Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films (Mark Hartley, 2014)

ELECTRIC-BOOGALOO-2-1170x632A estas alturas del partido ya podemos afirmar que el australiano Mark Hartley y su equipo han instaurado un estilo muy propio de hacer documentales. El espectador que ya se haya expuesto a los anteriores Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation! (2008) y Machete Maidens Unleashed! (2010) sabe que se va a encontrar en estos 107 minutos; montaje ultra veloz, pantalla partida, efectos de animación y un ambiente general de celebración entre nostálgica y humorística del tema tratado. Y no es para menos, ya que la historia de la productora Cannon Films y de sus dos figuras centrales, los israelíes Menahem Golan y Yoram Globus está llena de anécdotas de lo más jugosas.

Ninguno de los dos primos está presente en la película, presumiblemente porque estaban involucrados en la más amable The Go-Go Boys, estrenada tres semanas antes que Electric Boogaloo, pero Hartley ha conseguido reunir un interesante grupo de gente relacionada con la productora, a saber; Olivia d’Abo, John G. Avildsen, Martine Beswick, Richard Chamberlain, Bo Derek, Lucinda Dickey, Michael Dudikoff, Robert Forster, Elliott Gould, Tobe Hooper, Just Jaeckin, Dolph Lundgren, Franco Nero,Molly Ringwald, Robin Sherwood, Catherine Mary Stewart, Alex Winter y Franco Zeffirelli.  No todos los testimonios son desfavorables hacia ellos, pero si hemos de tener en cuenta el consenso general, Golan y Globus eran una mezcla de productores apasionadamente locos por el cine y feroces empresarios no siempre acertados en sus decisiones.

El documental mantiene una línea cronológica clara, pero como suele ser en el estilo del realizador, hace numerosas “excursiones” temáticas fuera de esta. Somos testigos del inicio de la productora Cannon antes de Golan y Globus, cuando era una factoría de películas de serie B regentada por Dennis Friedland y Chris Dewey que lanzó productos tan rentables y célebres como Joe (1970) y exploitations como La prostituta feliz (1975) y otras películas centradas en los dos elementos clave de los 70; el sexo y la violencia. Golan y Globus compraron esa Cannon en 1979 y se dedicaron primero a continuar con su legado con títulos como The Happy Hooker goes Hollywood (1980) y a satisfacer los egotrips de Golan director como el histriónico musical futurista La Manzana (1980). Pero enseguida encontraron su modus operandi predilecto; crear un póster, poner uno o dos nombres conocidos de cabezas de cartel y, preferiblemente en Cannes, pre-vender la película y hacerla con el dinero obtenido. Esa obsesión por monopolizar el festival europeo y la búsqueda de prestigio por parte de Golan en él da grandiosas imágenes como la de los primos enfundados en aquellos chandals imposibles de color azul eléctrico con el logo de la productora, los excesivos catálogos llenos de títulos que jamás llegarían a ser filmados (¿Peter Boyle en “Joe 2”? ¿Charles Bronson como “El Golem”?) y la ya célebre firma de Jean-Luc Godard en el mantel de un restaurante.

cannon globus y golan en cannes 1986

El film también se adentra en las franquicias fílmicas de serie B que dieron más fama a Cannon, como las secuelas de Death Wish con Charles Bronson interpretando al Justiciero urbano Paul Kersey, aunque acaba centrándose más en la figura del director de estas, Michael Winner, que por lo visto era un sádico de cuidado e hizo sudar sangre a más de uno en el set. La saga de películas de ninjas también tiene su rinconcito, al principio con Franco Nero, Sho Kosugi y con el propio Golan dirigiendo (excelente la anécdota del terrible doblaje de Nero intentándolo hacer pasar por tejano) y luego con el que los primos consideraban su nuevo James Dean, Michael Dudikoff. Otro de sus habituales fue el pétreo Chuck Norris; el film se centra en la que probablemente sea la mejor película de Norris con Golan y Globus (lo cual no es decir mucho) como fue la excesiva Invasión USA (1985), que suele ser considerada el pináculo de las fantasías reaganásticas derechistas del cine de acción de los ochenta y que tiene el dudoso mérito de haber sido usada para demoler un centro comercial y una barriada suburbial en las que se iba a edificar poco después. Del otro alumno de Cannon más célebre, Jean-Claude Van Damme, se habla bien poco, sólo unas pinceladas sobre su intervención en la magna obra de derribo de Albert Pyun, Cyborg (1989).

El tema ninja demostró que Golan tenía buen ojo para las modas internacionales y su implantación en el cine norteamericano. Otra prueba de ello son la muy oportuna Breakdance (1984) y su colorista y extraña secuela Breakdance 2: Electric Boogaloo (1984) que demostraron que aunque supieron subirse al tren de la actualidad, no dejaban de ser dos señores israelíes que no acababan de entender del todo eso de los Estados Unidos.

Particularmente fascinante es el recorrido por el universo sexual de la productora, con cintas de erotismo high class que tenían grandes pretensiones y acababan siempre en hostiazo como los vehículos para una Sylvia Kristel en pleno arrastre yonki, El amante de Lady Chatterly (1981) y Mata Hari (1985) o Bolero (1984) con Bo Derek. También hay menciones especiales para las cintas de Allan Quatermain con Richard Chamberlain y una ascendente Sharon Stone (que por cierto, ya se las daba de mega estrella por aquella época) y a los proyectos “con nombre” que Golan creía que le darían la bendición de la crítica, como Corrientes de amor de John Cassavettes, King Lear de Jean-Luc Godard o Otello de Franco Zeffirelli, que solo tiene elogios para Golan y Globus por dejarle hacer la película que él quería, lo cual es una excepción si tenemos en cuenta la media de testimonios negativos hacia ellos.

Electric-Boogaloo-2

La muerte de la productora llega de varias estocadas mortales. Primero, el encabezonamiento de Golan por fichar a super estrellas como Sylvester Stallone y ofrecerles un dineral. Luego, por meterse en proyectos de alto presupuesto que acabaron en desastre como Fuerza vital de Tobe Hooper, Másters del universo o Superman IV: en busca de la paz. Y para finalizar, las dudosas prácticas financieras capitaneadas por Giancarlo Parretti cuando compró la productora. Finalmente, Cannon duraría aún un poco más pero solo con Globus al cargo, ya que Golan se largó a montar su propia productora, 21st Century Films. El epílogo no puede ser más lamentable, con los dos primos intentando sacarse el uno al otra de la taquilla con sendas películas sobre la última moda de primeros noventa, el baile de la Lambada.

Quizá la mayor virtud de Electric Boogaloo… sea a la vez su mayor defecto; la cantidad de datos que suelta el documental es abrumadora, pero lo consigue tan rápidamente que a veces nos quedamos con ganas de más o con cara de tontos preguntándonos qué es lo que acaba de pasar. Lo cual también tiene su ironía, probablemente así se quedaban los inversores a los que Golan vendía sus castillos de humo en Cannes. Pese a todo, un documental imprescindible.

 Víctor Castillo

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