Los olvidados (Luis Buñuel, 1950)

Ricos y pobres, barrios altos y barrios bajos, familias que viven en la opulencia y familias que sobreviven en la máxima pobreza. Así están configuradas la mayoría de grandes urbes del planeta. Dos mundos opuestos en uno. Una vez estrenada su segunda película mexicana (El gran Calavera), Luis Buñuel recibió una oferta del productor Óscar Dancigers para realizar un film que se centrara en la pobreza de los barrios bajos de México. El cineasta rodó Los olvidados, un retrato de las jóvenes víctimas de la miseria de la sociedad, unas víctimas que acaban por convertirse en instintivos y violentos animales hambrientos. El personaje de Jaibo lo ve claro al final del film en esa extraña visión que tiene mientras agoniza en el suelo: el joven observa la imagen de un perro callejero que refleja perfectamente en qué se ha convertido su existencia.

Buñuel nos ofrece una obra de ficción con muchos elementos de técnica documental (de hecho, en el film se mezclan actores profesionales con no profesionales): por un lado, en la película realmente no hay una sinopsis narrativa que tenga un peso contundente, se trata más bien de un trabajo de documentar la situación en la que viven un grupo de personajes en unas condiciones tan extremas. Lo que el cineasta lleva a cabo es un retrato de un mundo que generalmente queda olvidado. Por otro lado, los personajes no se caracterizan por tener una composición y estructura clásicas, sino que cada uno de ellos compone un mosaico que completa ese retrato que Buñuel pinta con maestría: Jaibo, Pedro, la madre, el personaje de “Ojitos” (como el único personaje que aún posee la inocencia que caracteriza esa infancia desaparecida), el ciego e incluso la figura paterna que queda remarcada en el film precisamente por su ausencia; somos testigos de un mundo sin padres.

Dicho retrato que se va tejiendo a medida que avanza el metraje viene potenciado también por un ritmo narrativo muy intenso, a medida que pasan los minutos la sucesión de acontecimientos se acelera y los personajes (así como el espectador ya completamente metido en la historia) se ven sumergidos en una vorágine de violencia, injusticia y tragedia que desemboca en unos últimos veinte minutos de film dramáticos y fatalistas. Este gran ritmo cinematográfico se apoya excelentemente en una cámara que nos deleita con su constante agilidad a lo largo de la película; su movimiento va transcurriendo con la preocupación de documentar esa miseria social, pero el hecho de estar haciendo un retrato que ofrecer a una mirada occidental ajena a ese mundo no le hace ser una cámara fija, externa, insípida. Para nada, se trata de una cámara muy moderna para la época que recorre los escenarios con cómodos y agradecidos travellings, con panorámicas que no resultan para nada gratuitas, marcando transiciones y cambios de escena imbuidos de extrema frescura. Todo esto hace que para la película el paso de los años no sea nocivo en su visionado, todo lo contrario: Los olvidados envejece con dignidad y maravillosa solidez para cualquier cinéfilo.

Buñuel compone un film de estilo muy neorrealista en cuanto a su voluntad de hacer un cine de “lo real” documentando ese mundo social tan arruinado y demacrado, pero dicho estilo queda muy bien mezclado con interesantes tintes del surrealismo brillantemente tratado por el cineasta. Por ejemplo, la sexualidad instintiva y subconsciente representada por las continuas apariciones de animales (la figura de las gallinas y la del gallo cruelmente golpeado por la madre), como también la pasión de un subconsciente incestuoso que se respira en esa relación entre madre e hijo, pero sobre todo las secuencias oníricas que beben directamente del movimiento surrealista. Unas secuencias en las que los sueños sacan a relucir muchos de los elementos que ya se habían visto en El perro andaluz (1929), pero que en esta ocasión quedan más suavizados y equilibrados para su inclusión en la historia y en los personajes. Pedro sueña con el amor que profesa a su madre, con una sexualidad de la que aún no es consciente, con una enemistad hacia Jaibo que resulta profética; y Buñuel, con un excelente ralentí, cierra un sueño perfectamente insertado en la diégesis de una película inteligente, moderna, necesaria e imprescindible.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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