El Manantial (The Fountainhead, King Vidor, 1949)

“Esta es la historia de un hombre cuya integridad era tan inquebrantable como el granito” así definía la misma Ayn Rand su crucial novela El Manantial (The Fountainhead) en la cual se basa la película que tratamos en esta reseña. Ayn Rand fue una escritora controvertida y polémica. Nació, se crió y estudió en Rusia pero emigró en 1926 a Estados Unidos por sus fuertes convicciones antisoviéticas. Ayn Rand es conocida también por ser la creadora del objetivismo, un sistema filosófico basado en el individualismo y el egoísmo racional.

En Estados Unidos existe una corriente ideológica que bebe directamente del objetivismo llamada libertarismo (no confundir con el libertario europeo) que propugna la libertad individual total en lo social y una profunda defensa de la propiedad privada en lo económico. Por lo tanto, y generalizando mucho, los libertarians (termino en inglés) podrían considerarse un tanto reaccionarios a raíz de sus agresivas teorías económicas pero profundamente alejados del conservadurismo de la derecha clásica gracias a sus avanzadas teorías sociales. Actualmente son la tercera fuerza política en Estados Unidos, a mucha distancia de Demócratas y Republicanos. En ocasiones se les ha dado en llamar anarcocapitalistas para hacer más comprensible su ideología a grandes rasgos.

Hago esta breve introducción porque la película que nos ocupa es a todas luces una clase intensiva de la filosofía de Rand. Nos encontramos ante un condensado ideológico que a bote pronto podría resultarnos un tanto indigesto. Sin embargo no hay que temer, todo está tamizado por el filtro Hollywoodiense (y del director King Vidor) y por consiguiente también se trata de una gran película, disfrutable independientemente de los postulados que nos puedan resultar más antipáticos. Se trata de una epopeya sobre la superación del hombre como individuo y una exaltación de la integridad total que deberían poseer los llamados a mover el mundo.

Pese a contener una poderosa historia de amor a tres bandas, que llevada por otras manos podría haber caído facilmente en el melodrama barato (y sin embargo mantiene vigente toda su fuerza y atractivo), El manantial se entiende en su totalidad y basa el grueso de su discurso en su incontestable protagonista, Howard Roach. Magníficamente interpretado por Gary Cooper, Roach es un arquitecto sobresaliente e integro que llega hasta el punto de no aceptar ningún encargo que no pueda controlar al cien por cien. Para Roach el cliente no siempre tiene la razón. Se trata de un tipo forjado a si mismo, conocedor de su talento y su fuerza e incapaz de ceder un ápice en sus convicciones. Pero ya sabemos como funciona el mundo y un ser con estos valores dificilmente encajará en el mismo de buenas a primeras. Y es aquí cuando aparece el drama en todo su esplendor. Pese a demostrar con creces su genialidad (cuando los pocos clientes que se acercan a él le otorgan absoluta libertad y confianza), a medida que la cinta avanza, Roach se ve condenado poco a poco al ostracismo profesional por sus férreas convicciones.

El protagonista de El Manantial (al igual que su escritora) entiende la libertad y el individualismo sin ningún tipo de restricción y es capaz de llevar su coherencia hasta el extremo. No se trata por consiguiente de un personaje simpático, pero tampoco lo pretende, y en eso radica su insobornable fuerza. Howard Roach es el alter-ego de Ayn Rand, una mujer obsesionada con combatir el comunismo que tanto odiaba, y en esa obsesión radica también su flaqueza. Absolutamente empeñada en negar cualquier forma de organización comunitaria, por incipiente o bienintencionada que esta sea, despliega tal cantidad de argumentos a favor del individualismo extremo que termina por caer en una utopía radical de signo contrario.

El espíritu del arquitecto protagonista se emparenta con el de los pioneros que forjaron norteamérica y su entrega sin condiciones le llevará indefectiblemente hacia caminos de sufrimiento y negación. Es especialmente interesante e ilustrativo el segmento en el cual el arquitecto, incluso después de probar las mieles del éxito profesional, prefiere trabajar picando piedra en una cantera de granito antes que aceptar claudicaciones. Vemos pues que el personaje interpretado por Cooper no se queda tan solo en la teoría sino que demuestra con hechos su manera de ver el mundo. Estamos también ante un individuo que no duda en utilizar la violencia cuando considera que ha sido ultrajado (como vemos durante el clímax de la película) situando su sentido de la justicia por encima de las leyes del hombre. Es este uno de los aspectos más discutibles del discurso y uno de los puntos más radicales del mismo. En el fondo, el egoísmo y la integridad de Roach tienen mucho de populista, al menos tal y como están planteadas en la parte final del film, durante la cual asistimos a un juicio penal y mediático contra el estallido de violencia del singular arquitecto. Todo este segmento, con el discurso final de Roach incluido, son para el que esto suscribe, la parte más floja de toda la propuesta.

Ayn Rand estuvo presente durante la producción de la película y se encargó de varios aspectos de la misma, pero, quien sabe si emulando a su querido personaje Howard Roach, su extremada minuciosidad y sus continuos choques con el equipo técnico le llevaron a renegar totalmente del resultado final. A pesar o gracias a ello, El Manantial se nos presenta como una película interesante en muchos aspectos, con predilección por situarse en los extremos y una realización un tanto grandilocuente que sin embargo le va como anillo al dedo al conjunto del discurso. Las actitudes y diálogos de algunos de los personajes centrales (con esas intensas y sostenidas miradas y esa carga de trascendentalidad que impregnan todos sus movimientos) se nos pueden antojar inverosímiles o en exceso mesiánicas, pero en definitiva el visionado de esta película puede resultar muy estimulante si entramos en el juego que nos plantea King Vidor, cosa que no es difícil.

Dani Morell

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Una respuesta a El Manantial (The Fountainhead, King Vidor, 1949)

  1. Juan B. González Gourdet dijo:

    He comenzado a leer a Ayn Rand y he visto las dos primeras partes de la pelícila “La Rebelión de Atlas” y al igual que este film sus personajes son fascinantes con un alto sello de arrogancia y desprecio hacia la masa humana, la que no les importa como si no existieran para ellos y pudieran prescindir de la misma, Es cierto que son originales pero con un egpísmo aterrador en los que parece que la satisfacción de su egocentrismo es la gran razón de sus existencias. Excekente filosofía para alzanzar metas individuakes elevadas, pero sacrificando el amor en todas sus variantes y matices, por lo que el precio al final es la negatividad misma dek ser.

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