Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951)

Corrían los días de la guerra de Corea, los primeros síntomas de la guerra fría ya se habían producido y empezaba a tomar forma la carrera armamentística. Hacía escasamente un lustro que la bomba atómica había devastado las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, dando por finalizada la segunda guerra mundial, y todos se afanaban a construir más ingenios letales. En otros flancos, el funesto senador Joseph Raymond McCarthy empezaba su particular caza de brujas en el interior de los Estados Unidos. Pronto terminaría por dirigir a sus burócratas contra la industria de Hollywood, hasta aquel momento, un auténtico hervidero de talentos y mentes libres. Es en este contexto, de represión y paranoia, una de las etapas más oscuras de la reciente historia de Norteamérica, cuando paradójicamente nace una de las más grandes obras de la ciencia ficción especulativa de todos los tiempos, Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951).

Hasta aquel momento, en las películas de ciencia ficción no había lugar para la emotividad y la reflexión, primaban las ideas y la acción por encima de todo y se destinaban pocos fondos y esfuerzos para llevarlas a cabo. También, por supuesto, durante toda la década de los cincuenta, sobre gran parte de los filmes de género que se produjeron en Norteamérica planeó el fantasma de la pretendida amenaza comunista y muchas de sus obras quedaron imbuidas de ideología, cuando no fueron directamente panfletarias. Ultimátum a la Tierra es también una isla en cuanto a estos conceptos se refiere. Es una obra fronteriza, muy humanista y por primera vez en la historia del cine, la ciencia ficción rompe con su estatus y consigue un presupuesto mediano.

Como quedará explicado en este artículo, una serie de factores contradictorios hacen que se obtenga una película contradictoria, pero no por eso queda menguado su valor, antes al contrario, Ultimátum a la Tierra se erige por sus múltiples cualidades artísticas y cinematográficas como algo único y claramente pionero dentro de la historia del cine. Al igual que el contexto político y social que la vio nacer, sus artífices, empezando por el director, Robert Wise, tienen toda la “culpa” de que ahora podamos disfrutar de este clásico imperecedero. Así pues, antes de entrar al trapo con la película en si misma, deberíamos realizar un breve recordatorio de las gentes que la hicieron posible.

Wise empezó su andadura por la industria del celuloide ejerciendo como montador para grandes figuras del cine. Trabajó a las órdenes de Orson Welles en Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) y El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) y con William Deterlee en Esmeralda la Zíngara (The Hunchback of Notre Dame, 1939). No es de extrañar que pocos años más tarde, aprovechando la fuga de grandes directores americanos al aparato de propaganda de la segunda guerra mundial, se confiara en Wise y en sus habilidades como técnico para llevar a cabo tareas de dirección. Por aquel entonces, el director, no había tenido contacto con la ciencia ficción, aunque sus primeros pasos lo habían conducido por el terror de serie B que se rodaba en la RKO hacía la segunda mitad de los cuarenta. La secuela de La mujer pantera de Jacques Torneur (Curse of the Cat People, 1944) y El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher, 1945) con un soberbio Bela Lugosi a la cabeza del reparto, son claros y remarcables ejemplos de ello. Pero la que sin duda es su mejor cinta de aquella etapa, y que recibió un justo reconocimiento en Cannes (1), se encuentra enmarcada dentro del genero negro y guarda una importante relación con Ultimátum a la Tierra; además de ser un referente imprescindible dentro del subgénero del boxeo. Hablamos de Nadie puede vencerme (The Set-Up, 1949) que se caracteriza por una excelente puesta en escena, ideada para resultar lo más realista posible, con algunas tomas a mano y un cierto tono documental en cuanto a la utilización de los tiempos. Como veremos más adelante, algunos de los aciertos de este modo de proceder se trasladarían, un par de años más tarde, a la película que nos ocupa. En contra de lo que cabía esperar, tras el enorme éxito de crítica y publico que obtuvo con Ultimátum a la Tierra, Wise solo se acercaría a la ciencia ficción en dos ocasiones posteriores con La amenaza de Andrómeda (The Andrómeda Strain, 1971) y Star Trek (ídem, 1980), a lo largo de una fructífera carrera, que incluye entre otras, Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me, 1956), West Side Story (ídem, 1961), La casa encantada (The Haunting, 1963), Sonrisas y lagrimas (The Sound of the Music, 1965) o El Yang-Tse en llamas (The Sand Pebbles, 1966).

Para hacerse cargo de las tareas de guionaje se confió en Edmund H. North un veterano escritor que ya había trabajado para Raoul Walsh, Michael Curtiz o Nicholas Ray. El guión definitivo, en el cual también intervino el mismo Wise, se basó en Farewell to the Master, un relato corto de Harry Bates publicado durante la llamada golden Age de la ciencia ficción, en la legendaria revista especializada Astounding Science-Fiction. El relato, el título del cual ni se menciona en los créditos de la película, se parecía más a un episodio de la serie Twilight Zone, basado directamente en la sorpresa final; y difería en bastantes aspectos con el resultado que hoy todos conocemos. En él, los robots son los verdaderos amos del universo, que se rige según su gestión, por lo tanto Gort, que en el relato se llama Gnut, es el protagonista de la historia y no, como en la película, una simple herramienta de trabajo. Por último, también se añadieron algunas referencias religiosas evidentes que comentaremos al analizar la obra.

En cuanto a la producción, el encargado de llevarla a cabo fue Julian Blaustein que por aquel entonces se encontraba a las órdenes de Darryl F. Zanuck en la Fox. El mismo cabecilla, fue de hecho, el que llamo a Robert Wise para comentarle que Blaustein traía un guión entre manos que le interesaría. Y manos a la obra, para el papel de Klaatu, el extraterrestre protagonista, en un primer momento, todos estuvieron de acuerdo en contratar a Claude Rains (El Hombre invisible/The Invisible Man, James Whale, 1933), pero su agenda estaba demasiado apretada en aquel momento y el mandamás de la Fox propuso al hasta entonces desconocido en Hollywood Michael Rennie tras verlo trabajar en una obra teatral en Londres. La elección de este actor, que ya tenia experiencia en el cine británico habiendo trabajado a las ordenes de Hitchcock o Val Guest, acabó resultando de lo más acertada, no tan solo por sus evidentes méritos interpretativos, sino precisamente por tratarse de una cara anónima. Como comentan Blaustein o el propio Wise al comentar la película, se hubiera perdido todo el realismo que se pretendía imprimir a la cinta si el extraterrestre que viene a entregar el ultimátum hubiera resultado ser, por ejemplo, Spencer Tracy (2).

Otra de las protagonistas indiscutibles del film es Patricia Neal en su papel de Helen Benson, la madre de Bobby. La actriz, que ya había trabajado con Wise el año anterior en Tres Secretos (Three Secrets, 1950), era conocida por su trabajo en la imprescindible El Manantial (The Fountainhead, King Vidor, 1949) basada en la novela clave de Ayn Rand. Como muestra de la percepción negativa que se tenía de la ciencia ficción hasta aquel momento, la estrella, de primera línea, tenía continuos accesos de risa al interpretar determinadas escenas y no se tomó demasiado en serio el rodaje, considerándolo como una cinta menor hasta que vio los resultados y la buena acogida de crítica y público. El hijo de la misma, que juega un papel crucial en la película, esta interpretado por Billy Gray, un niño prodigio que, sorprendentemente, ya llevaba una cuarentena de películas a sus espaldas. El actor consiguió un excelente registro por el que todavía hoy es recordado y repitió su papel en la versión radiofónica de la película, emitida en el “Lux Radio Theatre”.

Para el “malo” de la película se contó con Hugh Marlowe, un esforzado secundario que en aquel momento era conocido por su reciente trabajo en Eva al desnudo (All About Eve, Joseph L. Mankiewicz, 1950) y que posteriormente se labraría una perseverante carrera en el mundo de la televisión y la serie B. En la cinta que tenemos entre manos se le acostumbra a achacar cierta falta de soltura y una interpretación un tanto forzada que en última instancia le va como anillo al dedo al rol del personaje y nos lo presenta más antipático si cabe.

El entrañable profesor Jacob Barnhardt, uno de los personajes más memorables de la obra, está interpretado por Sam Jaffe, al que muchos recordarán por su papel de gran Lama en Horizontes Perdidos (Lost Horizon, Frank Capra, 1937). En contra de lo que cabria esperar en una cinta tan “contestataria” este actor fue el único miembro del equipo que realmente tuvo problemas con McCarthy por sus afinidades socialistas, y llegó a ser una de las cabezas más visibles de la famosa “lista negra” elaborada por el funesto comité del senador. El director de cásting pidió al productor Julian Blaustein que sustituyera al actor por otro y tras negarse y consultarlo con Zanuck, su superior, decidieron seguir adelante con Jaffe (3).

Pese a tratarse de un robot de metal de dos metros y cuarenta centímetros de altura, Gort es uno de los personajes más célebres de la película. Tras descartar la sugerencia de Zanuck que proponía a Jack Palance para interpretarlo, el director, después que alguien del equipo lo propusiera a causa de su destacable altura, optó por colocar en el interior del armazón a Lock Martin, el portero del mítico Grauman’s Chinese Teatre de Hollywood Boulevard. Así y todo, el traje sobresalía unos treinta centímetros por encima de la cabeza del actor; eso, sumado a los problemas de salud que padecía por culpa de sus insólitas proporciones, complicaban bastante el trabajo y hacían que no pudiera llevar el traje más de veinte minutos seguidos.

Uno de los grandes puntales de Ultimátum a la Tierra es, sin lugar a dudas, la partitura del compositor Bernard Herman. La decisión de contar con el músico fue una ocurrencia de Robert Wise ya que, como atestiguan El Cuarto Mandamiento y Ciudadano Kane no era la primera vez que director (en aquellos momentos editor) y compositor se veían las caras en una película. Herman compuso una banda sonora arriesgada, que apoyándose en una sección de metal enorme, otorgaba todo el peso protagonista a un curioso y extravagante instrumento musical electrónico llamado Theremin. Dicho instrumento, bautizado originalmente como “Eterofono”, fue inventado en 1919 y, en su versión primeriza, se asemeja bastante a un mueble, con sus cuatro patas incluidas. Uno de sus rasgos más característicos es una gran antena que incorpora en uno de los laterales. Realmente complicado de utilizar ya que “se toca sin tocarlo” (se consiguen sus notas a partir de precisos movimientos de las manos del músico alrededor de la mencionada antena), el Theremin ha terminado por asociarse (en parte erróneamente) (4) a la ciencia ficción y hasta nuestros días, multitud de películas se han valido de sus agudas y ondulantes cualidades para transmitir esa sensación “extraterrestre”. Por lo tanto, aunque Robert Wise se equivoque (5), al considerar su película como la primera en utilizar el instrumento, en general podemos considerar la singularidad de la banda sonora de Herman como una auténtica pionera y un referente ineludible en el campo de la ciencia ficción.

KLAATU, BARADA, NIKTO!

Así reza la famosa palabreja que, con el tiempo, ha trascendido la pantalla que la vió nacer. “Klaatu Barada Nikto” es la orden secreta capaz de desactivar al temible Gort y ha sido utilizada en diversas películas a modo de guiño u homenaje. Por encima de ello, Ultimátum a la Tierra pasa a engrosar la lista de grandes películas de la historia del cine básicamente por tratarse de un producto muy de su época, un retrato fiel de la turbulenta década de los cincuenta y de la sociedad que la conformaba. A su vez, la simplicidad del mensaje pacifista, con sus más y sus menos, y el retrato del hombre de a pié que se traza en la obra, es perfectamente válido en la actualidad y se aleja claramente de la mera propaganda. The Day the Earth Stood Still consigue esa simplicidad y verismo gracias a un cuidado trabajo de estudio (6) combinado con frecuentes planos casi documentales. Gracias a la excelente labor de la segunda unidad, comandada por Bert Leeds bajo la supervisión de Wise, la película cuenta con multitud de insertos y planos de recurso prácticamente documentales, como serian todas las escenas de masas durante el apagón provocado por Klaatu, los exteriores rodados en la ciudad de Washington o las frecuentes imágenes de la guardia nacional en acción (7). No en vano, Robert Wise, decidió contar con renombrados periodistas de la época, tales como Elmer davies, H. V. Kaltenborn o Drew Pearson, para que se interpretaran a ellos mismos. En el apartado narrativo, tampoco es casual que muchos de estos cortes periodísticos se nos entreguen encuadrados en televisores o montados al estilo de los noticiarios de la época, convirtiéndonos así en espectadores subjetivos de la falsa realidad que nos propone la película. Por supuesto, esta voluntad documental se ve mucho más reforzada por tratarse de una historia que sucede íntegramente en nuestro planeta; aunque desde un buen comienzo nos proponga una alteración de la cotidianidad.

Esta situación anómala, la llegada de Klaatu y su sirviente robótico Gort, se nos enmarca dentro de una sociedad absolutamente realista y conocida (eso si, como no podía ser de otro modo, todo sucede en los Estados Unidos). La espectacular escena del aterrizaje de la nave, en pleno centro de Washington D.C, y sobretodo, la reacción inmediata del ejército, nos definen la línea por la que va a transitar el discurso. Una vez el platillo se ha posado, el ejército despliega todo su arsenal. En cuanto Klaatu aparece por la puerta corrediza y se lleva la mano al bolsillo para entregar algo desconocido, es inmediatamente abatido por un disparo. Todo queda dicho. El egoísmo humano, incapaz de comprender que se le entregue algo a cambio de nada, mezclado con el natural instinto de protección, describen nuestra especie en un instante. Un hecho que se narra como único para la historia de la humanidad ha quedado escrito, ya que, primero disparamos y luego preguntamos.

Ese es precisamente el factor que hace de ultimátum una propuesta tan interesante, ya que nos habla sobretodo de nosotros mismos. Por primera vez se utiliza la ciencia ficción como un vehículo válido para debatir sobre el hombre y la sociedad. Una de las cosas que más nos abruman de su mensaje es la conclusión a la que se llega, esa crítica, en absoluto velada, contra el género humano y sobretodo contra sus gobiernos. Escenas como la de la llegada de Klaatu a la pensión, haciéndose pasar por humano bajo su identidad de Carpenter, las reacciones de los inquilinos; ese grupo de gente que se le queda mirando con miedo, las informaciones que se vierten en los medios de comunicación, llevadas al extremo por esa caricatura catastrofista y racista que aparece en un periódico o la sonora carcajada que le dedica el político designado para parlamentar cuando averigua el motivo de la visita interestelar, son una buena muestra de ello.

Y precisamente el mensaje que trae consigo Klaatu encierra la mayor de las contradicciones de las que hablábamos al principio del artículo: La tierra será totalmente destruida sino se declara un armisticio indefinido a escala planetaria. De nuevo queda evidenciado que solo entendemos el lenguaje de la fuerza. Este “Si vis pacem, para bellum” llevado a la máxima expresión por alguien que nos observa desde una civilización más avanzada, encierra cierto tufillo belicista, y podría invalidar el fin que persigue, aunque el mensaje de fondo permanece. Por este lado, se ha debatido mucho sobre si las intenciones de Klaatu son verdaderamente altruistas, ya que esa especie de ONU interplanetaria a la que representa, ha dejado a los humanos de lado por primitivos y no ha entrado en contacto con ellos hasta el momento en que han supuesto una amenaza real para la galaxia. Al igual que sucede en la novela Estación de Tránsito, del escritor humanista Clifford D. Simak, en la que ya aparece una asamblea universal que ha dejado de lado a la Tierra por idéntico motivo, nos preguntamos si, en el fondo, el ultimátum de Klaatu es tan bienintencionado como pretende o sencillamente amenaza con destruir el globo por la propia seguridad de su mundo, y en definitiva, existe una sentencia firme a nivel cosmológico que nos deja por imposibles.

Dentro de los habituales motivos de controversia de la película, encontramos el incuestionable trasfondo religioso que subyace en la historia. Para empezar, el extraterrestre elige el nombre de Carpenter para mezclarse entre nosotros, algo que nos remite directamente a San José y Jesucristo. También físicamente el protagonista posee un aire asceta, con esa extremada delgadez y la severidad de su rostro. Asimismo, su trayectoria vital nos recuerda al Mesías, denostado por las autoridades pero seguido por el pueblo. Con sacrificio final y resurrección incluidos. Es de menester recalcar que la citada resurrección del extraterrestre es meramente (y absurdamente) temporal, tal como se encargan de repetirnos una y otra vez desde la película mediante alusiones a la exclusividad de este poder por parte del todopoderoso. Sin embargo, parece ser que este cambio en el guión (en realidad resucitaba para siempre) tan solo fue una solución de conveniencia, pues a pesar de todo no quisieron traspasar ciertos limites en una producción mainstream. Como anécdota, el propio Wise asegura no haber percibido tales alusiones durante el rodaje, pero todo apunta a que el guionista era perfectamente consciente de ellas.

Tal y como comenta el director Joe Dante al hablar sobre el filme, “Ultimátum es como un test de Rorschach ya que lo que unos quieren decir no siempre es lo mismo que lo que otros interpretan. Y lo que es más importante, los mensajes de los filmes los reinterpretan aquellos que se juegan algo personal en ello”. Ultimátum pasa por ser una película pacifista muchos años antes que se definiera el pacifismo como movimiento, y pese a sus enormes y lógicas contradicciones, la llegada del extraterrestre y su amenaza no son más que una mera excusa para hablar sobre lo que interesa al hombre, que no es otra cosa que el hombre.

Por eso mismo uno de los puntos de interés de la cinta es la historia personal que se narra en ella. A pesar del conflicto mundial que se plantea, se consigue construir la trama central alrededor de una historia familiar y sencilla. En cuanto Klaatu decide analizar y comprender a la humanidad por su cuenta, se convierte en un fugitivo y emprende una corta experiencia en la clandestinidad, compartiendo su existencia con los habitantes de una pequeña y modesta pensión familiar. Dentro de este apartado, cabe destacar la escena en la que el extraterrestre se encamina hacia la pensión y hace su entrada en ella desde las sombras, mientras todos sus inquilinos lo observan suspicaces hasta que lo ven entrar a la zona iluminada. La secuencia es un prodigio de simplicidad y buen hacer cinematográfico y resume a la perfección el método de trabajo del director. Volviendo al pasaje en su totalidad, parece estar pensado para acercarnos al “día a día” de una familia media, de cara a que conozcamos los sentimientos de Klaatu hacia ellos. De esa forma, también busca la absolución de la gente de la calle, que poco o nada tiene que ver con los grandes tejemanejes del estado. Es especialmente significativa la escena en que el niño le organiza un tour por Washington y Klaatu comenta las palabras de Lincoln grabadas en la conocida estatua de la capital o la admiración que siente el niño por el científico interpretado por Sam Jaffe. Un personaje, por cierto, que nos recuerda sospechosamente a Einstein, otro destacado humanista. La manera que tiene Klaatu para acercarse al mismo, también a través del niño cuando no lo había logrado a través de las autoridades, dicen mucho del objetivo de la película y la alta estima en que sitúa al hombre emprendedor y de a pié. Pero, como he comentado más arriba, no todos los representantes del pueblo llano albergan buenas intenciones. Así aparece la figura del estirado Tom Stevens (Hugh Marlowe), el “Judas” de la historia, capaz de traicionar a sus semejantes en su ciega carrera de ambición. “¡Cambiarás de opinión cuando veas mi foto en los periódicos!” le grita a la protagonista cuando ésta intenta detener su infame acción. Como vemos, tampoco se peca de inocencia en el, a grandes rasgos, favorable retrato de las clases populares. Si sumamos los factores, Ultimátum a la Tierra, consigue un efectivo e interesante equilibrio entre una historia de proporciones monumentales, en la que los estados salen perdiendo en pos de las personas, y la rutinaria y apacible vida de la pequeña comunidad en la cual irrumpe el conflicto.

En los aspectos más técnicos, Wise juega con maestría con las sombras y los claroscuros, regalándonos secuencias impecables, como la forma en que se activa al robot durmiente Gort a través de señales luminosas tipo Morse producidas por una linterna, o la ya comentada escena de la llegada de Klaatu a la pensión. Otra de las escenas a analizar en este punto, es el encierro final en el ascensor con el extraterrestre y la protagonista. Sucede justo cuando tiene lugar el apagón mundial simultáneo de demostración, donde se trabaja la iluminación y el encuadre de forma magistral y casi con reminiscencias de cine clásico de terror. Debemos, además, mencionar todas las escenas en el interior de la nave. A partir de un diseño minimalista pero resultón, basa casi toda su fuerza en el trabajo de iluminación y en la profusión de planos angulares, logrando transmitir la sensación de encontrarnos ante un lugar mucho más espacioso. Lo bueno del caso es que un artesano como Robert Wise también está a la altura durante escenas rutinarias, mucho menos espectaculares; como los almuerzos en comunidad con los inquilinos y las demás escenas de dialogo. Como buen ex-montador cinematográfico, se muestra empeñado en cubrir todos los ángulos de cámara y el resultado es eficaz.

En resumen, Ultimátum a la Tierra deja algunas escenas (y frases) aisladas para la posteridad (8), pero tampoco decae en ningún momento, logrando un conjunto brillante, sólido y sin altibajos destacables. Bien que, habitualmente quede englobada dentro de la denominada ciencia ficción de los cincuenta, Ultimátum a la Tierra se trata de una obra señera, prácticamente sin precedentes cinematográficos, que tal vez encaje más con los filmes de calidad de la Fox de finales de los cuarenta. Poco a poco, y con pequeñas excepciones, los caminos de la ciencia ficción “realista” serian abandonados en pro de la espectacularidad y la aventura, como nos lo demuestren prácticamente todas las grandes obras posteriores, entre las cuales situaríamos Planeta Prohibido (Forbidden Planet, Fred M. Wilcox, 1956) o This Island Earth (Joseph M. Newman, 1955). Lejos de disputas sobre si se debe o no encuadrar la película dentro de la serie B, Ultimátum a la Tierra es, por encima de todo, un producto de gran calidad cinematográfica y sigue siendo un referente para varias generaciones de cineastas y aficionados que, todavía hoy, mantiene plenamente su vigencia dentro del campo de la ciencia ficción y la historia del cine en general.

Notas:

(1) Premio a la mejor Fotografía para Milton R. Krasner y Premio Fipresci (Fédération Internationale de la Presse Cinématographique) para Robert Wise.

(2) También se pensó en este actor para interpretar a Klaatu. Según sus propios testimonios en Making the Earth Stand Still, el interesante Making Of de la película.

(3) En el documental Making the Earth Stand Still, Blaustein asegura que si el jefazo de la Fox, Darryl F. Zanuck le hubiera impuesto la temida sustitución por motivos políticos, habría dimitido y realizado la película con otro estudio.

(4) El Theremin ya se había utilizado en el cine en multitud de ocasiones. En Estados Unidos, gracias a Miklos Rosza, ya habíamos podido escuchar uno en Recuerda (Spellbound, Alfred Hitchcock, 1945), y en la también espléndida Días sin huella (The Lost Weekend, Billy Wilder 1945,). En la Union Soviética ya se había escuchado un Theremin en Odna (Grigori Kozintsev, Leonid Trauberg 1931), unos quince años antes. Situándonos ya en nuestros tiempos, Tim Burton, en su archiconocida Mars Attacks! (ídem, 1996) le otorga un protagonismo evidente a este instrumento y prácticamente lo convierte, a modo de homenaje, en la solución final contra los extraterrestres durante el clímax de la película.

(5) En sus propios comentarios de la edición especial en DVD.

(6) El grueso del rodaje tuvo lugar en Century City, los monumentales decorados de la Twenty Century Fox. El trabajo de Wise se consideró excelente y llegó a sorprender a Zanuck, que por un tiempo creyó que se estaban utilizando exteriores naturales.

(7) El Ejército Estadounidense se negó a prestar sus equipos y servicios para el rodaje de dichas escenas y se tuvo que recurrir a la Guardia Nacional.

(8) Ultimátum deja una famosa “frase” para la posteridad, que ha sido profusamente utilizada a modo de homenaje: Klaatu, Barada, Nikto. No obstante, también la película encierra algún guiño para el espectador ya que, grabado en el cristal de la puerta de las oficinas donde trabaja Hugh Marlowe, nos encontramos el nombre del actor Richard Carlson, famoso por sus habituales papeles en cintas de ciencia ficción y misterio. It Came From Outer Space (Jack Arnold, 1953), La Mujer y el Monstruo (Creature from the Black Lagoon, Jack Arnold, 1954)) o El Valle de Gwangi (The Valley of Gwangi, Jim O\’Connolly ,1969) son algunas de sus apariciones mas conocidas por estos lares.

Daniel Morell Cortés

 

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