Mr. Holmes (Bill Condon, 2015)

mrholmescapUn anciano Sherlock Holmes, retirado en su granja de Sussex y dedicado por entero al cuidado de las abejas, intenta escribir sobre el caso que treinta años atrás le obligó a terminar su carrera como detective, pero que es incapaz de recordar debido a que la edad empieza a hacer estragos en sus facultades mentales. Con la ayuda de Roger, el joven hijo de su ama de llaves, intentará rebuscar en lo más profundo de su memoria los motivos que le llevaron a terminar con una de las carreras más célebres de la historia, aunque a costa de desenterrar un capítulo oscuro de su vida…

No es la primera vez que Sherlock Holmes, todavía el personaje literario que ha tenido más adaptaciones a la pantalla, ha contado con una versión encargada de revisar su mito, jugar con él y darle la vuelta. La más célebre (al menos a día de hoy, ya que fue un fracaso comercial y crítico en su momento) es la extraordinaria La vida privada de Sherlock Holmes (1970), en la que se nos mostraba como la prosa del Dr. Watson había elevado a la genialidad a un ser humano imperfecto, pero todavía brillante: en el juego que proponía la película de Billy Wilder el legendario icono estaba basada en una persona real que no era exactamente como lo describía el buen doctor. Pero aún así, la encarnación a la que daba vida Robert Stephens del más famoso inquilino que tuvo nunca el 221B de Baker Street era la de un excéntrico sabueso con unas capacidades fuera de lo común, por muy cargado de manías y puñetas varias que tuviera (o quizá, precisamente por ello). Con capacidad, eso sí, de equivocarse y sufrir como el más común de los mortales. Hay ciertos parecidos en la interpretación del personaje en la película de Bill Condon -adaptación de la novela A Slight Trick of the Mind de Mitch Cullen, directamente publicada en España con el título del film- pero solo hasta cierto punto.

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Uno de los motivos por los cuales Mr. Holmes ha despertado ciertas antipatías en los círculos más acérrimos del personaje, o incluso en los seguidores más jóvenes que lo han conocido debido a las versiones modernas a las que han dado vida Benedict Cumbernatch o Robert Downjey Jr., probablemente sea que esta visión desmitificadora sea bastante dura, tanto en forma como en fondo, y uno pueda incluso llegar a creer que de este modo se le está quitando lustre a la figura de El mejor detective de todos los tiempos. Sin embargo, esa no es mi opinión, y creo que Condon ha preferido caminar por la cuerda floja en su visión humanizada de la creación de Arthur Conan Doyle, convirtiéndole totalmente en un ser humano de carne y hueso, y transformando algunas de las particulares características del personaje en aspectos directamente antipáticos. Porque la postura meramente fría y racional, el enfoque casi matemático de los aspectos conmovedores de la vida, puede ser aplaudida en una embellecida narración de ficción, pero no muy bien recibida en el mundo real por casi ningún hijo de vecino. Para hacer mayor hincapié en esta versión humanizada de Holmes, la versión terrenal de ángel se completa otorgándole al personaje de 93 años de edad, con los síntomas de la demencia senil acechándole, cada vez con mayor frecuencia.

Y esta versión de Sherlock Holmes se sustenta en la magnífica interpretación de Ian McKellen, que a estas alturas de su carrera ya dispone de tablas como para construirse una cabaña en el campo. En el tiempo presente de la historia, McKellen otorga a su Holmes de montones de pequeños y grandes gestos indicativos de cierta decrepitud, de una salud cada vez más escuálida y de un agotamiento cada vez mayor, y sabe efectuar un claro contraste con los flashbacks que nos muestran el tiempo pasado, treinta años antes, enfrentado a su último caso con sus habitual vitalidad y altanería por muy entrado en años que estuviera. Es en ese último caso en el que se notará sobremanera al personaje ausente de la historia, el Dr. Watson. Siendo la primera vez (en esta versión) que el Detective se enfrenta a un caso sin la ayuda de su amigo y socio pero también el representante de la humanidad de la dupla. Aunque sea capaz de resolverlo satisfactoriamente carecerá del aspecto emocional necesario para conducir a ese relato que le llevó a abandonar su carrera a un final feliz. Para más inri a medida que se va despejando la madeja y la memoria empieza a volver a la superficie, triunfar sobre el olvido –acaso el primer objetivo del que ha sido alguien que se consideraba a si mismo cerebro, y el resto de su cuerpo mero apéndice- le traerá en gran medida sufrimiento. Pero necesario, para responderse también preguntas a sí mismo y ser capaz de resolver el último misterio. El suyo propio.

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Una propuesta original y arriesgada, mucho más de lo que parece a simple vista. No exenta de algunos aspectos cuestionables –como ese otro flashback que lleva a Holmes a Hiroshima a hacerse con un sustituto de la jalea real, y toda la trama en torno a la familia Umezaki, en cualquier caso bien hilvana con la resolución final-, pero sólida, estupendamente interpretada (tanto Laura Linney como el joven Milo Parker están formidables, y ambos tienen momentos de lucimiento personal) y acompañada de una destacable banda sonora de Carter Burwell. Añade algún guiño a los Holmesianos (como la aparición de Nicholas Rowe, protagonista de El secreto de la pirámide, dando vida al Detective en las películas que interpretan las novelas de Watson y a las que acude un curioso Holmes en busca de respuestas) pero sin agobiar con referencias, un mal demasiado común en nuestros días.

Javier J. Valencia

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