Especial cine de montaña (2): 127 horas (127 Hours, Danny Boyle, 2010)

127h_CAPQuienes hayan seguido la filmografía de Danny Boyle seguro que no quedaron en absoluto sorprendidos tras ver 127 Horas. Este film concentra todos los recursos fílmicos de su director, y sin embargo, no se le puede acusar en esta película de afectación aunque sea reiterativo en su estilo. ¿Debe parecerse Aron Ralston al desbocado joven deportista de montaña con el que se inicia la cinta?

Desde pequeños detalles de los primeros minutos de narración hasta las cuatro primeras secuencias presagian el devenir de la acción como inevitable consecuencia de imprudentes negligencias y desconsiderados desdenes. A saber, no detenerse a alcanzar la navaja multiusos suiza, la buena; ignorar los mensajes del contestador automático, no dejar escrito ni dar noticia a nadie sobre dónde va a ir solo, etc.

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Este primer esbozo funciona como iniciales trazos definitorios de una personalidad “ombliguista” y temeraria, para acabar el dibujo con la secuencia en la que lleva a dos desconocidas inexpertas a hacer saltos a ciegas en una poza de un cañón, hecho, que no es verídico, pero que está perfectamente justificado. Hasta aquí, todo absolutamente necesario para acabar de pintar, con sus claroscuros, la presentación del protagonista, interpretado por un inmenso James Franco en, desde mi humilde punto de vista, su mejor papel, y sobre el que reposa gran parte del peso de 127 Horas.

Con todo esto me refiero a que no es un frenético personaje más de Boyle, es un protagonista capaz de cortarse su propio antebrazo si es necesario o de grabarse en vídeo durante las que cree que son sus últimas horas.

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Pero hasta este punto sólo han transcurrido 17 minutos a partir del desgraciado accidente en el que Aron queda atrapado por una roca que le aprisiona la mano contra la pared del barranco hasta el final. Las 127 horas transcurren en 78 minutos de sufrimiento, desesperación, delirio, y por fin, revelación. Porque lo que finalmente dio a Aron el valor para desprenderse de parte de su extremidad derecha fue una revelación. He aquí la moraleja, todos necesitamos una razón para vivir, y a veces es el delirio quien nos la aporta y el dolor la antesala a la liberación. Aron Ralston aprendió su lección, al menos, en la película, que termina con empalagosas imágenes del Aron real en su nueva vida.

El ritmo ágil, siendo típico en Danny Boyle, no está exento de momentos de relajación que dan un respiro al público, para luego volver a sumergirlo en una montaña rusa de escenas que rayan el surrealismo más onírico sin asomo de vergüenza, entre pesadillas, alucinaciones y flashbacks.

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¿Qué papel juega la montaña en todo este desaguisado? La montaña permanece inmutable al sufrimiento humano. Las aves rapaces y carroñeras merodean al moribundo. No va a llover porque nosotros lo necesitemos, ni va a dejar de hacerlo porque vayamos a ahogarnos. Las montañas existían mucho antes que nosotros y seguirán estando cuando hayamos desaparecido. Deberíamos respetarlas, no por ellas, sino por nuestra propia supervivencia. Al final, sólo el humano ayuda al humano, y ahí queda el cariñoso beso que James Franco da al parabolt que le ha de permitir rapelar hacia su salvación, ese parabolt no venía de serie con la montaña. En serio; respeta, ama y témela. Tierra de Cañones de Utah es un paisaje que quita la respiración, tan hermoso como duro y árido.

No quiero terminar sin apuntar que la banda sonora de A. R. Rahman acompaña la emoción del espectador magistralmente y es una parte indispensable de la narración.

Laia Olivares

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