The Broken (Sean Ellis, 2009)

Gina McVey (Lena Headey) se encuentra, casi de casualidad, con su doble exacta por la calle, momentos antes de tener un accidente de coche que le producirá una temporal pérdida de memoria. A partir de ese momento, una vez intente reiniciar su vida tal y donde la dejó, se dará cuenta de que algunas personas de su entorno se comportan de manera diferente, como si hubieran sido sustituidas por dobles. Mientras que inicialmente aceptará que se trata de una reacción de su mente tras el accidente, poco a poco irá descubriendo que efectivamente parece estar ocurriendo una revolución a través del espejo…

¿Han adivinado ya de qué película bebe en su planteamiento? Sí, efectivamente, del clásico de Don Siegel La invasión de los ladrones de cuerpos, que a su vez estaba basada en la novela de Jack Finney de mismo título, que, paralelamente, bebía mucho de Amos de títeres, de Robert Heinlein. El film de Siegel a su vez ha conocido diferentes remakes, cada uno situado en una época diferente y que trataron de adaptar, con mayor o menor fortuna, los miedos de la sociedad en forma de alienación La invasión de los ultracuerpos, de Philip Kaufman (que por cierto para el que firma es una de las mejores películas de todos los tiempos), de los excesos del poder militar (Body Snatchers, de Abel Ferrara), o simplemente en forma de rimbombante espectáculo (La Invasión, de Oliver Hirschbiegel). Eso sin contar la cantidad de invasiones marcianas, mujeres de Stepford (ya sean en cine o en saga telefilmera) y demás variantes al tema del döppelganger. 

¿Cuáles son las novedades que ofrece The Broken al tema de los sustitutos, más allá de que su temática sea una de las más sugerentes, ya no de la historia del cine, sino de la literatura, y casi de cualquier forma de arte? En principio, durante una parte del metraje, el juego de la posibilidad mental de la situación. ¿Y si los primeros minutos corresponden a un pasado imperfecto del personaje, y si realmente después del choque el cerebro de la atribulada protagonista ha readaptado a sus seres queridos a tal y como ella querría que fueran, y no como son realmente, con el resultante shock que ello le produce? El segundo, enlazando con la anterior, la irracionalidad de los dobles. Como si la realidad post-accidente se fuera comiendo, uno a uno, a los personajes que rodean la vida de Gina, su novio, su padre (Richard Jenkins, por cierto, de nuevo interpretando a un atribulado patriarca tras sus años como el fantasmal Nathaniel Fisher de A dos metros bajo tierra), su cuñada, etc. Como en una de aquellas historias cortas de una sola página de duración en la revista Cimoc, en la cual alguien llamaba al timbre de la casa de un hombre, éste abría la puerta, se encontraba consigo mismo, el visitante le soltaba “Hola, tu tiempo se ha acabado. He venido a sustituirte”, y lo mataba de inmediato. Si se trata de una realidad en proceso de adaptación, y en eso jugaría el fuerte carácter simbólico de la historia, los dobles carecen de motivo, no pertenecen a una invasión extraterrestre ni son robots creados para que todo sea perfecto, ni nada por el estilo. Forman parte de la auténtica realidad posterior del accidente, y reclaman su lugar. El tercer punto, ante el cual tengo que hacer completo mutis debido a que se trata de la revelación final del film, permite hacer encajar estas piezas como un engranaje, dejándose, eso sí, algún cabo suelto.

Estos cabos sueltos son los que dañan de sobremanera el film. No, no lo encontré carente de ritmo, como he leído y comentado en otros sitios, no se trata de una historia que funcione pisando el acelerador, simplemente navega a ritmo pausado. Pero su exceso de esteticismo sí daña los momentos más contundentes del film; las apariciones de los dobles no atemorizan, es más, casi da la sensación de que no pretendan hacerlo, provocando un distanciamiento entre acción y espectador que daña la narración y que provoca que uno entienda perfectamente -aunque no lo comparta- a los que techan al metraje de aburrido.

La catalogación final podría ser algo así como “imperfecta pero muy interesante”. Quizá demasiado ambiciosa para un director que contaba entonces con poca experiencia en el mundo del largometraje como Ellis, el cual de todos modos no deja de dibujar bastantes retazos de calidad durante el transcurso de la trama, sobre todo por la sensación de que el producto se ha facturado sobre el papel demasiado deprisa. Aún así se trata de una propuesta bastante novedosa sobre un tema del que nunca se ha dicho suficiente, pero que suele tener tendencia a repetirse.

Javier J. Valencia

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