Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (Birdman, Alejandro González Iñárritu, 2014)

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Riggan, un actor ya maduro y venido a menos, conocido por haber encarnado a Batman en los 90 –bueno a Birdman, que más da–, va a estrenar una obra en Broadway, la Meca del teatro. Riggan pretende que la obra le consagre como el gran actor y director que es –o que cree ser–, y le aleje de una vez por todas del encasillamiento al cual le condenó su papel de Batman –perdón, de Birdman–.

Esta es una de aquellas películas que amas o que odias. Será una de las cintas del año, un exitazo, la gente hablará de ella y será alabada por gran parte de la crítica y el público. En general gustará y me extrañaría mucho si no se llevara unos cuantos Oscar a la saca. Vaya por delante que a mi me gustó, me pasó volando, y eso que dura dos horas; y eso que está toda grabada en plano secuencia –falso, claro–; y eso que sale Michael Keaton –que no me dice ni fu ni fa–; y eso que está plagada de trucos; y eso que está dirigida por Alejandro González Iñárritu, un director que no me gusta. Sí, ya lo he dicho: no me gusta. No me gusta Amores Perros y no me gusta Babel. Por eso me da cierta rabia que me haya gustado tanto Birdman. Incluso viendo sus trucos; incluso viendo que está hecha para ganar el Oscar; incluso a pesar de que siga sin gustarme el director.

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Grabar una película entera en falso plano secuencia ya lo hizo Hitchcock con La soga hace muchos años. Al subvertir uno de los principios más básicos del montaje –el corte de un plano al otro– hay quien dice que la acción que se nos muestra es más teatral, menos cinematográfica narrativamente hablando. Al final lo que resulta ser es un ejercicio de virtuosismo que la gente comenta y aplaude a posteriori. El plano secuencia de Sed de mal, el de Hijos de los hombres, el de El arca rusa, el de Hard Boiled o el de Soy Cuba, sean falsos o verdaderos no dejan de ser un alarde de dominio técnico: necesitan de una gran preparación, muchos ensayos y una planificación narrativa absolutamente cinematográfica. A pesar de ello sí que nos puede resultar más teatral a un nivel puramente actoral, pues da la sensación que el actor está soltando su texto del tirón, que estamos viendo una obra de teatro filmada. Algo más real o tangible. Y eso se consigue de sobras en Birdman.

Cuando vemos una escena o una película en plano secuencia todo tiene que ser muy ágil. Se acostumbra a utilizar este recurso narrativo en escenas de acción –Johnnie To tiene uno absolutamente colosal al principio de Breaking News que se encuentra fácilmente en Youtube–. Si a la cosa no se le da ritmo, o un suspense brutal –La soga, Sed de mal–, el experimento va a cansar rapidamente al espectador. Pues bien, Iñarritu le da el punto de ritmo y de tensión justos. Es un virtuoso y sale más que airoso del experimento. Y no solo nos regala un falso plano secuencia que encandilará a los sibaritas de la técnica sino que se permite hacer continuas elipsis temporales y otras virguerías durante el mismo. Sabe lo que se hace. De nuevo, prueba superada.

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Vayamos a por Michael Keaton. ¿Dónde se había escondido este tipo todos estos años? Pues he de reconocer que desde los dos Batmans de Burton apenas le he visto por ahí. Bueno, Medidas desesperadas de Barbet Schroeder tampoco estaba tan mal, pero eso es otro cantar. Que lo hace muy bien el tipo. Muy intenso –a veces demasiado– y muy entregado. Con muchas escenas de actor, de esas de “aquí estoy yo y voy a destrozar la habitación porque lo valgo”. Gran elección por parte de Iñarritu, totalmente acorde con la historia que nos quiere contar. Riggan/Keaton es más una celebrity que un actor, como se encarga de echarle en cara Lindsay Duncan, la desalmada crítica teatral a la que prensa y público reverencian y que comparte un par de escenas clave con él. Y es que todo gira alrededor de Michael Keaton, hasta la cámara que traza el plano secuencia perpetuo. Riggan vive obsesionado con lo que piensen los demás, sabe que el proyecto que se trae entre manos es su ultima oportunidad de redimirse ante el público y ante él mismo. Odia a la critica y a la vez la ama y la necesita. El gran creador, el hombre que quiere pasar a la historia, aunque sea autodestruyendo su carrera, su entorno y hasta a su persona.

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Ya hemos visto que la elección de Keaton no es casual. Tampoco lo es la de Edward Norton para el papel de actor de carácter pero problemático, pues así lo conocemos en la vida real –recuerden American History X, por Dios–. Norton es el eterno secundario que le roba protagonismo a la estrella principal y hasta al director, un tipo que solo se siente vivo cuando pisa el escenario. Él encarna al teatro en mayúsculas en su propio personaje y le señala las debilidades a Keaton. Emma Stone, más atractiva que nunca, traza uno de los papeles más sorprendentes de su carrera hasta el momento. Es la hija del protagonista, una chica atrapada entre el amor y el rencor, que no se corta a la hora de decirle cuatro verdades a su padre. También muy bien escogido Zach Galifianakis, uno de los popes de la comedia americana del momento –no olvidemos que esto es una comedia–, pero mucho más contenido que nunca. Todos dan la talla, todos dan el pego y trazan su personaje con precisión: entran y salen de escena sin demasiada presentación –recordemos que todo es en plano secuencia y que aquí no hay lugar ni tiempo para demasiadas descripciones–. Todo se construye a partir del diálogo y de lo que nos dejan entrever entre bambalinas –nunca mejor dicho–.

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Pero –¡ay!–, no es oro todo lo que reluce, y muchos diálogos están construidos solo para resultar “molones” –estoy pensando en las dos escenas que comparten Edward Norton y Emma Stone en el terrado del teatro–. Y esa es una de las cosas que pueden enervar a una parte del público y de la crítica: los trucos, los engaños que he comentado antes, esa pretensión de hacer sentir inteligente al espectador en la cual se regodea Iñarritu sin compasión se aprecian en esos flecos. Igual que esa manía por resultar moderna, por hablar de las estrellas del momento, por hacer bromas sobre la barbilla de George Clooney o las películas de superhéroes de Robert Downey Jr. Eso resulta efímero, en pocos años puede parecer anticuado, aunque ahora nos haga sonreír. Y ya puestos a comentar lo que no me ha gustado están los muchos finales de la película. Me parecen innecesarios, incluso banales. Me dan la sensación que el director no termina de saber cerrar todo lo que ha abierto. A pesar de todo, el conjunto es sincero y no se resiente; lo pongo todo en una balanza y me niego a catear Birdman por esas pequeñas cosas, pero entiendo perfectamente que la balanza de algunos se pueda inclinar hacia el otro lado.

Esta película es una comedia, pero una comedia de las serias, de esas que tocan los grandes temas. Es una propuesta agridulce y por momentos hasta amarga. En ella hay más mala leche de lo que parece. Iñarritu destila rabia: rabia contra la crítica –pese a que la critica oficial siempre le ha reverenciado–, rabia contra lo corriente –pese a que nos presenta una película ávida de Oscars– y casi diría que rabia contra toda una generación. Pero por suerte Birdman va de muchas otras cosas. Nos habla de la incomunicación del hombre y de sus grandes contradicciones, de las relaciones de pareja, de la búsqueda de la felicidad, del desamparo, de la locura, de la creación artística, del egoísmo, de la pasión y de las redes sociales que todo lo canibalizan, lo etiquetan y lo convierten en trending topic. Es una película intensa, un carrusel de emociones, un espectáculo en sí mismo. Un engranaje barroco super-saturado. Escribir sobre ella cansa. Tanto si eres de los pocos que la van a odiar como de los muchos que la van a amar, debes verla. Debes verla ya.

Dani Morell

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