Much Ado About Nothing (Joss Whedon, 2012)

En el transcurso de las dos semanas que mediaron entre el final del rodaje de Los Vengadores y su fase de postproducción, su director, Joss Whedon, se marcó, junto a un grupo de amigos, está adaptación de la obra homónima de Shakespeare (conocida en España con el nombre de Mucho ruido y pocas nueces). Lo humilde de la propuesta quizás nos lleve a errar en su valoración, porque esta pequeña maravilla oculta bajo su ligera apariencia muchas más capas de las que se pueden ver a simple vista.

Cine juvenil

En primer lugar, es una obra de autor. Pero Whedon es ante todo un creador de ficción juvenil (cinematográfica y televisiva). Por lo tanto estamos hablando de una versión “ligera” de un clásico. Vemos una película donde las fronteras de la alta y baja cultura se diluyen, una auténtica muestra de artificio posmoderno. A pesar de las trampas que el director nos pone (el blanco y negro, el respeto reverencial por el texto original o ese prólogo “adulto”) su estilo es reconocible. Much Ado About Nothing es un producto ligero y divertido. Es cine adolescente no porque vaya dirigido a un público adolescente, sino porque trabaja sobre conceptos que aprendimos durante nuestra juventud (amor, maldad, comedia, ingenio, juego). Sin más transcendencia, sin más problemas, sin día después.

La elección del texto no es casual. Mucho ruido y pocas nueces es una comedia pura donde la tragedia y el conflicto son sutiles y, en ocasiones, casi caricaturescos, donde Shakespeare juega incluso con el humor absurdo con personajes como el jefe de guardia, interpretado en esta ocasión con su soltura habitual por Nathan Fillion. Como ya hemos señalado es fácil errar a la hora de analizar la película. El material original estaba ya escrito hace más de cuatrocientos años. Todos sabíamos a lo que nos metíamos al entrar en el cine, más si se tiene en cuenta lo famosa que fue en su tiempo la adaptación (más purista y canónica) que hizo Kenneth Branagh en 1993. Y eso lleva esta crítica hacia el lugar donde naufragan todas las críticas de películas que como ésta adaptan una obra anterior… hacia la gran pregunta… ¿Qué aporta Whedon?

Obra de madurez

Amor. La respuesta es “amor”. Amor por el cine, en primer lugar, pero sobre todo por la comedia clásica de los años treinta. El blanco y negro, elegante y luminoso, nos traslada a un cine que ya no existe, que Whedon ama. Aquí el director traza una línea imaginaria entre el teatro isabelino, el cine de Howard Hawks y su propia producción televisiva. Es la misma historia, la historia de un hombre y una mujer soltando frases ingeniosas, atacándose, conociéndose, finalmente amándose.

El autor se mira en el espejo y nos enseña lo que ve. El blanco y negro no es más que un subrayado.

Actualiza a Shakespeare, no porque traslade la acción de Much Ado About Nothing al presente, sino porque la envuelve de elementos cercanos a nuestro espíritu. Demuestra oficio al rodar, potencia los gags visuales, hace cine y no teatro filmado.

Tremenda también la banda sonora (con reminiscencias jazz, sin abandonar la ligereza del pop) y espectacular (no por presupuesto, sino estéticamente hablando) la escena de la fiesta, dónde elegancia moderna y admiración por el pasado se dan la mano.

Divertimento

Eso y mucho más es esta película. Actores/amigos divirtiéndose representando una obra clásica. Un juego que oculta un mensaje… y ahí la aportación de Whedon. Que el mundo avanza, que sigue girando, pero que hay historias que se han contado siempre y que se seguirán contando hasta el final.
Y que Whedon sabe cómo hacerlo.

Daniel Lasmarías

También en la web: Serenity (Joss Whedon, 2005)

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