John Hughes: El eterno adolescente (Gerardo Santos Bocero, Diábolo Ed., 2015)

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“Me gusta estar en contacto  con la forma en la que los jóvenes piensan y sienten, y es por lo que me encanta hablar de aquellas películas; las aprecio y las siento muy cercanas a mí. Es como estar en la mesa de los niños en Acción de Gracias: puedes poner los codos sobre la mesa, no tienes que hablar de política… No importa lo mayor que sea, siempre hay una parte de mí que está sentada allí” -John Hughes, Lollipop.com, 1999

Esta acertada cita con la que finaliza el nuevo libro de Gerardo Santos Bocero resume perfectamente lo que nos hicieron sentir (y todavía lo hacen, al menos en mi caso) una gran parte de las películas de John Hughes. Para los que ya vamos por los trentaytantos, sus películas nos transportaban a un universo suburbial estadounidense que nos parecía cercano -un adolescente o niño rarito es igual en todos sitios- y a la vez era tremendamente diferente -¿conducen con dieciséis años?¿por qué en mi colegio no tenemos esas taquillas?- para el pre adolescente español.

Tal atracción generó ese mundo adolescente ideado por Hughes que ha quedado para siempre relacionado de manera absoluta con su nombre y en la mente de muchos aficionados eso es todo lo que recuerdan de él. Y es una lástima, ya que tanto en su faceta de guionista como productor o director, Hughes puede ser considerado un autor con unas señas muy claras que han ido transitando desde sus inicios paródicos en la revista National Lampoon a su “ciclo adolescente” y posteriormente a sus películas más netamente infantiles. El objetivo de Santos Bocero en este libro está bien claro: dar una visión total y detallada de su obra, huyendo de la tentación de encumbrar sólo su cine adolescente y mostrar su evolución como creador. Y la verdad es que esa visión de conjunto ayuda a hacer de este libro una lectura muy informativa y amena.

John Hughes (1950-2009)

John Hughes (1950-2009)

El autor divide su recorrido por sus filmes en varias partes muy bien diferenciadas: en “un chicagüense en Hollywood” se centra en sus primeros guiones para películas producidas por la publicación National Lampoon, tales como la fallida parodia slasher Reunión de clase (1982) o la ya clásica comedia Las vacaciones de una chiflada familia americana (1983), -basada en sus escritos paródicos inspirados por su infancia aparecidos en dicha revista- además de otras películas como Las locas peripecias de un señor mamá (1983) -aquellos locos títulos españoles- o rarezas en su carrera como Los piratas de las islas salvajes (1983).

En “El rey del cine adolescente” es dónde encontramos el grueso de su producción más recordada; clásicos como Dieciséis velas (1984), El club de los cinco (1985), La mujer explosiva (1985), La chica de rosa (1986), Todo en un día (1986) y Una maravilla con clase (1987) en los que estuvo involucrado a veces como guionista y otras como director y/o productor. Pese a la brasa más o menos intensa que puedan dar los fans absolutos de estas películas -entre los que, ojo, me encuentro- hay que reconocer que son productos muy bien medidos y presentados (no en vano, Hughes fue publicista y sabía vender su “marca”) y que tienen bien merecido su lugar en la historia del cine. Esta parte es la más rica en anécdotas sobre el realizador, en la que se nos muestra como una persona con un sentido de la complicidad y amistad muy marcados, en resumen un “niño grande” que tuvo muy buena relación con los que consideraba sus dos actores fetiche, Molly Ringwald y Anthony Michael Hall, pero que fiel a ese adolescente interior también fue muy dado a la pataleta y el “ya no te estoy” cuando los dos decidieron tomar caminos independientes y dejar de trabajar con él.

Posteriormente, “Peter Pan se hace adulto” se centra en sus películas con temas más, valga la redundancia, “adultos” y en sus colaboraciones con su gran amigo, el cómico John Candy. De ahí salieron películas como Mejor solo que mal acompañado (1987) -que, en mi humilde opinión, es su mejor película-, La loca aventura del matrimonio (1988), Dos cuñados desenfrenados (1988) y la picarescamente retitulada Solos con nuestro tío (1989) -cuyo título original es Uncle Buck, pero al estrenarse en España después de Solo en casa (1990) y contar con Macaulay Culkin, pues sumad dos y dos- una época en la que Hughes va virando de la comedia más o menos entrañable para todas las edades a un cine cada vez más infantil, presagiando ya su futuro éxito junto al citado actor infantil.

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Es interesante ver como el que es considerado el mayor éxito de Hughes en su carrera, Solo en casa (1990)  es el inicio de su paulatina desaparición de Hollywood. En “Solo en casa (o el principio del fin)” Santos Bocero analiza el fenómeno provocado por esa película, uno de aquellos “pelotazos” de primeros años noventa que consiguió atraer a millones de personas a los cines y quizá su culminación como vendedor “de marca”, al haber creado una película que contentaba tanto a niños como a adultos. Después de ahí llegan obras como Destinos opuestos (1991)-de la que llegó a renegar por el tratamiento dado a su guión, y con razón, ya que lo único que recuerda la gente de ella es lo lozana que estaba Jennifer Connelly en ella- Tu novio huele mal (1991) -otro de esos maravillosos títulos locos- o La pequeña pícara (1991) hasta llegar a Solo en casa 2: Perdido en Nueva York (1992), un gran éxito pero no tan masivo como la original.

Como podréis intuir por estas líneas, Hughes era capaz de escribir a una velocidad asombrosa y eso le mantuvo en lo más alto del cine de entretenimiento estadounidense durante los ochenta y la primera mitad de los noventa. En el apartado “Secuelas, remakes y películas Disney” vemos como su ritmo va decreciendo y su presencia en muchas películas se mantiene solo como co-autor, co-productor o simplemente creador de la idea original. Cosas como Daniel el travieso (1993), El peque se va de marcha (1994) o Flubber y el profesor chiflado (1997) son cine de consumo eficiente y que lleva a la gente a las salas, pero cada vez con menos frecuencia. Hughes terminaría los noventa y de rebote su carrera de guionista con la curiosa Objetivo: la roca (1998), un curioso thriller juvenil minoritario que recogería muchas de las obsesiones de sus anteriores obras.

En definitiva, John Hughes: el eterno adolescente es un trabajo de completismo encomiable. Gracias a este tengo un montón de datos más sobre él en mi cabeza con los que dar la brasa a mis allegados y eso siempre es buena señal en un libro de estas características. Se nota que Santos Bocero se ha pegado unas buenas sesiones de documentación y sabe presentarla de manera amena e interesante, amén de su inclusión de montones de fragmentos de críticas de sus películas, que nos hacen ver como respondía público y crítica a estas -muchas veces de maneras opuestas- y en especial las de su “paisano” de Chicago Roger Ebert, que tenía igual facilidad para elogiar su obra que para darle caña. Consigue transmitir toda la complejidad de un autor como fue Hughes: siempre dentro de la comercialidad y el mainstream pero con unas señas de identidad en su uso de la comedia y los diálogos que hacía que la gente fuera a ver sus películas y las comprara después, tanto que en su momento álgido de cine adolescente intentaba hacer una película cada seis meses para “crear público” y que la anterior a la nueva ya estuviera en el videoclub de turno para cuando la siguiente se hubiera estrenado. Una gran lectura que demuestra que lo comercial no está reñido con tener unas ciertas inquietudes y que nos hace recordar por qué nos gustaba tanto Hughes, incluso cuando algunos -entre los que me incluyo- nos habíamos olvidado de todos los libretos de los que fue responsable.

Víctor Castillo Rodríguez

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