Regreso a la Tierra (This Island Earth, Joseph M. Newman, 1955)

Aunque a menudo se la considera como una de las grandes películas de ciencia ficción de la época, las incongruencias del guión, así como los diseños de las naves y las extravagantes pero simpáticas caracterizaciones de los extraterrestres, la dejan muy por debajo de otras películas de similares características como Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951) o Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956).

Después de un curioso incidente mientras pilota un avión militar, el doctor Cal Meacham empieza a recibir herramientas y objetos sorprendentes en su laboratorio. A partir de los mismos, y gracias a un curioso libro de instrucciones de misteriosa procedencia, consigue construir una máquina que le pone en contacto con un extravagante personaje albino, de protuberante frente, llamado Exeter. Este le invitará a una extraña colonia alejada de la civilización y habitada por los mejores científicos del planeta en su misma situación. Allí, nuestro protagonista se encontrará con Ruth Adams, una antigua compañera, también científica. Pronto descubrirán que su estancia en “el club”, como ellos lo llaman, es prácticamente un secuestro, orquestado por seres de un planeta agonizante que se verán obligados a conocer: Metaluna.

This Island Earth, rodada en 1955, obedece a una maniobra comercial por parte de una major, La Universal, por abordar el género de la ciencia ficción desde los grandes presupuestos. Un experimento que aunque resulte encantador visto ahora, no acabó de salir airoso en su momento. Pese a contar con técnicos y artistas de sobrada profesionalidad, la película nos deja por momentos una sensación de producto de encargo, acabado con prisas.

Así como los cicloramas y matte paintings (fondos pintados) son espectaculares y están a la altura de los utilizados en Planeta prohibido, la trama sorprende negativamente por su sencillez e incoherencia. Sin embargo, si algo la distancia del verdadero alud de películas de la época sobre invasiones extraterrestres son las pretensiones de los guionistas Franklin Cohen y Edward G. O´Callaghan. Éstos van un poco más allá que la mayoría de sus coetáneos e intentan introducir elementos de debate que no llegan a despegar en ningún momento con tanta fuerza como en el paradigma cinematográfico de la que podríamos llamar “ciencia ficción con mensaje”, la antes mencionada Ultimátum a la Tierra.

Ahora bien, si la película se aborda como una space opera sin más, nos encontraremos un producto muy agradable, rodado con el sistema de tres bandas de color llamado Technicolor (en una de las últimas ocasiones en que fue utilizado), que le confiere ese aire naïf con sus colores pastel, sus diseños estridentes y los dos grandes aciertos de la película: la ambientación del planeta Metaluna, apocalíptico y pesadillesco a partes iguales, diseñado por el ruso Alexander Gorlitz (responsable de la dirección artística de El Fantasma e la Opera de Arthur Lubin o de Espartaco de Stanley Kubrick) y la aparición, hacia el final de la cinta, de la casta inferior del planeta, una suerte de ser esclavo y monstruoso con cabeza de coliflor y grandes pinzas en lugar de manos, que sin lugar a dudas hará las delicias de los aficionados al género.

Pero -y esto es lo más sorprendente- a pesar de sus múltiples altibajos, se trata de una pequeña joya para el aficionado precisamente por ese sentido de la maravilla que se deja entrever continuamente, una de esas películas repletas de naves, combates, explosiones y surrealista verborrea “paracientifica” que vale la pena visionar con ojos inocentes y sonrisa de complicidad.

Dani Morell

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