El corredor del laberinto (The Maze Runner, Wes Ball, 2014)

Como alguien que pasó su infancia leyendo novelas de fantasía y ciencia ficción dedicadas al público juvenil, tengo una especial curiosidad por los derroteros que está tomando la industria estos últimos años, sobre todo considerando que el hecho de que la gente más joven lea algo en estos tiempos es ya un triunfo considerable. Los grandes estudios van a la caza de adaptaciones de estos libros desde el éxito fulgurante de Harry Potter a principios de la década pasada pero fue con Crepúsculo (2008) cuando la fórmula ha dado el boom definitivo; es decir, hacer una primera parte y esperar que el tirón del público permita adaptar todas las novelas de la serie. Y si hay suerte, dividir la última entrega en dos partes como hizo Harry Potter y forrarse. Y aunque de momento la cosa va tirando, franquicias de esta índole como La brújula dorada y Cazadores de sombras han mordido el polvo por el camino (no obstante, esta última aún tiene esperanzas de volver a las salas de cine), ya que es difícil destacar entre tantos Juegos del hambre, Percy Jacksons y Divergentes acaparando el mercado.

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Eso mismo pensaba yo sobre la adaptación de la novela El corredor del laberinto de James Dashner, que a lo mejor llegaba tarde. Pero por lo visto  FOX no se ha esperado a ver si va bien en taquilla; el día 4 de septiembre se confirmó que la secuela ya está en pre-producción, lo que demuestra que confían en que la cosa salga bien. O no les ha salido muy cara; 30 millones de dólares frente a los 85 que costó Divergente es una buena señal de esto. Y con un reparto muy joven y poco conocido compuesto por un montón de británicos y algún que otro yanqui no creo que el dinero se les haya ido en sueldos muy altos.

La verdad es que el escenario en donde tiene lugar la acción se presta al gasto reducido: en un año futuro indeterminado, un chico llamado Thomas (Dylan O’Brien, el nuevo Stiles de la serie Teen Wolf) despierta en un montacargas sin recordar nada de su pasado. Cada mes, un chico nuevo sube en las mismas condiciones a un claro de bosque rodeado por las murallas de un enorme laberinto que se abre por la mañana y se cierra por la noche. Allí todos los chavales se han adjudicado tareas para sobrevivir con las herramientas que les deja el montacargas, las cuales tienen un logotipo que reza WICKED (Cruel) y no saben de dónde vienen. Algunos de los chicos se convierten en corredores, explorando el laberinto por las mañanas para encontrar una salida, pero en tres años nadie ha conseguido encontrarla. Por si fuera poco, unos seres cibernéticos llamados laceradores los cazan al caer la noche y muchos han muerto atrapados en los muros de la estructura. Thomas empieza a tener sueños sobre su vida anterior al laberinto y dentro de él va creciendo la obsesión por escapar y descubrir quién les ha hecho eso, pero esta ambición choca con la autoridad de Gally, el matón de la tribu (Will Poulter, en un papel muy alejado del chico blandito que hacía en Somos los Miller). Y la cosa se complica cuando llega el último miembro del grupo que ha enviado WICKED, Teresa (Kaya Scodelario, habitual de la serie Skins), una chica que parece conocer a Thomas de antes.

Cuando uno ya empieza a pintar canas y esta historia de gente sin memoria en una estructura a lo Cube ya la ha visto decenas de veces, El corredor del laberinto no sorprende mucho. Está claro que yo no soy su target, de eso no hay duda. Pero lo que sí consigue es entretener de manera competente durante sus 113 minutos con buen ritmo y la verdad es que los chavales le ponen ganas a sus actuaciones, y más cuando aquí no tienen a ningún actor o actriz más mayor y curtido para darles la réplica como si ocurre en Los juegos del hambre. Y siguiendo con las comparaciones (que imagino levantarán ampollas en los fandoms adolescentes, ay la juventud) si a Los juegos del hambre: en llamas (2013) le quitamos toda esa pomposidad trascendental de muchas de sus escenas, media hora de relleno y dejamos intacta la parte de la acción en aquel bosque lleno de trampas, nos queda esta película. Y con una revelación final en la que se dan las respuestas justitas para querer secuela, el director sabía muy bien lo que hacía. No en vano vendió el proyecto a la productora como “un cruce entre El señor de las moscas y Perdidos” (me encantan estos high concepts atrapa-ejecutivos). Así que ya podemos esperar más aventuras (y más caras, por lo que pinta en el final) de estos personajes.

Victor Castillo

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