Boyhood (Momentos de una vida) (Boyhood, Richard Linklater, 2014)

En una de las primeras películas de Richard Linklater, Slacker (1991), el cineasta estadounidense llevó a cabo un retrato de la ciudad de Austin (Texas) y de su generación joven: excéntrica, delictiva, freak, marginal y sobre todo completamente perdida en el mundo. Y lo hizo a partir de una estructura espléndida: una cámara saltando de personaje a personaje, de conversación en conversación, sin haber ningún nexo aparente entre ellos, creando un collage y un mosaico de distintos chicos y chicas, de distintas vivencias que conforman una sola finalmente: un discurso del desencanto, del “estar perdido en el mundo”. Más de veinte años después de aquel film, Linklater ha cogido esa cámara que se movía de rostro en rostro, de vida en vida, y la ha centrado en un único sujeto, Mason (Ellar Coltrane), grabándolo durante casi doce años en diversos instantes de su vida, desde 2002 a 2013. Pero no en clave documental; se trata de un drama, hay un guión, un reparto de actores y una puesta en escena, pero sin embargo al mismo tiempo la experiencia es única para el espectador al ver a esos actores crecer, madurar y envejecer a medida que avanza el metraje, fundiéndose completamente con la historia humana narrada; una experiencia única de ser testigos de una hermosa historia íntima acerca del paso del tiempo. Boyhood es una pequeña aventura, una pequeña vida en imágenes, y al mismo tiempo una pura épica en su totalidad.

Seize the moment. El paso del tiempo en 165 minutos. ¿Podría llegar a hacerse largo? ¿Es necesario tanto metraje? Boyhood es un film con magia propia, una magia que logra seducirnos y mantenernos atrapados en la historia, sin atisbar el hecho de que la duración sea mayor o menor; no es que la película se nos haga corta como se suele decir, es más bien que olvidamos la noción de duración del metraje. Y todo es gracias a una tremenda agilidad en el ritmo cinematográfico y una dinámica imbuida de frescura tanto en planos, como en movimientos de cámara, travellings, cámara subjetiva, etc. Linklater logra introducirnos en el seno de la familia protagonista viajando a través del vuelo de una cámara que oxigena continuamente las transiciones, mientras revolotea alrededor de los personajes. El montaje fluido e inteligente también es importantísimo en el film, pues permite mostrar de forma austera y simple el paso de los años: cambios políticos y sociales, la evolución de la cultura popular (principalmente reflejada en la música), así como la evolución de la tecnología y las implicaciones que ésta tendrá en el personaje.

Un personaje el de Mason al que podríamos etiquetar como “linklateriano” por excelencia: inquieto pero silencioso, despierto al mundo pero que pasa desapercibido, y finalmente perdido en la insatisfacción y frustración de no saber hacia dónde va nada, viéndose en una baldosa que le va a llevar a otra baldosa y a otra y a otra sucesivamente, pero sin permitirle experimentar verdaderamente algo, sino más bien condenado a vivir su vida como si la estuviera viendo en una pantalla. La interpretación de Ellar Coltrane es algo también fantástico de disfrutar en la película, puesto que el actor de las primeras escenas del film no tiene casi nada que ver con el del desenlace; es la misma persona pero con más de diez años de diferencia. Sus gestos, su intensidad, su preocupación o despreocupación por los detalles, su inmersión en el personaje, su interpretación más vestida o más desvestida de cánones y procedimientos clásicos, todo está en constante proceso de cambio durante el film; es un juego genuino para el espectador, ya que no solo se nos muestra la evolución del personaje de Mason, sino que de la misma forma somos testigos de la evolución de Coltrane como actor, desde un simple niño hasta ser un adulto.

The moment seizes us. Aunque por supuesto la interpretación de Coltrane está también poderosamente apoyada y rodeada por el contexto del resto del reparto. Por un lado los padres, interpretados por Patricia Arquette y Ethan Hawke, excelentes los dos en sus interpretaciones, y totalmente entregados a un proyecto que les ha tenido ligados durante años a la dinámica de las problemáticas familiares y dramas constantes de la trama. Por otro lado, la hermana de Mason, Samantha, interpretada por Lorelei Linklater –hija del director– con la que sucede una experiencia tremendamente similar a la que tenemos como espectadores con el protagonista, pues también a ella la vemos crecer y hacerse adulta a lo largo de la película. Y alrededor de ellos se extiende un abanico fantástico de personajes, tanto familia, como amigos, profesores y novias que envuelven a los protagonistas con un velo de humanidad extremadamente sincera y verosímil, alejando al film de la posible caída en lo melodramático y acercándolo constantemente a una lírica sobre el conocernos a nosotros mismos. Boyhood es un viaje poético por nuestras propias infancias y adolescencias, es una humilde hazaña de mostrarnos una vida de una forma simple y épica al mismo tiempo; es una maravillosa e inolvidable pieza cinematográfica.

Xavier Torrents Valdeiglesias 

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