Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011)

Ser padre no es algo fácil. Pero si algo nos enseña la nueva película de Roman Polanski es que esa frase puede esconder una actitud condescendiente hacia el prójimo de lo más irritante. Peor, si son dos padres, cara a cara, los que ocultan esa actitud bajo su aparente respetabilidad. Y todavía más peligro de inflamación si son dos parejas enfrentadas. El resultado es una escalada de arrogancia y un concurso de pretendida responsabilidad moral entre sus participantes, y por suerte para el espectador, también hora y cuarto de buen cine.

Adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza God of Carnage, el film presenta un combate de personalidades por hacerse con la última palabra y la verdad absoluta en un contexto en el que cualquier excusa sirve para tirarse los platos a la cabeza. A la derecha del ring tenemos al matrimonio formado por Penelope Longstreet (Jodie Foster), amante del arte y los derechos humanos, y Michael Longstreet, currante en una tienda de artículos domésticos y un apacible amante de la vida sencilla, cuyo hijo ha recibido un golpe por parte de otro niño y le ha hecho perder un par de dientes. A la izquierda del cuadrilátero se encuentran los padres del niño que propinó el guantazo, Alan Cowan (Christophe Waltz), representante legal de una compañía farmacéutica totalmente obsesionado con su trabajo, y Nancy Cowan (Kate Winslet), dedicada a las finanzas y con un cierto aire de pijismo. El escenario, el hogar del primer matrimonio, la excusa, la necesidad de tener una charla entre los cuatro para saber como van a enfocar el asunto y como van a arreglar las cosas sus hijos.

La mecha tarda apenas un acto en encenderse, una vez se prende el trabajo de los actores –en el cual por una vez resulta creíble un making of, por que cuando cualquiera de los cuatro habla sobre lo divertido que fue trabajar en esa película resulta creíble, realmente da la sensación de que se lo pasaron en grande y lo transmiten al espectador- resulta tan fluido y sensacional que es imposible poner a cualquiera de los cuatro por encima del otro. Quizá es el personaje de Jodie Foster la que maneja los primeros compases, cuando su rol de ser progresista y sensible va cambiando por una histeria y una actitud provocadora. O tal vez sea el de Christopher Waltz, excesivamente dedicado a tratar el asunto con poco interés, más pendiente del teléfono que de los problemas de su hijo. En el nudo de la obra el personaje que se quitará la careta y pasará a mostrar un lado machista y desagradable es el de John C. Reilly, culpable de invertir la guerrilla, regándolo todo de whisky y convirtiendo una guerra de padres en una de sexos. Y Kate Winslet dejará de lado su aspecto de señorita bien para mostrar su hacha en forma de lengua mordaz (también dejará caer otras cosas, más desagradables, pero no por eso menos hilarantes).

Un dios salvaje es una muestra de que se puede realizar un cine con base teatral usando su medio original como reto para aplicar a un lenguaje diferente. Las ventajas obvias –como posibilidad de repetir tomas- se sustituyen por dificultades de importancia –como mantener el ritmo sin utilizar una sola elipsis-. El reto es superado con nota, a base de talento en la dirección, en la interpretación y en un guión de cinco estrellas.

Javier J. Valencia

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