Moon (Duncan Jones, 2009)

Duncan Jones: “Siempre he sido un fan de las películas de ciencia-ficción. Para mí, la época dorada del cine de ciencia-ficción fueron los años 70 y principio de los años 80, cuando películas como Naves misteriosas, Alien el 8º pasajero, Blade Runner y Atmósfera cero contaban historias humanasque transcurrían en ambientes del futuro. Siempre quise hacer una película que pudiera encajar en ese cánon. Incuestionablemente, en estos días estas películas son cada vez menos frecuentes. No sé por qué, sin embargo, tengo una teoría: creo que en las dos últimas décadas los cineastas se han sentido algo avergonzados por el lado filosófico de la ciencia-ficción. Está bien eso de fascinarse frente a efectos increíbles y decir “ooooh” y “ahh” frente a paisajes extraordinarios, pero en ningún momento se supone que hay que tomárselo demasiado en serio. Nos hemos convencido de que la ciencia-ficción es frívola, para adolescentes. Nos han dicho que las viejas películas como Atmósfera cero y Naves misteriosas, eran demasiado lastimeras, demasiado quejumbrosas. Creo que eso es ridículo. Aquellos que aprecian la ciencia-ficción desean lo mejor para el mundo, pero entienden que tiene que existir una educación y que eso se logra investigando de entre los sucesos probables las peores hipótesis posibles.(1)

Una de las virtudes de varias de las obras más remarcables de la ciencia ficción es saber tomarle el pulso a la actualidad y a la vez, saber vislumbrar un futuro en torno al tema -o varios temas- de los cuales trate su historia. Ya saben, historias de anticipación. Así se han fabricado desde siempre los clásicos del género, ya fuera en algunos casos en un margen de actuación muy amplio, dibujando una sociedad futura (1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, por citar los dos ejemplos literarios más comunes y que han llegado a las estanterías de medio mundo “saltándose” el ghetto de la literatura fantástica), o en otros, señalando la problemática de las almas mortales el día de mañana, no importando tanto lo alejados que están en el tiempo de nuestros días, si no que permitieran un paralelismo adecuado con nuestro presente. Así lo hacían dos de los títulos que ha citado el director Duncan Jones como influencia más directa, Atmósfera Cero de Peter Hyams y Naves Misteriosas, de Douglas Trumbull. Este otro estilo de historia, mucho más intimista, centrada en los personajes y en sus relaciones con su entorno, que al contrario que en las historias del primer modelo, suelen estar alejadas de lo que está ocurriendo en la sociedad terrestre en ese momento. Los personajes están aislados, en naves que viajan por el espacio, o en estaciones lunares, pero no tienen un contacto directo con el día a día del planeta Tierra. Y, siguiendo un patrón clásico del género, se encuentran con un problema que por muchas galaxias y por muchos años luz de distancia que pongan tierra de por medio entre nosotros y ellos, reconocemos de inmediato. En esto, Moon, es un poco diferente, el conflicto de inmediato no lo reconocemos, se va cociendo a fuego lento, lo que resulta sumamente estimulante.

La parte que inmediatamente puede reconocer el espectador es la causa del problema. En este aspecto la película se hermana bastante con la tercera citada por Jones como influencia directa: Alien, el octavo pasajero, de Ridley Scott. No, no es que un monstruo de aspecto infernal persiga al personaje principal arriba y abajo por la estación lunar; recuerden el por qué la Nostromo terminaba por tener a la criatura en su nave: debido a una ambición por parte de un grupo de empresarios con muy poca consideración hacia otros seres humanos que creían en las posibilidades de explotación de aquello. Es en esto en lo que Moon lanza su paralelismo con el mundo real, de manera directa y sin contemplaciones. Por muy futurista que sea la historia, el cómo se llega a ella, al igual que en la genial obra de Scott, tiene una fuerte coherencia interna: la que proporciona el estado real, la ambición desmedida y el arribismo desatado de ciertas empresas corporativas capaces de lo que sea para enriquecerse más, maquillando la situación lo justo y necesario para que la conciencia de cada uno quede más o menos satisfecha: para eso existe GERTY, el robot que acompaña a nuestro protagonista y cuya voz es interpretada por Kevin Spacey. El robot ha sido diseñado para hacer más cómoda la vida del protagonista y ayudarle, siempre, le pida lo que le pida. Es fácil deducir que los que le dotaron de inteligencia artificial no valoraron la posibilidad de que suceda la cadena de eventos que se desarrolla en pantalla, lo que acabará siendo muy positivo para Bell –y provoca simpatía del espectador hacia GERTY-. Pero no hay que llevarse al engaño, si lo hubieran previsto o lo hubieran tenido en cuenta, probablemente el robot habría reaccionado de un modo bastante diferente durante todo el tramo final del film. Ni siquiera me extrañaría que a Nathan Parker (guionista de la obra, por cierto hijo de Alan Parker) le hubiera pasado por la cabeza tal posibilidad si hubiera preferido seguir por senderos más siniestros. Uno puede imaginarse una reunión de ejecutivos de la empresa que tiene contratado a Bell, justificando lo que están haciendo mostrando en power point diseños del robot, y finalmente aplaudiendo la propuesta. “No tendrá una vida tan dura, tendrá siempre a la máquina esta que cuidará de él. Vivirá mejor que nosotros”. Lo que sea, con el auto-engaño por delante, con tal de justificarse y empezar a enriquecerse.

Duncan Jones: Hace unos pocos años leí “Entering Space” escrita por el muy conocido ingeniero astronáutico, Robert Zubrin. Zubrin propone un caso científico y absolutamente atrapante de por qué y cómo la humanidad debería colonizar nuestro sistema solar. Era un acercamiento a la exploración espacial lleno de detalles prácticos y tomaba en cuenta el apetito fiscal que haría atractiva la colonización espacial a nuestro mundo capitalista. Uno de los primeros pasos recomendados era poner en marcha una mina de Helio-3 en la luna para extraer combustible para los generadores de energía de fusión. El libro realmente me impactó. No pude evitar pensar que el primer paso necesario para la vida en el espacio, un paso que habría de hacerse meramente por interés económico en lugar de puramente científico, era un conflicto de intereses fascinante. Las empresas por su naturaleza buscarían, por todos los medios, extraer el máximo de material crudo con el mínimo coste posible. Eso es, sencillamente, un buen negocio. Pero sin habitantes locales, sin grupos de derechos humanos para supervisar y mantener un ojo avizor en esos asuntos, ¿qué trataría de obtener una empresa? ¿Hasta dónde podría llegar incluso la corporación más benigna y ecologista? ¿Qué serían capaces de hacerle a un operario que habitara una base al otro lado de la luna?(1)

Tenemos la causa del problema, pero, ¿y éste? ¿tan grave es? No puedo referirme a él de manera misteriosa durante el resto del artículo, por lo que a partir de este punto cuento con que han visto la película, o que ya saben que es lo que ocurre pasado el primer tramo: de veras, si no lo saben, esperen a verla y retomen la lectura de este texto a su regreso, por que no querría fastidiar a nadie lo raro que se le queda a uno el cuerpo una vez Sam Bell se recupera de sus heridas tras su pequeño accidente con su vehículo en terreno abierto lunar.

Sam Bell es el único operario de una estación lunar, dedicada a la explotación minera y energética, y como compañía tiene a un robot, GERTY, que le hace de ama de llaves, de empleado fiel y hasta de amigo, siendo la única voz que puede escuchar y que siempre tiene una palabra amable hacia él. Está a punto de finalizar el contrato de tres años y se muere de ganas de volver a la Tierra, con su mujer y su hija. No cesa de soñar con los recuerdos que tiene de la primera, pero de un modo un tanto extraño, puesto que empieza a verse a si mismo en tercera persona, como si fuera otro Sam Bell el que ha estado ahí, y no él. Y al poco empieza a tener visiones de una chica adolescente que se le aparece y a la que no reconoce. Durante una exploración del terreno a bordo de un vehículo, en las afueras de la estación, vuelve a tener una visión de la joven y su vehículo se estrella. Cuando se recupera, descubre que ha sido salvado por otra persona. Él mismo.

El primer arco de la película es la situación entre los dos Sam Bell. El primero, el que hemos conocido durante la primera parte del film, mucho más sosegado y pacífico, más tranquilo y que empieza a enfermar a un ritmo vertiginoso al poco del momento de encontrase “consigo mismo”, y el segundo, mucho más espontáneo, más violento y con más energía, y mucho más frustrado con la situación. La primera reacción de ambos será la de creer que uno es un clon del otro, que él es el verdadero. Pero no será una situación que dure mucho tiempo. El guión, como ya he mencionado, es muy inteligente y se detiene lo justo y necesario en cada situación. Tiene momentos de muchísima tristeza, juega un poco con el espectador generando momentos muy emotivos, pero no termina de hacerlos estallar. Jones va al grano, y no le interesa tampoco demasiado cebarse con el sufrimiento de los “hermanos Bell”, provocando ya de paso un derroche de lágrimas en las plateas: detiene siempre las escenas en su momento justo, y pasa a otra cosa. El espectador ya sabe lo durísima que es la situación para los dos personajes, ya empieza a intuir el significado de los sueños y la degeneración del primer Sam, acaba por descubrir quien es la mujer de las visiones de Bell, y ello ya basta por sí mismo para clavarse en los ojos del espectador como una espada.

Y es aquí donde GERTY pasa a convertirse en otro de esos robots que probablemente será recordado en el futuro como uno especialmente encantador, lástima que para convertirse en robot icónico debería tener un aspecto físico un poco menos “realista” y más identificable para el espectador, por suerte juegan con diferentes “emoticons” en pantalla para diferenciar sus estados de ánimo como si fueran su rostro. Sin ser la solución más brillante ni la cosa más imaginativa del film precisamente, sí al menos es efectiva, y del resto ya se encarga Kevin Spacey. GERTY ha sido programado tan concienzudamente para preocuparse por la salud de “los” Bell, que incluso les ayuda a descubrir el penúltimo misterio. Si es usted un espectador especialmente romántico que cree que GERTY también tiene su propio viaje y desarrolla su propia personalidad y alma, y que ayuda a los Bell por amor está en su derecho, yo ya he expuesto lo que pienso de él más arriba y lo creo más acorde con el “realismo futurista” de la película. Finalmente los Bell descubrirán la verdad sobre su condición y tomarán cartas en el asunto, dejando alguna pequeña puerta abierta que según declaraciones de Jones deberían haberse resuelto en su proyecto no realizado en Mute (que finalmente dejó de lado en pos de la estupenda Código fuente y que no parece que vaya a retomar en breve dedicado a la adaptación de Warcraft y al biopic de Ian Fleming). Aunque tampoco hubiera sido una secuela de Moon si hubiera sucedido en el mismo universo y habría tenido un cameo de Sam Rockwell donde presumiblemente se nos cerraría esa pequeña puerta.

Es precisamente el final de Moon lo peor de un film extraordinario: resulta muy precipitado resolver todo en un único plano y con una voz en off. En todo caso, ya se sabe, es más importante el viaje realizado, y el “contenido” de esa voz en off sí es satisfactorio. Mucho. La ambición del ser humano por enriquecerse a costa de otros es siempre, en el fondo, se disfrace de lo que se disfrace, lo que genera los crímenes contra la humanidad.

(1) Declaraciones en la rueda de prensa del Festival de Sitges 2009.

Javier J. Valencia

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2 respuestas a Moon (Duncan Jones, 2009)

  1. Bàrbara dijo:

    Excelente post.
    Gracias 🙂

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