Alabama Monroe (The Broken Circle Breakdown, Felix Van Groeningen, 2012)

La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido”; mientras oímos las cuerdas del banjo y la suave voz de Veerle Baetens podemos pensar en esta frase de Leonard Bernstein que tantas veces habremos oído. El country y el bluegrass vibran fotograma a fotograma en Alabama Monroe mientras el amor, el dolor, la pasión y el odio inundan un intenso y profundo drama sobre la historia de dos personas que revolucionan sus propias vidas desde el momento de conocerse. Recordando el estilo de montaje desordenado de por ejemplo Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010), este film belga dirigido por Felix Van Groeningen afronta su nominación a los próximos Óscar (mejor película de habla no inglesa) contándonos la relación de Elise (Veerle Baetens) y Didier (Johan Heldenbergh) de forma desordenada, intercalando momentos pasados y presentes de su historia. La película –que siendo del 2012 se acaba de estrenar ahora en España– es pura lírica country sobre precisamente aquello que no puede ser nombrado, aquello que es casi imposible de expresar, aquello que solamente existe en el seno del “sentir”… y entre la maravillosa banda sonora, la embriagadora fotografía y las excelentes interpretaciones, Alabama Monroe da nombre a lo innombrable.

¿Es un dramón? Sí. ¿Es un efectista melodrama lacrimógeno? En absoluto. Sólo hace falta pensar en melodramas de sobremesa soporíferos para entender esta cuestión. En este film se tocan temas tremendamente dolorosos, dramáticos y delicados, los cuales serían usados en otro tipo de película como truco fácil para la lágrima y el llanto del espectador. Pero en Alabama Monroe lo que se lleva a cabo es un suave control de los tiempos dramáticos, de los instantes en los que la intensidad emocional sube de grados, de forma que, obviamente el espectador es testigo de escenas y secuencias que le trastocan sensiblemente, pero el equilibrio de formas, movimientos de cámara y, sobre todo, duración de las tomas está tan trabajado y cuidado que permite un visionado implicado pero no lacrimógeno. Porque la película no intenta aprovecharse de nada de lo que cuenta para lograr encandilar a nadie, sencillamente lo cuenta. Y gracias a eso lo que logra es componer una melodía natural y reposada, aún y cuando el guión se estructura en ir saltando constantemente de instantes felices a instantes dolorosos, y viceversa. Ese contraste es lo que conforma Alabama Monroe en un transcurso de relato que se entreteje dulcemente con un ritmo notablemente trabajado, en el que nos olvidamos del reloj y la duración, y bailamos al ritmo de los ecos del bluegrass y de Bill Monroe.

Y por supuesto lo que convierte este relato en algo cercano e intensamente humano es el trabajo majestuoso de sus dos protagonistas: por un lado, Veerle Baetens encarna excelentemente a Elise fabricando un personaje “demasiado” humano, tan intensamente trabajado que estalla ante nosotros en su gran multiplicidad de capas y registros, claramente destacando como una mujer que sufre cambios muy potentes a lo largo de los años que transcurren en la trama. Y de nuevo en ella se hace evidente ese cuidadoso trabajo del elemento dramático, huyendo de sensiblerías efectistas y trucos melodramáticos: el suyo es un personaje construido desde la no-exageración, desde la humanidad más directa y explosiva, con todos los defectos y reacciones lógicas, capaces de mostrar una apasionada felicidad alocada y acto seguido una oscuridad autodestructiva irreparable.

Por otro lado, tenemos a Johan Heldenbergh que construye a un Didier único e irrepetible: este personaje es una gozada de principio a fin, y no porque sea atractivo ni tenga una encarnación de mucha intensidad, es más por el atrayente carisma que respira, su condición de bicho raro, de individuo perdido dentro del compás de sus propios pentagramas, dentro de sus propias reflexiones que a veces surgen como verborrea intransigente. Un hombre dulce, bondadoso y sencillo, metido de lleno en una experiencia vital para la que no está preparado, contra la que no sabe cómo combatir, y todo ello está interpretado sosegadamente por Heldenbergh, midiendo los tiempos perfectamente, huyendo de histrionismos efectistas de actor y abrazando a Didier como el sujeto perdido, confuso e incomprendido que es. En definitiva, se trata de dos magníficas interpretaciones de unos actores en estado de gracia.

Alabama Monroe –que está basada en una obra teatral del mismo actor Johan Heldenbergh– es una hermosa y dolorosa historia de amor; del amor que comparten Elise y Didier, del amor que sienten por su hija Maybelle, de esa clase de amor tan intenso que es capaz de iluminarlo todo y a la vez de hundirlo en la oscuridad. Se trata de un grito desgarrador y un canto sincero, profundo y emotivo por todo aquello que vale la pena hallar, sentir y perder. Y si encima da la casualidad de que a ustedes les gusta el country y el bluegrass, sencillamente este es un film que les va a volver locos:

Xavier Torrents Valdeiglesias

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