Atlantic (Jan-Willem van Ewijk, 2014)

atlanticCAPHay personas que están o creen estar llamadas a alcanzar ciertas metas, a veces inalcanzables. Personas descontentas con la vida que llevan, siempre mirando al horizonte, ausentes y anhelando lo soñado. Así es Fetta, nuestro protagonista, un pescador de la costa marroquí, y talentoso aficionado al windsurf. Fetta recorre grandes distancias a océano abierto en solitario, pero no parece disfrutar con ello, diría más bien que huye constantemente en busca de la sensación de libertad total.

No vive en la miseria, no soporta grandes tormentos, está rodeado de gente que le quiere, pero él no se siente parte de ese lugar, de ese pueblo costero y de la herencia de tradición pesquera familiar. Existe el respeto, incluso un cariño tácito hacia su padre, y viceversa, pero los sentimientos nunca llegan a materializarse. Solamente consigue destellos de felicidad con Wisal, una niña, inocente, ajena al desdén de Fetta. Vive en la desconformidad, pero el amor irrumpirá en su vida, y le dará el empujón que le faltaba para lanzarse a la aventura; viajar a Europa en su tabla de windsurf. Ni más ni menos que trescientos kilómetros a través del inclemente océano Atlántico.

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No hay que ser un experto navegante para darse cuenta de su imprudencia, y aunque como espectadores nos sumamos al miedo de su familia y amigos, nuestro lado romántico quiere que inicie ese viaje y que llegue a buen puerto.

El relato, el personaje, el tratamiento y el montaje hacen de Atlantic una buena película, pero lo que la eleva por encima de todo es su forma, concretamente la fotografía, el sonido y la música. Toda mi admiración hacia Jasper Wolf, director de fotografía, que alterna los planos panorámicos de gran profundidad de campo y composiciones sencillamente perfectas, con una cámara viva, cercana al personaje, muy documental, y en ocasiones, reduciendo la profundidad de campo al máximo para enfatizar el detalle que termina de subrayar el sonido. No creo que nadie escriba sobre la película sin elogiar su imagen, que abrazada a la banda sonora, se alzan en épica poesía visual y sonora.

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El montaje va saltando, bien dosificado, entre la presente aventura y su reciente vida pasada, en el pueblo con los suyos, temerosos por su inevitable marcha –de alguna forma, sin que él la anuncie abiertamente, saben que así será, y que es inevitable-. Aunque el motor de arranque hacia la epopeya final sea probablemente el iluso amor por Alexandra –novia de un amigo y de estancia pasajera- y el descubrimiento del deseo, su marcha estaba profetizada. Fetta es en parte injusto con los suyos, cuyo amor no es suficiente para retenerlo, y no creo que quede claro si va en busca de una vida mejor o de un final heroico, allí donde su madre descansa. ¿Europa? ¿A qué parte de Europa? Ese no es un destino concreto, ni un plan de vida, es lanzarse al mar para dejar todo atrás.

Atlantic es búsqueda, es huida, es inmensidad, es anhelo, es libertad pero también es presidio y rendición.

Oscar Sueiro

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