Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011)

Este curioso drama malrrollista con cierta aproximación al thriller nos llega de la mano de Lynne Ramsay, una directora escocesa de la que nunca había oído hablar, y probablemente ahora sí se haga un hueco en la gran pantalla, visto el éxito de nominaciones y premios que ha cosechado esta, su última película.

Una costumbre -o manía- que tenemos casi todos los cinéfilos/cinéfagos es que para situarnos, buscamos comparaciones con otros films. No se me ocurre un parentesco directo para el título que nos ocupa, pero si tuviera que citar algunas primas hermanas, diría que tiene algo de La Profecía (Richard Donner, 1976), pero sin su tinte fantástico, o de Joshua, (George Ratliff, 2007). Por la inteligencia del personaje Kevin, también me acuerdo de Birth (Jonathan Glazer, 2004), y esa relación retorcida entre madre e hijo me remite a La Pianista (Michael Haneke, 2001) o en menor medida La Belle Bete (Karim Hussain, 2006). Por último, y ojo con esta referencia porque es en parte un spoiler, Elephant (Gus Van Sant 2003).

Eva, magníficamente interpretada por Tilda Swinton, tiene un hijo con Franklin (John C. Reilly), y el niño es el Kevin en cuestión, personificado por tres actores diferentes, cada uno para una franja de edad. Desde el mismo momento del nacimiento, Kevin es un bebé difícil. La madre es incapaz de hacer que deje de llorar y enseguida percibimos en ella el padecimiento y la desesperación hasta el punto en que parece que es un niño no deseado por ella. Lo cierto es que el infante se lo va ganando a pulso mientras crece, pero se supone que tenemos que dar por hecho que el bebé no tiene culpa de nada y quizás lo que le marca de por vida es la percepción de ese rechazo.

Creo que ahí estriba el debate que propone la película: ¿es culpable la madre de la cruel personalidad del niño, o Kevin es un psicópata de nacimiento? ¿Pueden los primeros meses de vida condicionar hasta tal punto el comportamiento futuro de una persona?

Eva no es capaz en ningún momento de remontar esa situación insostenible, y la maldad de Kevin parece ir a más. Notamos que la odia, que la manipula, pero a pesar de todo, no creo que durante el desarrollo alguien piense que se lo merece. Ser primeriza es complicado, se pueden cometer errores y seguramente no hayan salido individuos tan retorcidos aun teniendo peores padres. Pero pese a lo extremo de la malicia del chico, Eva lleva un lastre de culpabilidad que arrastra sutilmente durante todo el metraje.

Hay dos secuencias clave en las que Eva se ve superada por el nivel de hartazgo y pone en riesgo al niño: cuando pasea en carrito al bebé, que no para de llorar y desesperada, va hacia unas obras que hay en la calle para tapar el sonido de los quejidos con el estruendo del taladro. Su cara de alivio es un mapa. Y ya con el crio más crecidito, unos seis años, este todavía lleva pañales porque se defeca encima. La madre se los cambia, como no, pero claro, el indeseable lo hace descaradamente adrede, hecho que la desespera y de un empujón lo hace caer y se le rompe un brazo. Kevin encubre a la madre, que fácilmente podría ser acusada de maltrato, pero lo hace para extorsionarla indirectamente. Hasta tal punto está perturbado el niño, que se parece adivinar una actitud masoquista en alguna de sus reacciones.

No estoy seguro de si el film nos quiere relatar la construcción de un personaje psicópata o la destrucción de una madre incompetente. En el primer caso, no considero que haya motivos paternos para trastornar a alguien hasta tal punto, y en el segundo caso, el personaje de la hija, hermana pequeña de Kevin, muestra una relación totalmente normal con su madre.

A pesar de que la historia me interesa todo el tiempo y el desenlace es potente, hay algo que no me convence del todo. El casting es bueno, pero no me acabo de creer al Kevin adolescente, lo veo un tanto estereotipado, y desde luego, demasiado guapo para ser hijo de una andrógina desaliñada y un muñeco de Jim Henson. También hay frases demasiado certeras que dejan ver las costuras del guion y que en boca de un adolescente, por inteligente que sea, me chirrían.

En lo técnico y formal, es muy correcta, destacando el montaje, que saltando continuamente en el tiempo va hilvanando el complejo tejido de las relaciones de los personajes y dibujando el truculento proceso casi degenerativo que sufre Eva. Finalmente y pesar de todo, una madre es una madre, y entre la búsqueda de la razón del comportamiento de su hijo y el sentimiento de culpa y responsabilidad, no terminan de romper lazos.

Desde luego, me parece una propuesta en los límites de lo comercial y lo suficientemente estimulante para que os acerquéis a ella. Deja un poso desagradable, de esos que suelo agradecer. Un notable.

Oscar Sueiro

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