El honor perdido de Katharina Blum (Die Verlorene Ehre der Katharina Blum oder: Wie Gewalt entstehen und wohin sie führen kann, Volker Schlöndorff, Margarethe von Trotta, 1975)

El Honor Perdido de Katharina Blum (Die Verlorene Ehre der Katharina Blum oder: Wie Gewalt entstehen und wohin sie führen kann) es un interesante estudio sobre los medios de comunicación y concretamente sobre la prensa escrita como instrumento de dominación. También es un notable trabajo sobre la injusticia derivada de la aplicación por parte del estado, de métodos represivos basados en la sospecha generalizada sobre determinadas capas de población –en este caso, jóvenes estudiantes–.

La película funciona por si misma, gracias al solido guión de Margarethe von Trotta, notable directora de cine político y social (en aquellos momentos compañera sentimental del director). Pero nos resultará muchísimo más interesante si la situamos en su contexto histórico. Se rodó en Alemania, en el año 1975 del pasado siglo, por lo tanto en plena efervescencia de los grupos armados revolucionarios como la Baader-Meinhof, las RAF, Rote Zora, las Células Revolucionarias Revolutionäre Zellen o el Movimiento 2 de Junio (a menudo llamados los años de plomo) y todo ello en un estado dividido en dos, con la consiguiente dosis de sospecha y manipulación política que conllevaba la Guerra Fría para ambos bandos: la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA).

La cinta nos narra la historia de Katharina Blum, una chica de clase media conocida como “La Monja” en su círculo íntimo. Una noche decide salir de fiesta con unos colegas y conoce a Ludwig, un joven revolucionario desertor del ejército y buscado por la policía por terrorista. Empiezan aquí las penurias de nuestra protagonista, pues a la mañana siguiente es detenida en su domicilio –en el cual había pasado la noche con el chico– tras haberle ayudado a huir por los tubos de ventilación del edificio.

La maquinaria de venganza del estado, que no ha logrado detener a su verdadero objetivo, no tardará en poner en marcha sus engranajes con el fin de desmoralizar a Katharina mientras las tareas para detener al desertor prosiguen implacables. Especialmente impactante es la escena del registro del piso, que se efectúa con una cantidad de efectivos desproporcionada y una minuciosidad –también por parte del director– casi quirúrgica. Como contrapunto encontramos una protagonista, interpretada por Angela Wrinkler, que siempre se nos muestra frágil pero serena ante el imparable aparato represivo del estado.

Sospechando de ella desde un principio pero atrapada en un callejón sin salida, la policía decide dejarla en libertad para que sirva de cebo. Al mismo tiempo se activa el tentáculo de la prensa. Concretamente adquiere protagonismo el Bild-Zeitung, uno de los periódicos generalistas de la época. Entrevistas sin permiso a la madre moribunda de Katharina, a su ex-marido, persecución de las amistades o tergiversaciones descaradas en connivencia con las fuerzas del orden se irán sucediendo ante nuestros ojos. Las actuaciones de buena parte de los periodistas serán absolutamente interesadas y tendenciosas desde el primer momento, llegando a cotas execrables de manipulación.

La presión que deberá soportar Katharina y su entorno bajo las garras de una prensa dispuesta a destruirla sin remordimiento alguno nos conducirán poco a poco al impactante desenlace, que por descontado no desvelaremos en estas líneas.

Contundente y revolucionaria, El honor perdido de Katharina Blum, fue dirigida por Margarethe von Trotta y Volker Schlöndorff en un momento muy politizado de sus carreras. Schlöndorff conseguiría la Palma de Oro en Cannes y el Oscar al mejor film de habla no inglesa solo cuatro años más tarde por El Tambor de Hojalata (Die Blechtrommel). Precursor del nuevo cine alemán y colaborador del recientemente fallecido Alain Resnais (El año pasado en Mariembad, Hiroshima mon amour) y Jean-Pierre Melville (El silencio de un hombre, Círculo rojo), Schlöndorff siempre se ha mantenido comprometido con lo social, pero rodando un cine alejado de las corrientes de autor que sacudían Europa por aquella época y utilizando unos encuadres y una concepción narrativa más formal y próxima al método de representación institucional anglosajón, cosa que las acercan a un público más general. Margarethe von Trotta proviene de la misma tradición y tras una dilatada trayectoria continúa en activo rodando un cine que busca sacudir los esquemas y generar debate. Recientemente hemos podido ver en nuestros cines su notable película  Hannah Arendt.

La película que nos ocupa adapta la novela de mismo título del premio Nobel de literatura Heinrich Böll, escritor perseguido también en su momento por el estado federal alemán ya que se interesó públicamente por las garantías –o falta de ellas– que envolvían la detención y juicio de Ulrike Meinhof, conocida periodista alemana que pasó a la clandestinidad durante los anteriormente mencionados años de plomo del país y que apareció colgada, junto a otros compañeros, en las celdas de aislamiento de la prisión en un caso que siempre ha estado lleno de interrogantes y sumido en la sospecha. Por todo esto, Böll vivió y sufrió la difamación en su piel, cosa que le animó a escribir la novela que dio pie a rodar la película de la cual hablamos hoy. Un libro escrito desde la visceralidad de su propia experiencia y cargado de rabia que profundiza tanto o más que el filme en los mecanismos de control ideológico de los que se dotan empresas y estados tras la fachada de la libertad de expresión.

Sin concesiones de ningún tipo, realista, fría y directa El honor perdido de Katharina Blum es una de las mejores obras del director. La planificación pausada y realista de la misma, el valioso documento que nos brinda sobre los cuidadosos métodos de seguimiento, registro e interrogatorio de la policía alemana, el compromiso por esclarecer la verdad y reparar la injusticia y la tarea de denuncia que realiza la convierten en una gran representante del cine político alemán de los setenta.

Dani Morell

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