El detective y la doctora (They Might Be Giants, Anthony Harvey, 1971)

Justin Playfair enloqueció tras la muerte de su esposa y transformó su vida en una fantasía en la cual está convencido de que él es el legendario detective Sherlock Holmes. Cuando la doctora Mildred Watson quede fascinada por su caso, el sujeto la llevará por una disparatada búsqueda por las calles de Manhattan en busca del profesor Moriarty. Mientras, el hermano de Justin, que está siendo chantajeado, verá la ocasión perfecta para deshacerse de él, internándole, para quedarse con sus bienes…

El detective y la doctora (fantástico título por cierto el español, que parece indicarnos que vamos a presenciar una película porno) es una extravagante mezcla de comedia y drama, que parte de la premisa de cómo un hombre puede encontrar en un mundo imaginario una felicidad que le ha sido arrebatada la vida real. Desde otro punto de vista también podría ser una interesante visión de los folie a deux, o de los casos de locura compartida, de cómo un enfermo mental es capaz de convencer a otra persona, en esta caso Playfair a la doctora Watson (excelente Joanne Woodward), de que su visión de las cosas es la verdadera, no tanto porque ella crea en él, en este caso, si no porque el día a día no le ofrece unos estímulos que sí encuentra en recorrer las calles junto a un hombre que va disfrazado de Sherlock Holmes buscando a un imposible profesor Moriarty.

La película utiliza en gran parte eso, mostrar la vida diaria como una losa pesada por gran parte de los protagonistas (como por ejemplo el bibliotecario al que le gustaría ser la Pimpinela Escarlata) para ponerse casi desde el primer momento de lado del personaje de Justin, interpretado con mucha fuerza por un excelente George C. Scott, el cual se gana la simpatía del espectador nada más aparecer en escena, y utilizando un recurso -un tanto sensiblero- de contarnos su trágico pasado cuando la narración lleva ya más de veinte minutos de metraje, todavía se logra sentir más lástima por él, beneficiosa para el film. Esta misma mezcla de simpatía y compasión es lo que siente la doctora Mildred Watson por el protagonista, pero a partir de las deducciones que hace el falso (¿o real?) detective con ella, de su solitario pasado y su amargo presente, poco a poco se va sintiendo atraída, tanto por él como por el mundo que le ofrece. Otro recurso que utiliza la película es “sacarnos” en escenas determinadas de la fantasía en la que vive inmerso el dúo protagonista para mostrarnos escenas del malvado hermano de Mayfair, para recordarnos que hay “otro” mundo, real y cruel.

Casi un “Quijote” moderno, no tiene ninguna lógica coherente la búsqueda del protagonista, aunque su pintoresco modo de ver las cosas arrastrará a la pléyade de personajes que le rodean en su antológico cuarto de hora final, cuando se pierda ya toda la coherencia, desaparezca la trama secundaria de la banda de chantajistas que acosan al hermano (aunque esto fue debido probablemente a los enormes tijeretazos que sufrió el film en la sala de montaje), y se acerquen a ese túnel al final del camino, en una conclusión antológica… Memorable la actuación de la pareja protagonista, y a pesar de ser una comedia, tiene un poso de amargura gigantesco.

Sin embargo, la película fue un fracaso en taquilla, en parte debido a que los gustos de las audiencias ya no iban encaminados en 1971 a este tipo de obras bienintencionadas, en parte debido al poco interés por parte de la productora por el film, que lo recortó de mala manera, algo que se nota en su visionado. Aparte, ofrece muy poquito interés a un público al que le podría interesar como es el aficionado a las obras de Sherlock Holmes, puesto que no hay apenas ninguna referencia a la obra de Conan Doyle y el personaje de Mayfair bien podría creerse ser cualquier otro. Así, los años han enterrado a esta interesante producción a un bastante injusto olvido.

Javier J. Valencia (artículo publicado originalmente en pasadizo.com en 2006)

 

 

 

 

 

 

 

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