Ready Player One (Steven Spielberg, 2018)

El maestro de la ciencia-ficción

Como muchos otros, mis inicios en el cine fantástico estuvo marcado por Steven Spielberg -aunque la primera película que recuerdo de dicho género es El mago de Oz (1939, Victor Fleming)-. La que abrió para mí el género terror fue Parque Jurásico (1993, Steven Spielberg) un film que si bien es verdad que no es totalmente de horror, marcó asombrosamente mi infancia con su circo temático de dinosaurios carnívoros descontrolados con ganas de devorar a todo humano que estuviese en su isla. Obviamente, y como no podía ser de otro modo, la secuencia del brazo de Samuel L. Jackson fue la que puso en mi la semilla del fanatismo de la serie B y el gore. Y con el paso del tiempo, ese fanatismo fue en aumento hasta el punto de llevarme a consumir cualquier tipo de película relacionada con el género fantástico como si se tratase de prácticamente una obligación por lo absolutamente prendado que estaba –y estoy- por él.

Ahora, después de veinte años desde aquel primer encuentro con Spielberg, ha traído un film con alma de videojuego que recupera toda la cultura pop de los ochenta –a pesar de que, grosso modo, hay homenajes a cualquier película relevante en el fantástico de otras décadas- y la fusiona con parte de la cultura videojueguil actual condensando todo ello en un único largometraje. Tomando como hilo conductor la novela homónima de Ernest Cline con el mismo nombre que la cinta, Ready Player One, Spielberg crea a su Matrix (1999, Lilly Wachowski, Lana Wachowski), Avatar (2009, James Cameron) o ExistenZ (1999, David Cronenberg) particular en la que los ciudadanos del año 2045 se conectan a una utopía virtual llamada Oasis para evadirse del oscuro mundo sombrío en el que habitan. Con una clara estructura narrativa sacada de la ya mencionada Avatar de Cameron, Spielberg da forma a un universo sin límites lleno de referencias, eastereggs –huevos de pascua- y cantidades ingentes de guiños tanto a películas como videojuegos que componen la ficción a la que escapamos cuando queremos evadirnos de nuestra realidad. Más que una película al uso, parece un viaje donde Spielberg ejerce de guía turístico mientras nosotros, como espectadores, gozamos como niños al ver a todos nuestros personajes favoritos compartiendo una misma puesta en escena; desde Freddy Krueger, Jason Voorhees o Chucky, hasta Mechagodzilla, Jack Torrance o la reciente Tracer de Overwatch.

Ready Player One, en ese sentido, se parece más a una experiencia audiovisual que no tanto a una película per se. Como ya he dicho, tiene un esqueleto similar al de otro films en los que los protagonistas de estos son transportados a un mundo paralelo ya sea vía gafas de realidad virtual o conexiones neuronales, para narrar su historia. Pero lo que Spielberg realmente busca aquí no es tanto que sigamos su trama, sino que nos perdamos en Oasis. Que igual que entran sus personajes en ese mundo alternativo para escapar de la realidad, también lo hagamos nosotros y podamos volver atrás en el tiempo y reunirnos con nuestros amigos ficticios con los que tantas y tantas horas hemos pasado frente a una pantalla. Y el director de la saga de Indiana Jones aprovecha eso para mostrarnos que lo que ocurre en Ready Player One no está tan lejos de nuestra actualidad. A día de hoy, nuestro conducto de escape es el móvil. Cualquier persona tiene uno, y siempre estamos conectados a él. Cada vez más estamos más aislados del mundo para prestar más atención a ese pequeño universo portátil en el que plasmamos nuestros pensamientos en Twitter, Facebook o Instagram. Spielberg quiere dejar a la vista que las relaciones entre personas, de un modo real y físico, se están perdiendo. Oasis, aquí, actúa como si fuera ese teléfono móvil; proporciona un seudónimo, una identidad con la que uno se sienta a gusto y un sinfín de comodidades para que consumamos sin parar de sus placeres ficticios. Es el mejor momento para que Ready Player One se estrene en cines para que el público, tanto de un modo directo o indirecto, pueda captar ese mensaje, pero es imposible que de algún modo pueda a llegar influenciar en ese estilo de vida del siglo XXI.

Sea como fuere, el nuevo film de Spielberg es una auténtica gozada. Una constante avalancha de nostalgia indescifrable que se hace entretenida hasta su último segundo. Si se dice que Vengadores: Infinity War será el crossover más ambicioso de la historia, lo que acaba de hacer Spielberg aquí debería ser el más ambicioso de la galaxia. Imposible salir descontento de la sala si realmente se ama al fantástico. Si Ready Player One se hubiera proyectado en el Festival internacional de cine fantástico de Sitges, su proyección de hubiera convertido en un pase histórico para los asistentes.

Xavi Mogrovejo

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