Videodrome (David Cronenberg, 1983)

Larga vida a la Nueva Carne”. Años antes de que existiera algo parecido al concepto “ciberespacio”, David Cronenberg realizó esta revolucionaria película que puso sobre la mesa de una forma impactante, visceral y filosófica los trasuntos de lo que iba a ser la relación hombre-máquina. Videodrome no es solamente uno de los mejores films del cineasta, y uno de los mejores de la historia de la ciencia ficción, sino que también es donde Cronenberg planteó la que fue una de sus temáticas preferidas durante años (por ejemplo, en Crash o eXistenZ): la Nueva Carne. Esta temática es básicamente una reflexión acerca de la posible despersonalización del individuo en pro de una robotización masiva de la vida cotidiana, eso sí, reflexión expresada en imágenes por parte de Cronenberg. En una sociedad postindustrial, masivamente tecnificada, el individuo empieza a perder consciencia de los planos de realidad en los que vive, pues se ve rodeado por una esfera de virtualidad constante que lo empuja a una duda y a una mutación: el plano real y virtual se unen en uno en la propia carne del individuo, en el propio cuerpo humano que se une a la máquina en una simbiosis revolucionaria. Videodrome nos narra esta metamorfosis de la Nueva Carne siguiendo la historia de Max Renn (James Woods) que, seducido por la señal televisiva “Videodrome”, la cual ofrece una experiencia real y palpable, se verá arrastrado a una corriente de continuas transformaciones y mutaciones, llevándolo hasta las últimas consecuencias de una simbiosis con la máquina.

Agilidad, inmediatez y dinamismo: con estas premisas construye Cronenberg esta extraña y fantástica historia. Una historia que se nos narra de una forma veloz y directa, pues el metraje no contiene clásicas transiciones estructurales entre secuencias, de hecho no hayamos en él casi ninguna transición. Se va pasando de una situación a otra, de un escenario a otro, sin preocupación por enlazarlo estrictamente todo, simplemente yendo de forma directa a la acción que se quiere mostrar. Un ritmo enérgico y sobre todo cómodo para el espectador, realmente nos seduce y, sumergiéndonos en esa realidad, tiene ya desde los primeros minutos toda nuestra atención. Una realidad en la que de repente van penetrando elementos fantásticos, pero los cuales sin embargo no provocan ningún cambio ni en los planos o movimientos de cámara ni en la puesta en escena (una puesta en escena que acaba siendo incluso un poco claustrofóbica, debido a la extrema pomposidad de su cotidianidad). Así que a pesar de que el film se caracteriza por mostrarnos una historia en la que de repente comienzan a sucederle al protagonista cosas irreales, durante todo el tiempo el mundo que le rodea sigue siendo el mundo cotidiano de cada día. David Lynch basa su cine en una premisa similar, en la que el terror y el elemento surrealista surgen en la simpleza cotidiana como una proyección del subconsciente humano; Cronenberg se situaría en una línea paralela mostrando el yo exterior del hombre (las metamorfosis de su cuerpo), mientras Lynch se centra más en mostrar el yo interior.

Max es el centro de la película, puede parecer que el epicentro narrativo sea la señal del videodrome que como un personaje más de la trama mueve al resto y les hace evolucionar, no obstante realmente el alma del film es el personaje de James Woods. Un personaje interpretado de una forma muy equilibrada, pues aún cuando se encuentra viviendo una situación absolutamente inverosímil y terrorífica, se comporta con extrema tranquilidad y normalidad, como si pudiese adaptarse en cuestión de minutos a la pesadilla que está viviendo, lo que ayuda a crear la extraña atmosfera de fantasía cotidiana. Digamos que en esta película Woods sabe equilibrar correctamente la reacción instintiva, la perturbación cotidiana y la exageración interpretativa. Por otro lado, también se debe hacer hincapié en su personaje por otra cuestión: la ingenuidad que lo caracteriza en un comienzo. En la entrevista que se le hace en un programa de televisión, Max refleja la ingenuidad de los medios de comunicación como transmisores de unos valores y problemáticas que acabarán teniendo unas consecuencias en las que no se quiere pensar; sin embargo, con eso también refleja nuestra propia ingenuidad como espectadores pasivos, capaces de quejarnos de todo pero al mismo tiempo también capaces de consumirlo todo.

Es este un film que, envejeciendo con el paso de los años, ha ido recibiendo más admiración y reconocimiento, ello se debe básicamente a lo brillantemente avanzado que fue en su momento al pronosticar la problemática occidental de los 90: la televisión como una realidad alternativa en la que se refugia el ser humano. Un refugio basado en la búsqueda del placer que la verdadera realidad no puede dar, aunque, como comenta el personaje del profesor O’Blivion, lo que llamamos realidad esencialmente sólo es la percepción que tenemos de dicha realidad. Por lo tanto, ¿cómo podemos saber qué es la realidad? ¿Es nuestro trabajo, es nuestra pareja, es la pantalla de nuestro televisor o no es nada de eso? ¿Es posible reconocerla, distinguirla? Unos años más tarde, Morfeo (Matrix, 1999) nos resolvería la pregunta dejándonos tomar la maravillosa y maldita pastilla roja.

Xavier Torrents Valdeiglesias

Esta entrada fue publicada en Cine Ciencia Ficción y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.