The Greasy Strangler

¿Qué pasa si metemos en una batidora a Harmony Korine y a Jared Hess? pues de entrada, que podríamos acabar en presidio por asesinato. Otra opción es que nos salga un ente capaz de escribir y rodar The Greasy Strangler. Un ente al que llamaremos Jim Hosking. Porque, esencialmente, esto es lo que nos ofrecía: una historia de personajes patéticos en un mundo en el que todo parece anodino y cerrado pero en el que todo se orienta en una línea que pretende resultar chocante, desagradable y cringe.

Tenemos, por un lado, a Sky Elobar interpretando a Brayden, un perdedor de libro que, con 40 y algo años, vive sometido por su padre, cocinando para él cosas con mucha grasa (y cuando digo mucha, estoy hablando de cantidades muy desagradables) y acompañándolo en su trabajo como guía turístico. Por otro lado, Michael St. Michaels hace el papel del padre, Ronnie. Un hombre que según cuenta tuvo una vida llena de éxito y situaciones muy locas, pese a carecer de pruebas que así lo acrediten. Está obsesionado con la comida grasienta y además tiene una doble vida como asesino. Por último, tenemos a Elizabeth de Razzo en el papel de Janet, objetivo erótico-amoroso de Brayden y que Ronnie también corteja, creando un triángulo amoroso imposible en el que la vida como asesino que lleva Ronnie ir ganando importancia.

La estructura sobre la que se construye el film se basa en ponernos ante situaciones sin importancia aparente, manteniendo una sensación constante de absurdo y patetismo. Momentos del tour turístico que Ronnie organiza y en los que muestra el portal en el que los Bee Gees escribieron Night Fever mientras esperaban a un amigo o cuando los turistas discuten sobre una bolsa de patatas fritas enganchada en una máquina expendedora marcan la línea sobre la que transita el guion. Es precisamente gracias a estos momentos que el film genera un ambiente enrarecido que resulta cómico mientras juega a la perfección con el hecho de ser maravillosamente estúpido sin ser ridículo y tremendamente ridículo sin ser para nada estúpido.

Además, el modo de rodar de Hosking a través de una obsesión con los planos frontales y de una falta de ritmo y valores estéticos autoconsciente, demuestra la cuidada construcción de cada plano, haciendo que ese ambiente enrarecido, tonto y patético sea perfectamente asimilado por el espectador. Genera, también, una sensación de conexión con el kitsch más puro, recogiendo mucho de la estética feísta de los 60, 70 y 80 para adaptarla a un momento histórico indefinido en el que lo único que importa es, precisamente, ese feísmo que rezuma desde las paredes de papel pintado que conforman la estética del film.

Esta búsqueda estética se puede apreciar también a nivel musical, con una banda sonora compuesta por Andrew Hung en base a sintetizadores horribles y un leitmotiv repetitivo especialmente diseñado para los momentos de tensión en los que el Greasy Strangler que da título a la cinta hace acto de presencia. Este es un asesino que, ya adelanto porque no es ningún spoiler, es Ronnie con una capa de grasa pegajosa por encima. Digo que no es spoiler porque el propio film lo evidencia y juega con ello a lo largo de todo el metraje, llegando al punto de que al comienzo ya lo vemos lavándose en un túnel de lavado de coches, completamente desnudo y haciéndonos partícipes de su secreto.

The Greasy Strangler es un film tan especial y desagradable que divide a la audiencia entre fans y detractores. No es una experiencia fácil sin una mente abierta al absurdo ni un estómago capaz de ver gente comiendo comida embadurnada en grasa, señores mayores desnudos con penes enormes o gente miserable teniendo vidas patéticas. Aun así, desde luego es un film que propone una idea inteligente, original y bien realizada, compitiendo por estar en lo alto dentro de esa categoría de títulos inclasificables e inolvidables. Como curiosidad, citar que en la producción está un tal Elijah Wood. Un tipo que, solo por apoyar propuestas como esta, ya ha subido varios escalones en mi top de gente de Hollywood con la que molaría tomar unas cañas.

 

Lois E.Froiz

Esta entrada fue publicada en Cine Comedia y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.