El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, Martin Scorsese, 2013)

Introducción a Martin Scorsese 

Hasta este mismo instante, al abordar su obra, no había tomado total conciencia de lo prolífico que es este hombre. Hecho que me lleva a valorar aún más su tarea, pues no por ser tan productivo ha descuidado la calidad de su cine. Son cuarenta las producciones donde ha trabajado como director. Entre cortometrajes, documentales y películas ha realizado 53 piezas cinematográficas, incluso marcando fuertemente la historia del celuloide con alguna de ellas. Aprovechando el reciente estreno de El lobo de Wall Street intentaremos dar un repaso a su vida y obra. Actualmente está en pleno rodaje de un documental sobre Bill Clinton, y tiene otra película en pre-producción.

Martin Marcantonio Luciano Scorsese obtuvo la licenciatura de cine en la Universidad de Nueva York en 1964, luego cursó una maestría en la misma disciplina, y después de realizar su cortometraje más conocido (The Big Shave, 1967), realizó su primer largometraje, Who’s that knocking at my door?, en el mismo año. Fue a partir de entonces cuando se creó algo así como “la banda de los 70”, formada por el mismo Scorsese, Steven Spielberg, George Lucas, Francis Ford Coppola y Brian de Palma. Sería este último quién le presentase a Robert de Niro, quien colaboraría luego en muchos de sus proyectos. Pero antes de sus estudios y su andadura cinematográfica, Scorsese estuvo a punto de ser sacerdote. Recibió una estricta educación católica, que luego influenciaría sus historias y sus personajes. Fue su extrema cinefilia lo que le hizo colgar los hábitos y empezar a estudiar el séptimo arte.

Según se pronuncia “Scorsese” son tres los títulos que vienen a la memoria de casi todo el mundo: Malas Calles (Mean Streets, 1973), Taxi Driver (1976) y Toro Salvaje (Raging Bull, 1980).  Todos tenemos nuestras favoritas, la mía es Uno de los Nuestros (Goodfellas, 1990), que ya se aleja de su primera etapa, pero son esos tres films los que consolidaron a este prometedor director, al menos entre la crítica especializada, la taquilla no siempre va acorde con la calidad. Fue Taxi Driver la que se llevó la Palma de Oro de Cannes y le valió muchas loas, hasta el punto de que el mismísimo Spielberg afirmase que Scorsese era el mejor director vivo. Yo no sé si era para tanto, pero qué duda cabe ya a estas alturas de que Taxi Driver es una obra maestra y de que el papelazo de Robert de Niro y su secuencia frente al espejo ha sido la más homenajeada/plagiada de la historia del cine.

Estos tres films, además de buenos, establecían ya el estilo que acompañaría siempre la obra del cineasta. También aparecían en ellos los temas que le obsesionan -en el buen sentido- y conforman parte de su corpus autoral: la vida de los italo-americanos (casi siempre relacionada con la mafia), la religión católica asociada a la culpa, la redención y la violencia. Dentro de su estilo, además de su maestría moviendo la cámara, es de justicia mencionar el montaje, a partir de Toro Salvaje siempre en manos de Thelma Shoonmaker, viuda de Michael Powell -mítico director de cine, y permitidme destacar en un breve inciso a El Fotógrafo del pánico (1960), una de las precursoras del subgénero “Serial Killers”-. Y ya que damos reconocimiento a las colaboraciones habituales, cabe mencionar también a Paul Schrader, cuyos guiones han proporcionado grandes éxitos de crítica a Scorsese.

Es típico relacionarlo directamente con las películas de mafia y los bajos fondos, pero revisando su filmografía nos damos cuenta de que no sólo nunca ha estado sometido a un género en concreto, sino que los ha explorado casi todos: el drama con Alicia ya no vive aquí (1974), La edad de la inocencia (1993), La última tentación de Cristo (1988),  el suspense rozando el terror con El cabo del miedo (1991) y con Shutter Island (2010), la comedia con El rey de la comedia (1982), e incluso con Jo, qué noche! (1985), la biografía histórica con Kundun (1997), el documental con El último Vals (1978), No direction Home: Bob Dylan (2005), Shine a Light (2008), etc. También ha hecho incursiones en el mundo del videoclip y la publicidad con Bad (para Michael Jackson en 1987), y La clave Reserva (para Freixenet en 2007) respectivamente. Para televisión rodó el piloto de la serie Boardwalk Empire, ambientada en la época de la Ley Seca, muy al estilo de los Los intocables de Elliot Ness, de su colega Brian de Palma.

Establecemos por tanto, que Scorsese es ampliamente polivalente y que además ofrece una garantía de calidad haga lo que haga, casi al margen de gustos y tendencias. Uno de los mejores directores de la historia del cine -al menos para quien escribe estas líneas-.

El lobo de Wall Street 

Necesito llamar vuestra atención, ya que esta película, la película del momento, está haciendo que los teclados saquen humo. ¿Por qué perder el tiempo con esta crítica y no otra? Sólo lo sabréis si continuáis leyendo. Scorsese insulta a la sociedad estadounidense, no escatima en medios para ello y lo hace firmando una película excelsa.

Permitidme empezar por el final para justificar esta afirmación. Y no os preocupéis, no hay spoiler. De hecho, podría contaros toda la película, y cuando fuerais al cine, la disfrutaríais exactamente igual. Hay que verla para creerla. Para afirmar tal cosa, aparte de basarme en todo el conjunto del film, me apoyo especialmente en la secuencia final: Jordan Belfort (Leonardo di Caprio), después de su auge y caída, haciendo un speech ante una sala de oyentes con aspecto de recién lobotomizados. Un atajo de perdedores. Un retrato del grueso de la sociedad norteamericana en sí misma. La obsesión por alcanzar el sueño americano, no importa cómo.

El hecho de admirar a un personaje como Belfort, dice poco a favor de la persona. Vale, nos lo hemos pasado muy bien con su personaje en la película, por algún motivo nos divierte ver a gente que va extremadamente ciega y que antepone la juerga a cualquier otra cosa en la vida, pero este tipo de indeseables son el cáncer de la humanidad. Mi único problema con este film es que si el espectador no es lo suficientemente inteligente –y por desgracia esto abunda-, se va con la idea de que Jordan Belfort mola mucho, e incluso envidian su vida. Aunque pagó parcialmente por sus crímenes fiscales, no se redimió en absoluto. Es más, se jacta de su paso por presidio porque el trato que los ricos tienen allí dentro también es exclusivo.

Sí, queridos lectores, Jordan Belfort es un auténtico gilipollas. Un descerebrado. Tanto Scorsese como DiCaprio así lo perciben, se ríen de él y se ríen de todo porque El lobo de Wall Street es una comedia. Ácida, satírica, venenosa. Pero una comedia, y como tal, es ejemplar. Todo el casting encaja a la perfección, DiCaprio se sale por todos los costados, y Jonah Hill está de traca (amo a ese cabrón).

Aunque Scorsese no dé la murga como la he dado yo con el moralismo, no puede evitar hacer juicio y sentencia –si habéis leído la introducción ya sabréis que iba para sacerdote-. Él se lo quiere pasar bien y nos lo quiere hacer pasar bien, pero está por encima de su personaje y, aún adaptándolo fielmente del libro autobiográfico, en sus decisiones de director se palpa el castigo a modo de sorna. Ya que Belfort nunca recibió su merecido, algo es algo. Y lo peor es que realmente todos somos castigados. No hay más que ver el retrato del paisano de a pie, incluso del policía del FBI, volviendo a su casa en metro, derrotado. Aunque ha conseguido detener a Belfort, sabe que está derrotado. Todo sigue igual. Ni si quiera nos regalan un plano de él saboreando la fugaz victoria. Nada. A currar, y cabizbajo. Por lo menos Belfort, aunque esté ante una panda de tarados, es feliz con lo que hace y se cree a sí mismo triunfador. Un final nada complaciente y muy desilusionante.

Ahora que está claro que Belfort es un imbécil, vamos a regodearnos en la fiesta que es este torbellino de tres horas. Hacía tiempo que no me reía tanto en el cine. La secuencia en la que Matthew Mcconaughey adiestra a DiCaprio en el noble arte de hacer el anormal es tremenda –está divertidísimo ahí Matthew, parece que haga un rito paleolítico–: cuando nuestro protagonista entabla amistad con el secundario y, charlando en un bar, este segundo le cuenta qué medidas tomaría si tuviera un hijo retrasado –si no te gusta el humor negro e irreverente, huye de este largometraje-, y por supuesto, la escena de la que todo el mundo habla: el colocón estratosférico de estos dos titanes; con algo que vivido en persona tiene que ser muy desagradable (arrastrarse como una babosa), nos hacen brotar la carcajada. Definitivamente, se lo han debido pasar tan bien rodando esta película…

También son brillantes los diálogos. Desconozco hasta qué punto son fieles a la novela y si ésta lo es con la realidad, pero hay mucho ingenio y frescura. Seguramente el que más trasciende es el que tiene lugar en el yate de Belford entre éste y el policía. El fino equilibrio entre el aparente respeto y la enemistad natural, entre el soborno, la advertencia y la amenaza. Fascinante.

Respecto a la forma, no quiero recurrir a lugares comunes tipo “Ha vuelto el Scorsese de Goodfellas y Casino”, pero es que es obvio que la narración en primera persona nos remite directamente a estos referentes. No puedo dejar de citarlas. Pero aunque aquellas tenían mucho ritmo, parecen de Yasujiro Ozu al lado de The wolf of Wall Street. Si por mí fuera, podría haber durado dos horas más. Impresionante la labor de la montadora habitual de Martin, Thelma Schoonmaker, que consigue que el ritmo no decaiga ni un solo minuto. De esto también tiene culpa la cámara, que por momentos es tan atrevida como antaño; esos travellings frenéticos.

Lo que llama la atención es la fotografía meramente funcional de Rodrigo Prieto, a quien considero uno de los grandes, sin embargo, aquí no se luce en absoluto. Estoy seguro de que hay una justificación formal, pero como no la sé, voy a elucubrar. Quizás ese tratamiento tan plano pretende desproveer de sofisticación a este elenco de personajes deplorables y horteras. Como de vídeo de boda de los años ochenta. El caso es que una vez vista, me cuadra y ya no me la imagino con luces duras, intensas y con los contraluces más perfilados. La quiero así, tal como es –ya tengo ganas de volver al cine a verla–.

Tampoco destaca en exceso la banda sonora de Howard Shore, pero sí lo hace la selección de canciones que ilustra todo el desmadre. Estoy muy agradecido por “Gloria” de Umberto Tozzi en la fiesta que tiene lugar poco después del naufragio en el que están a punto de morir. Estos contrastes funcionan como un tiro. Y ya que hablo de contrastes, hay uno que se le va de las manos. Aún siendo consciente en todo momento de que nuestro protagonista es un capullo, el acercamiento a éste es en todo momento cómico, y la secuencia en la que se quiere llevar a su hija contra la voluntad de su mujer se me antojó excesivamente dramática e incómoda. Aisladamente es impecable, pero dentro del conjunto eminentemente festivo, corta un poco el rollo.

Qué curiosa la magia del cine, que consigue que te caigan bien personajes tan impresentables; hace que nos riamos de cómo están timando por teléfono a un pobre hombre al que hacen perder sus ahorros –y como a él, a cientos de familias–, que frivolicemos sobre la infidelidad conyugal y sobre la dignidad y los valores en general. Cuan peligrosa es la manipulación, que aunque en este caso esté al servicio de una diversión inteligente, la vivimos como víctimas en nuestro día a día.

Es complejo crear un personaje del que te vas a mofar, aunque en realidad harás que el espectador esté de su parte, pero sin que pueda empatizar con él lo más mínimo. Conclusión: un guion notable (Terence Winter) al servicio de un genio del séptimo arte.

Óscar Sueiro

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