólares que le pertenece, y por el camino viajarán hacia el pasado de Woody, mostrando un rostro de su padre totalmente desconocido para él.

Alexander Payne –convertido en una de las mejores garantías de calidad del cine norteamericano de los últimos tiempos- ha dibujado en tres de sus últimas películas tres escenarios que comparten en común la obligada necesidad de sus protagonistas de reinventarse a sí mismos e intentar adaptarse a nuevos escenarios de formas más o menos traumáticas debido a un suceso de gran impacto emocional. Con una pasmosa facilidad el director neoyorquino aleja la sensiblería del relato y lo acerca más hacia la categoría de la comedia humanística –al menos en el sentido del retrato de lo peculiar en el contexto de la vida cotidiana-. Si en A propósito de Schmidt y en Los descendientes los personajes de Jack Nicholson y de George Clooney tenían que enfrentarse a una nueva realidad en la cual sus esposas desaparecían de la ecuación del día a día, en Nebraska lo que está a punto de abandonar la escena es una personalidad, no una persona. Y antes de que se desvanezca David quiere darle una última oportunidad, aunque sea únicamente para pasar un tiempo con él antes de que su cerebro deje de funcionar. También padece de cierta ingenuidad, mientras que su madre, Kate (June Squibb, verdadera robaplanos de la película y firme candidata al Oscar a mejor actriz secundaria) y su hermano mayor Ross (Bob Odenkirk, a punto de volver a ponerse el traje de Saúl Goodman para la serie que protagonizará el inolvidable personaje secundario de Breaking Bad) parecen tener los pies en el suelo y están bastante más convencidos de la verdadera condición de Woody , y en el caso concreto de Ross también se incluye un cierto rencor hacia la figura paterna debido al desinterés con el que les trató a lo largo de su vida.

Porque otra de las virtudes de Payne a la hora de describir al personaje principal del título es que no se trata precisamente de una buena persona: no es un diablo, un hombre violento o un villano standard de los cánones del cine hollywoodiense, pero sí un sujeto que parece haberse entregado durante muchos y muchos años a las bebidas alcohólicas y no haber prestado una excesiva atención a los sucesos de su entorno, por importantes que fueran. Bruce Dern, ganador al premio a la mejor interpretación masculina en el último Festival de Cannes por su interpretación, cautiva al espectador en gran medida gracias a su mirada perdida y a su constante sensación de encontrarse desconcertado en el mundo, pero provisto de una constancia y una tozudez digna de elogio; sin embargo, el Woody Grant al que va conociendo su hijo a medida que va deshojando la margarita de su pasado no parece encontrarse en el registro de Dern: los diferentes rostros que nos va mostrando el recorrido por el pueblo de Lincoln –el soldado taciturno que volvió de la Guerra de Corea con un más que probable síndrome de estrés post-traumático, el sencillo novio de la bibliotecaria local, el vecino apacible siempre a punto de echar una mano a quién la necesite incluso sea al “villano” (si se le puede llamar así) de la función, interpretado por un excelente Stacy Keach- ya se han perdido. Solo queda el rastro de un hombre intentando, si bien no redimirse, sí esforzarse en hacer un último acto con sentido en su vida. De ahí proviene la revelación final de la cinta, que dotará de sentido al valor del billete de lotería, y a su vez a la obra al completo.

El resultado es una obra que según la propia experiencia vital del espectador puede ser recibida, al final, con felicidad o tristeza, pero en ambos casos con satisfacción. Nebraska es una reflexión pausada, que no emite juicio (tanta razón tienen David como Ross o Kate), apacible pero un tanto amarga, amable pero sutilmente dura.

Javier J. Valencia

Esta entrada fue publicada en Cine Drama y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.