Diplomacia (Diplomatie, Volker Schlöndorff, 2014)

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París está a punto de ser destruida por ordenes directas de Hitler. La ocupación alemana toca a su fin y en medio de la desbandada se pretende utilizar la táctica de la tierra quemada con la capital de Francia. La noche del 24 de agosto de 1944 el destino de la ciudad de la luz recae exclusivamente en las manos del general Von Choltitz. El cónsul sueco Raoul Nording conoce el siniestro plan y va a hacer todo lo posible para evitar el desastre con el arma que mejor sabe utilizar: la diplomacia.

El director alemán Volker Schlondörff, antiguo ayudante de dirección de Louis Malle, Jean-Pierre Melville o Alain Resnais, acostumbra a adaptar con acierto grandes obras literarias en sus películas. Baste recordar El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, 1979) basada en la novela del premio Nobel alemán Günter Grass o El honor perdido de Katharina Blum, que adaptaba al también Nobel alemán Heinrich Böll y de la cual hice una reseña para estas páginas.

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En esta ocasión adapta la obra teatral de Cyril Gély, de idéntico título, que plantea el diálogo hipotético –no hay constancia de lo que sucedió realmente– entre el gobernador alemán y el cónsul sueco. Una larga noche en vela en la cual se dirime el destino de París y a la vez sirve para plantear cuestiones de gran trascendencia tales como la redención, la dignidad y la salvación del hombre. Y no es en el planteamiento de la película sino en la forma de la misma donde recae la fragilidad de la propuesta. Volker Schlondörff no se aleja demasiado de la concepción teatral de la obra y eso se nota. En estos casos el peligro suele ser la repetición y una perdida gradual de fuelle, pero pese a que la realización resulta bastante plana, como si de teatro filmado se tratase, y pese a que llegamos a vislumbrar esos instantes de peligro entre bambalinas, el director tiene oficio y consigue remontar el vuelo y mantener nuestra atención en todo momento.

Y esto lo consigue en gran medida gracias a la elección de los actores y a su magnífico trabajo. Niels Arestrup, quien ya demostrara su buen hacer en las brillantes Un profeta y De latir mi corazón se ha parado –ambas de Jacques Audiard–, perfila un delicado equilibrio entre el aspecto temible y totalitario de un general de la Wehrmacht y el humano culto y consciente de la trascendencia del momento que se esconde tras su fachada. A su vez, André Dussollier, actor de teatro francés y un habitual en las películas de Jean-Pierre Jeunet, encarna al diplomático sueco revistiéndolo de una aura de bondad, ética y honestidad difícil de rebatir, pero capaz también de andar con sumo cuidado y con un punto de malicia por el terreno fangoso por el que transita para salvar la situación.

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Por lo tanto, que nadie se lleve a engaño. Diplomacia es una buena película y resulta muy interesante de principio a fin. Lo importante aquí es la conversación, el choque dialéctico entre los dos personajes protagonistas con todas las implicaciones filosóficas y morales que se derivan de la misma. Hay otros personajes y escenarios –muy pocos– pero quedan convenientemente difuminados para resaltar el meollo de la cuestión. A puerta cerrada, en el flamante despacho ocupado por el general Von Choltitz, se deciden el destino de miles de vidas humanas y de todo un simbolo como París. ¿Acatar las ordenes abominables de Hitler o desobedecer contraviniendo toda una vida de disciplina militar y servicio a la patria? La persuasión que ejerce el cónsul sueco sobre la cerrazón lógica y rotunda del general nos mantiene en vilo durante los escasos 90 minutos que dura la película. Y eso tiene mérito, puesto que todos conocemos el final.

Dani Morell

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