Happy End (Michael Haneke, 2017)

Qué aburrido y qué insulso se ha vuelto Michael Haneke. Puede que porque su obra ya no tenga más jugo que exprimir. A Haneke siempre le ha gustado torturar a la clase alta, a la llamada burguesía. Una idea que tomó muy bien prestada de ‘El ángel exterminador’ (1962) y, por ende, del padre del surrealismo cinematográfico, Luis Buñuel. Y la llevó al límite con su aún todavía incómoda y dura ‘Funny Games’ (1997). Tanto la versión original austríaca como el remake que dirigió para los yanquis con Naomi Watts, que no era más que un calco, casi plano por plano, de esa incómoda obra magna. El inicio de ‘Happy End’ es una trampa mortal. En los primeros compases de su nuevo largometraje, da la impresión de que Haneke va a enfrentarse a la burguesía contemporánea mediante el uso de las nuevas tecnologías –término que, por cierto, a lo mejor ya tocaría ir actualizando, porque las “nuevas” tecnologías ya llevan unos añitos conviviendo en nuestra vida diaria- pero estas terminan quedando firmemente desaprovechadas por un ritmo poco constante y unos arcos narrativos inconexos. Es difícil hablar de la nueva obra de Haneke sin hacer spoiler, eso que está ya a la altura de un pecado capital. El director austríaco da el pistoletazo de salida a ‘Happy End’ filmando la acción a través de los ojos de un teléfono móvil y de su inmediatez para poder subir contenido a internet y hacerlo público. Ese teléfono está sujeto por uno de los personajes de la historia que termina siendo la representación de que esa burguesía no es más que una clase podrida cuyo equilibrio mental de los que la componen no está precisamente en sus cabales. Un desequilibrio que se pasa de generación en generación.

‘Happy End’ desmenuza, una vez más, los detalles de las vidas de una familia que aparentemente parece llevar un día a día ejemplar. Con puestos de trabajo privilegiados, o por lo menos considerados en alta estima, que viven en casas lujosas repletas de arte al que ni siquiera prestan dos minutos de su atención. El film se reduce a los quehaceres de un grupo de personajes a los que Haneke no presenta y tampoco tiene intención de hacerlo a lo largo de la historia. Es un grupo pasajero que sirve como ejemplo para plasmar las catastróficas desdichas a las que se ven obligados a combatir los ricos para sobrevivir. Pero cuando ya se ha alcanzado el ecuador del largometraje da la sensación de que no hay nada más que ofrecer. Haneke ya ha mostrado el contenido de ‘Happy End’en anteriores films componentes de su filmografía y, quizás, no hacía falta volver a construir un guion que girase en torno al mismo concepto de tortura, o ridiculización, de la burguesía adinerada. Menos aún cuando este abandona, como es el caso, las claves de género con las que más cómodo se siente. O por lo menos es la impresión que da al público. ‘Happy End’ termina convirtiéndose en una espiral de déjà vu constante en el que solo vale la pena mantenerse despierto por si Isabelle Huppert regala alguna brizna de su talento interpretativo.

Las obsesiones e inquietudes de Haneke necesitan un nuevo formato y una nueva vía narrativa para ser capaces de captar la atención del público con el mismo poder con el que lo hizo ‘La cinta blanca’ (2009), de entre otras. Ahora bien, ‘Happy End’ sí que tiene algún que otro diálogo en código de comedia negra que aligera, en la medida de lo posible, la lenta digestión que supone el conjunto del largometraje. Aunque si la idea era torturar al espectador, el objetivo está más que conseguido. Un final feliz, sin serlo.

Xavi Mogrovejo

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