Dos opiniones sobre “Clímax” (Gaspar Noé, 2018)

El final de la fiesta – por Daniel Lasmarías

Clímax no gustará a todo el mundo. Es más, de toda la gente que conozco que la ha visto (y son bastantes y bastante conocedores del cine y sus intríngulis) a nadie le ha apasionado. Entiendo que es difícil perdonarle a Gaspar Noé ese ataque de ego constante con el que rueda y monta, y a la película esas rarezas sin ninguna finalidad aparente (los títulos de crédito o del final desordenados, apareciendo sin orden ni concierto) más allá de epatar. El gran público detestará su dispersión narrativa: puede que le guste el baile inicial, pero a más de uno se le atragantará esos diez últimos minutos de luces rojas, movimientos de cámara mareantes y actores estrafalarios sufriendo convulsiones. Y sin embargo, si le das una oportunidad, Clímax tiene cosas interesantes que contar.

***

Un grupo de bailarines son contratados para viajar a EEUU de gira. Tras terminar los ensayos en un colegio abandonado en medio de la nieve celebran una fiesta donde beben y bailan. Todos se llevan bien, todos alaban el trabajo de los demás. En privado se critican, lo que parece armonía se revela como una gran mentira llena de pasiones reprimidas. A mitad de la película se descubre que alguien ha echado droga en sus bebidas. No se sabe si es por la sospecha o por la droga en sí, pero la paranoia se apodera de todos y la celebración se convierte en carnicería. Una enorme bandera de Francia preside la sala donde tiene lugar todo.

No, Gaspar Noé no es el director más sutil del mundo. Clímax es un martillazo en la cabeza de los europeos, un escupitajo a la concordia y a la falsedad, un chiste rodado con una steadicam cada vez más alucinada y espídica.

Si algo es la película es una cinta sobre la paranoia (el LSD como metáfora del terrorismo o de la crisis económica). Hay “algo” que penetra en una sociedad aislada llena de mentiras y que la enfrenta a la locura. La resolución de la cinta no es casual. El enemigo es a la vez interno y externo.        Noé sabe que maneja metáforas sencillas (en la presentación en Sitges, donde ganó el premio a mejor película, dijo que Climax “se explica por si misma”), así que en un intento barroco  (como sus movimientos de cámara) se dedica a complicar la trama, a dispersar la narración, a hablar de sexo y aborto, de lesbianismo y drogadicción… pero si uno rasca, encuentra a un grupo de niños que deciden dejar atrás las normas que han heredado de sus mayores.

***

Climax va sobre la paranoia y sobre la crisis. Y lo hace siendo un musical, uno total. No sólo es el hecho de que el baile puro ocupe gran parte el metraje, sino que cuando los personajes hablan parece que bailan (hablan de la misma manera que bailan, por ejemplo); la cámara danza entre ellos, revolotea; la música es constante, cada vez más industrial y espesa, cada vez más aterradora y molesta; incluso actuando, los actores realizan pasos ensayados, nada casuales, rítmicos y expresivos. Climax es un ballet moderno, donde una compañía de danza danza, y cuando no se interpretan bailando, bailan igualmente. Una suerte de caja china. Y aquí, por fin, Gaspar da con la tecla y, siendo conscientes del juego metacinematográfico que propone, nos podemos sentar en la butaca y disfrutar/sufrir de esta bajada a los infiernos, de esta recreación de la disolución de la sociedad que compartimos.

También es comprensible no entrar a jugar ese juego. En Sitges, mucha gente se levantó de su butaca en el tramo final de la película (visualmente asfixiante).

***

Todo depende de lo que estemos dispuesto a perdonarle al director: su montaje posmoderno, las referencias a Suspiria y otras cintas del género (tampoco nada sutiles, pues se dedica a mostrarnos una grabación en una televisión enmarcada por varias carátulas de VHS), etc. Pero lo cierto es que Noé brilla en aspectos en los que no se exhibe, en los que no parece estar repitiendo constantemente su nombre en alto (esos movimiento de cámara), en los que simplemente demuestra que puede ser un buen profesional: en el guión, por ejemplo. Y curiosamente es lo que más se le ha criticado, porque se ha oído que su película era poderosa visualmente (que lo es), pero que la historia y su desarrollo no daba para más (sobre todo comparándola con Love, una cinta llena de palabras). Porque mucha gente sigue pensando que un guión es mejor cuanto más palabras contiene.

Y no.

Sorprende asistir a una historia de varias decenas de personajes y ver como su director es capaz de construir una geografía poderosa, reconocible y, a la vez, que seamos capaces de identificar las historias particulares de cada uno de los bailarines. Y lo hace escondido, como un mago. Mientras el público se maravilla de los fuegos artificiales, el nos cuela una construcción dramática impecable.

24 bailarines, cada uno con una historia. Y los reconocemos a todos, somos capaces de situarlos, de ver su descenso a los infiernos, la manera en que mancillan y abandonan la sociedad que los cobija. Y no es nada fácil.

Y ahí, y no en la cámara dando vueltas, es donde quizás Gaspar Noé puede encontrar nuestro perdón. A través del cine. Porque quizás sí tiene algo que contar y no nos habíamos dado cuenta, obnubilados por el espectáculo de luces. Mientras lo buscamos podemos seguir bailando bajo la enorme bandera de colores brillantes que hay sobre el escenario. Sigamos bailando y creyendo que todo va bien, que el infierno no está simplemente a una gotas de distancia de nuestros pies.

Danza macabra – por Xavi Mogrovejo

Gaspar Noé es de esos pocos directores que todavía tienen una marca autoral tan fuerte que consigue ser un intocable dentro de la industria para poder hacer lo que quiera. Además de poder removerte por dentro y, a la vez, hacer que te lo pases bien viendo sus largometrajes.  En Climax, Noé nos lleva de fiesta con su elenco de actores no profesionales para agrupar todas sus filias, fobias y obsesiones en una pista de baile llena de coreografías hipnotizantes rodadas con planos extremos que solo él, y quizá Lars Von Trier, se atreve a llevar a la gran pantalla. La discoteca de Noé –cabecera que le habría venido especialmente bien a la película- es un descenso a los infiernos a través de un bad trip que sufren los protagonistas cuando estos son drogados en contra de su voluntad en mitad de una fiesta.

Al inicio del film, Noé, mientras muestra a plano fijo unas entrevistas que le hace a su elenco de bailarines, decora el marco con títulos de films que le han servido de referencia para parir Climax. Y a los que hace diversos homenajes a lo largo del largometraje sin perder ni pizca de autoría. Toda una declaración de intenciones por parte del director asentado en Francia que le sirve para poner la carne en el asador y advertir al espectador sobre lo que se va a encontrar con su último film. Un estudio de la desesperación, la locura, el amor, la vida o la muerte mediante un conjunto de números de baile urban que le sirven para explorar esos conceptos con el body horror. Noé centra su atención en el placer carnal y en cómo la droga afecta a nuestro cuerpo. Temas recurrentes dentro de su filmografía pero que aquí presenta con la novedad del baile. Cuenta con una belleza visual y una puesta en escena portentosa gracias al trabajo de su equipo de bailarines encabezado por Sofia Boutella, que protagoniza, más o menos, el film. Aunque lo que busca Noé, más bien, es una experiencia colectiva para mostrar a su público la idea que perturba la mente del director desde el inicio de su obra: los humanos no estamos hechos para vivir en sociedad. O, como el mismo dice a través del film, “Vivir es una imposibilidad colectiva”. Por lo que todos los personajes que aparecen tienen su momento y son importantes, porque cada uno aporta su pequeño grano de arena para la evolución y descarrilamiento de la cinta. Pero sigue siendo inevitable no pensar que Boutella lleva la batuta de la fiesta por cómo roba la presencia de sus compañeros cada vez que aparece en escena. Y porque, aparte, se encarga de recoger el testigo de Isabelle Adjani para resucitar la mítica escena del metro de Berlín en ‘Possession’ (Andrzej Zulawski, 1981).

Climax no consigue el nivel de incomodidad que otros films de Noé alcanzaban, como Irreversible y su violación con plano fijo, que todavía sigue causando grandes malestares a quienes la recordamos. El director argentino, aquí, prefiere centrarse en construir un ambiente nocivo que el espectador perciba como familiar -¿quién no se ha ido nunca de fiesta?- y poco a poco sienta que él también ha bebido de esa sangría envenenada de locura para sentir que es uno más dentro de la fiesta que plantea. Lo mejor de la obra es, sin duda, el trabajo de realización que Noé ejecuta rematado por esas coreografías imposibles de describir que brindan los jovencísimos actores sometidos a la inenarrable trama del director de Enter the Void. Como espectadores, nuestras mentes son presas de la música, colores y bailes a los que Climax nos somete irremediablemente.

Puede parecer más de lo mismo en lo que respecta a su carrera como director, pero Noé nunca ha sido tan sincero como en este largometraje. Prácticamente se puede leer su mente a través del metraje como si de un libro abierto se tratase. Si bien en otros de sus films hablaba en boca de sus personajes, en el presente largometraje lo hace él mismo con letreros que incrusta en el montaje de manera aleatoria. Puede ser bueno desvirgarse en la filmografía de Noé con Climax para conocer de antemano las ideas e ideales que el cineasta plantea en sus películas. Igual que en la ya mencionada Irreversible, empezar por el final puede ser una genialidad en este caso.

Esta entrada fue publicada en Cine Drama y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.