Love & Mercy (Bill Pohlad, 2014)

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La tumultuosa existencia de Brian Wilson, el genio creativo detrás de gran parte de los mejores temas y álbumes de los Beach Boys, daría realmente en función de los sucesos y anécdotas de los que se tienen conocimiento para una mini-serie más que para una película de dos horas. En ese sentido, la decisión de los guionistas Michael A. Lerner y Oren Moverman ha parecido la adecuada: dividir la narración en dos segmentos bien diferenciados -quizá demasiado-. En uno contemplaremos al genio creativo de Wilson en su cenit y conoceremos su caída en la locura provocado por una siniestra mezcla de stress psicológico y drogas. En el otro asistiremos a como un sumiso Wilson permanece bajo la abrasiva terapia del Dr. Eugene Landy, el hombre que controló su vida bajo la excusa de recuperar su salud mental, hasta que se cruzó en su camino Melinda Ledbetter, la mujer que acabaría convirtiéndose en su compañía hasta nuestros días y que fue la que logró sacarlo de la prisión en la cual se había convertido su existencia. Decisión adecuada, sí, pero también no exenta de problemas, debido a la decisión de Bill Pohlad de tratar las dos líneas como si de dos películas diferentes se tratara.

El período comprendido entre el 65 y 68 es el que será 100% disfrutable por el mitómano del grupo californiano. La narración comienza -después de que un magnífico montaje visual y musical nos haya ubicado en el momento concreto del grupo y haya recorrido de un plumazo sus primeros años- con Brian dando la noticia al resto del grupo de su deseo de permanecer trabajando en el estudio y abandonar al grupo en las giras. Ahí dará comienzo el trabajo de un Wilson alejado de cualquier tipo de presión y trabajando con total libertad, sin la asfixiante presencia de su padre, sin el resto del grupo ni de nadie que se coloque por encima suyo. Con el mejor grupo de músicos de estudio dará rienda suelta a su creatividad y el resultado serán las bases de Pet Sounds, uno de los mejores discos de la historia del pop. Pero la sombra de su padre (interpretado por Bill Camp), el retorno de la banda con las continuas críticas de su primo Mike Love (muy bien interpretado por Jake Abel) que no termina de entender el giro que está dando la música del grupo (el tiempo demostraría que Love no fue precisamente muy atinado a la hora de leer el signo de los tiempos), y en especial, el descubrimiento del ácido, irán convirtiendo el interior de Brian en una olla a presión psicológica a punto de estallar.

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En este segmento del film tiene dos verdaderas estrellas propias. La primera es Paul Dano, que interpreta magníficamente a un Brian Wilson tan genial como desubicado y logra captar su especial sensibilidad. De hecho el progreso de su estado mental hacia la locura está tan bien fragmentando que cuando lleguemos al momento de la escena de la reunión del grupo en la piscina en la cual Love toma de nuevo las riendas del grupo -y que incluye el fulminante despido de Van Dyke Parks (Max Schneider)- la paranoia y el desastroso estado mental de Wilson  nos parece el resultado lógico de la progresión de la historia. Por cierto, siendo la película tan “partidaria” de Brian Wilson -contada desde el punto de vista de su experiencia, lo que se nota bastante en algunos segmentos- es digno de mención que la visión que se da de Mike Love, (enfrentado a su primo tanto años, pero a buenas a día de hoy, lo cual seguramente lo explica) no sea especialmente dura, al presentarlo como un músico más “convencional”, con más interés en fabricar hits que en hacer álbumes perdurables, y que no entiende a su primo. Pero de una discusión entre ambos sale la motivación para componer Good Vibrations, uno de los mejores montajes del film, que de todos modos muestra al final como Wilson trabaja en los arreglos incansablemente y a Love perdiendo los papeles de nuevo.

La segunda estrella es la banda sonora de Atticus Ross: el músico se ha salido por la tangente con unos excelentes montajes musicales tanto para remarcar los momentos de especial creatividad de Wilson como para señalar el auge de su locura, donde se amontonan notas, melodías, coros y porciones de canciones y más canciones del grupo, sin circunferencia ni centro, como un mar musical del cual a medida que pasa el tiempo el joven Wilson va siendo incapaz de controlar. Su mayor talento es a la vez su mayor maldición, parece querer decir el montaje musical de Ross. Las drogas y la tensión son el empujón definitivo, la locura está en la cabeza del artista, representadas en forma de melodías sin forma aparante.

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Por desgracia, la segunda narración de la película, interpretada por John Cusack como Wilson, Elizabeth Banks como Melinda Ledbetter y Paul Giamatti como Eugene Landy, y ubicada a mediados de los años 80 no es tan remarcable como la anterior. Ni siquiera parece haber una especial continuidad en el trabajo de Dano y Cusack, como si hubieran enfocado su trabajo cada uno de manera completamente diferente, y si a eso le sumamos que ni siquiera el trabajo de maquillaje es particularmente destacable parece que estemos viendo una segunda película integrada en la primera únicamente por tratarse de un segmento de la biografía del mismo personaje. Banks, sin dar tampoco la interpretación de su vida, es lo mejor de esta parte en la cual Cusack no parece terminar de encontrarle el tono del todo a Wilson ni de profundizar en él, quedándose únicamente en la parcela más estética (aunque tiene algún momento especialmente bueno, como cuando narra a Melinda en el restaurante como perdió el 95% de audición en uno de sus oídos por culpa de las palizas de su padre) y Giamatti presenta a un Landy muy superficial, casi un villanesco mad doctor, teniendo los tres un momento especialmente bajo cuando el psiquiatra les descubra por sorpresa a punto de huir en el estudio de grabación de Wilson, como si de un thriller de serie B se tratara. Las diferencias entre la parte de Dano y la parte de Cusack son tan notables que cuando en el clímax final las dos temporalidades se “reubiquen” en la mente de Wilson en una especie de refrito visual con elementos reconocibles de 2001: Una odisea del espacio dará la sensación de tratarse de un arreglo artificial para darle un sentido coherente a todo, cuando quizá no era necesario y hubiera sido mejor y más interesante dejar navegar a cada una de las narraciones a su final de forma natural. No daba ni la sensación de que fuera necesario ni de que los tiros fueran por ahí.

En cualquier caso, son muchas y muy destacables las virtudes de un film muy interesante, imprescindible para los seguidores de la figura de uno de los genios del pop del siglo pasado, todavía en activo. Personalmente espero que por muchos años.

Javier J. Valencia

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