Locke (Steven Knight, 2014)

Cuando Ivan Locke (Tom Hardy) entra en su coche sabe que le espera una de las peores noches de su vida. Lo sabe, porque ya ha tomado la decisión de lo que está a punto de llevar a cabo, aceptando las consecuencias, todas las que sean. Nosotros como espectadores somos los que vamos descubriendo poco a poco la decisión que ha tomado y todo lo que está provocando. Locke juega a la baza de limitar la puesta en escena del film a, por un lado, planos medios y cerrados del protagonista al volante de su coche y, por otro, al exterior de la noche iluminada levemente por las luces de la carretera. Y es una baza que acaba funcionando a la perfección entretejiendo una prisión para el personaje que durante su eterno trayecto en coche intenta mantener en pie su vida, que poco a poco se va derrumbando por la decisión que ha tomado; la decisión de hacer lo correcto, por encima de la comodidad, de los intereses personales, del pragmatismo, pero sobre todo hacer lo correcto por encima de las consecuencias.

El rostro del actor en primer plano, su mirada ante la nuestra, nada más. Ochenta y cinco minutos de película que transcurren así, con Tom Hardy conduciendo con la mirada puesta en la carretera, mientras visualmente las luces diáfanas de la noche recuerdan ligeramente la estética de una Collateral (Michael Mann, 2004) o incluso de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976). Pero lo dicho: visualmente. Temáticamente y narrativamente Locke se mueve por otros derroteros, puesto que Steven Knight –guionista de Negocios ocultos (Stephen Frears, 2002) y Promesas del este (David Cronenberg, 2007)– escribe y dirige un guión que desarrolla la trama a partir de establecer continuas conversaciones telefónicas que el protagonista tiene con varios personajes, cosa que permite plantear la historia, desarrollarla y ponerle un cierre excelente. Y aunque sí que hay un truco de guión muy claro utilizado para describir el pasado del personaje, éste está tan poderosamente interpretado por Tom Hardy que acabamos por agradecer todas las escenas en las que dicho truco aparece.

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Porque sí, la película se podría titular “Tom Hardy” y no pasaría nada. El trabajo interpretativo del actor en este film es una auténtica maravilla, y merecería ser visionado por todos esos actores que solo saben poner tres tipos de rostro ante cámara. La complejidad del personaje de Ivan Locke reside en que se trata de un hombre que a cada minuto de la trama está tratando de lidiar con los peores momentos de su vida, pero en vez de hacerlo con una personalidad emocional lo hace mediante una extrema racionalidad, forzándose a sí mismo por mantener la lógica en todo momento, la sangre fría, helada, cuando en el fondo dicha sangre debería estar hirviendo y a punto de estallar. Esa rabiosa humanidad, esa desgarradora racionalidad conforma un personaje tremendamente poderoso a nivel cinematográfico e introspectivamente atractivo para el espectador. Y todo ello está majestuosamente interpretado por Hardy, un actor que se deja la piel a cada minuto de metraje, y que gracias a su actuación logra que lo pasemos igual de mal que el personaje sintiéndonos partícipes del viaje mientras lo acompañamos dentro del coche. Su rostro y mirada desbordan la pantalla de una película que precisamente logra eso: llevarnos a un viaje emotivo, honesto y moralmente embriagador, pero sobre todo un viaje humano, demasiado humano.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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