Foxtrot (Samuel Maoz, 2017)

Samuel Maoz se quedó a las puertas de volver a conseguir el León de oro en Venecia con Foxtrot –antes, lo ganó con su ópera prima, Líbano-. Fue La forma del agua, la mejor obra de Guillermo del Toro, la que le arrebató el premio. Pero, a pesar de que se llevase la medalla de plata y quedase en el segundo puesto del podio, eso no quiere decir que Foxtrot sea un film al que haya que ignorar porque, de hecho, es un largometraje que expresa diversas experiencias del director de un modo muy directo y sin ningún tipo de filtro –ni sentimentalismo-. En conjunto, Foxtrot no es un film corriente, ni tampoco funciona del modo habitual al que estamos acostumbrados la mayoría de los espectadores. Se toma su tiempo y juega con la paciencia del espectador para introducirle, en la medida de lo posible, en los espacios y terrenos sobre los que Maoz se mueve. Requiere tomárselo con calma y realizar el ejercicio de empatía para poder situarse en la piel del director y guionista y así comprender, o intentar comprender, aquello que Foxtrot quiere transmitirnos. Que es ni más ni menos, una vivencia similar a la que él se vio sometido al creer que su hija había fallecido en un accidente.

En Foxtrot –un baile que siempre vuelve a su punto de partida- se nos cuenta el duro momento por el que atraviesa una familia que acaba de recibir la noticia de que su hijo, un militar, ha fallecido en acto de servicio. Ante tal noticia, Michael, el padre, entra en un estado de rabia incontrolable mientras que, la madre, sedada por tal atroz acontecimiento, duerme. Lior Ashkenazi, actor que da vida a Michael, tiene secuencias en las que realmente borda a su personaje y hace que sea imposible no conectar con él. Pero, por desgracia, solo son breves momentos que quedan más como un recuerdo que como algo que ha conseguido llegar al espectador y calarle en su interior. Cargando a sus espaldas casi dos tercios de película, Ashkenazi, junto con Sarah Adler en el papel de su esposa, se encarga del primer y último bloque en el que se divide el largometraje para ver, de primera mano, cómo es recibir la nueva de que uno de tus hijos ha muerto y que, al día siguiente, hay que enterrarle.

Mientras que por otro lado, la cinta retrata el modo con el que los soldados israelíes, a grosso modo, son tratados. Para ello, Maoz elimina prácticamente los diálogos de forma que esa parte troncal del largometraje de Foxtrot en la que se representa la vida de unos soldados en un puesto fronterizo dejado de la mano de Dios brille por la fuerza de sus imágenes y no por lo que los personajes transmiten con unos diálogos ficticios. Es la representación de una realidad que existe y que Maoz, como soldado, ha vivido y sufrido. De hecho, es de los pocos directores que se atreve a rodar sin miedo cómo son tratados los soldados israelíes por su propio ejército. Por lo que hay que dejarse llevar por las metáforas y símbolos que componen algunas partes de su film y prestar atención a los pequeños detalles.

Foxtrot no es un largometraje para cualquier público. No busquéis aquí un ritmo acelerado, una estructura clásica, ni mucho menos un drama mainstream sobre la pérdida. Es una cinta cuyo propósito no es otro que el de hacer sentir a través del poder de sus imágenes y sus, a ratos, desbaratos diálogos mediante Ashkenazi y Adler. No es más que una muestra del dolor que experimentan los padres, de forma generalizada, cuando pierden a un hijo. Cómo afrontan las situaciones y con qué cara miran al futuro venidero. Mientras, de fondo, se retrata la dura rutina de un militar israelí.

Xavi Mogrovejo

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