El hombre de acero (Man of Steel, Zack Snyder, 2013)

Parece que finalmente DC/ Warner, después de varios pasos en falso, ha encontrado el tono para llevar a la pantalla grande el vasto universo comiquero de la legendaria editorial. Quedan atrás despropósitos como Linterna verde –claro movimiento en pos de imitar el estilo de su rival en la gran pantalla, la no menos mítica Marvel, mezclando acción ligera, drama ligero y humor ligero, solo que no encontraron las claves adecuadas para la fórmula y de buscar la ligereza les salió desbravada-, Jonah Hex –una verdadera desgracia para un personaje con posibilidades y un buen reparto desaprovechado en un guión inconexo y un montaje realizado por un simio- o Catwoman –tan estúpida que provoca una mezcla entre risa y vergüenza ajena-. Y las claves estaban ya en las salas reales de tan prestigiosa casa, la ya legendaria trilogía sobre el hombre murciélago perpetrada por Christopher Nolan. Tan excelsas que incluso rompieron la barrera entre el cine hollywoodiense que adora la crítica y a la vez es aceptado por el populacho, pero de un tono tan suntuoso y con un intento de buscar una asociación inmediata con el mundo real (que no es lo mismo que decir que intentan ser realistas, como me he hartado de leer los últimos ocho años. Por favor, es Batman, piensen lo que están diciendo) que a su vez las convertían en poco apetecibles para significar el pistoletazo de salida del Universo DC en el universo del celuloide, al menos para lograr abarcar un público tan extenso como su rival.

Hasta que por fin, desde Warner, a algún iluminado se le ocurrió que aunque sucediera en un universo ajeno a lo que pretendían para llegar a un público verdaderamente masivo, el estilo de los Batmans Nolanescos no era en esencia tan lejano de lo que pretendían. Ellos eran DC, su liga (su Liga) es la de los Dioses que caminan en la Tierra entre los humanos, no la de aquellos que realmente tienen más importancia para el público cuando se quitan sus máscaras, cascos o caretas (igualmente apasionante es una cosa como la otra, siempre con los escritores adecuados, claro). Rellenar de chistecitos y aventuras juveniles sus propuestas no iba con ellos (y más si pretendes emular el carisma de Robert Downey Jr., por ejemplo, con el de medianías tipo Ryan Reynolds). Sus personajes deberían tener un viaje con aventuras presuntamente trascendentes, rebajando la comedia, aumentando –aunque en ocasiones sea un efecto ilusorio- el viaje del héroe, pero sin llegar a los límites de seriedad de Nolan, que tiene un talento enorme y me parece un director de primerísima categoría, pero tiende a ponerse solemne como una misa. ¿Se podría encontrar un Nolan menos Nolan? ¿Con un director, tal vez que conecte mucho mejor con las plateas adolescentes?

Zack Snyder ya se había encargado de llevar a la gran pantalla Watchmen, la obra cumbre del cómic de superhéroes por los siglos de los siglos, y logró incomodar no realmente por no ser fiel a la obra de Alan Moore –que lo era, hasta el punto de que el DVD del filme podría ser un bonito bonus en la compra de un álbum recopilatorio del cómic… pero nunca al revés. Hasta a ese punto llegaba su respeto- si no por no saber el darle, del todo, el tono y la ambientación que requería la obra. La puesta en escena era correcta, el reparto adecuado y el guión un ejemplar condensado, pero su banda sonora –excesivamente representativa de un tiempo, de un lugar– sus churretosas escenas de acción –son lo peor del filme, sin duda, y serán su principal causa de envejecimiento, si no lo son ya mismo- y su acartonado ritmo –la fidelidad no debe permitir nunca fastidiar la flexibilidad- impedían elevarla realmente del todo a la categoría de clásico del género en el mundo del cine.

Sin embargo, si sabe conectar con un público joven a unos niveles que solo parecen estar al alcance de unos pocos que realmente saben conjugar lo que quieren ver los habituales jugadores de videojuegos –un inmenso porcentaje del target juvenil, las cosas como son- con los espectadores más palomiteros, casi cercano a lo que suele lograr –en pos a sus recepciones populares- Paul W.S. Anderson: PlayStation, montaje MTV, música atronadora y una –a mi parecer insoportable- estética como la que destilaba en Sucker Punch el señor Snyder. ¿Se pueden unir dos estilos tan aparentemente dispares como los de Nolan, co-escribiendo el guión con el habitual guionista de adaptaciones al cómic –y de los mismos cómics- David S. Goyer-, con los de Snyder detrás de las cámaras?

La respuesta es un , pero cargado de matices. Sí, principalmente, la película cumple su objetivo, es un apañado reinicio de la franquicia del último hijo de Krypton, pero también es una pizarra en blanco para introducir a toda la nómina de personajes de la editorial –al menos a tenor de las veces que reiteran de que a partir de la aparición del primero de los superhombres todo va a cambiar-. Hace borrón y cuenta nueva con la continuidad anterior, quedando el denostado Superman Returns como el canto de cisne de la saga iniciada por Richard Donner con el inolvidable Christopher Reeve a la cabeza, y moderniza al personaje incluyendo elementos que ya habían ido apareciendo en los cómics más recientes de la compañía –que cada día parece más centrada en que las historietas sean un banco de pruebas para la futura explotación cinematográfica de los personajes, en detrimento que la calidad de sus obras, lo que está provocando una auténtica estampida de sus autores más populares- para intentar acercarlo a ese público joven que miraba a Superman como el que miraba la antigualla preferida de su padre, o incluso abuelo.

Para ello se le ha otorgado un presunto aire introspectivo al viaje de descubrimiento de Kal-El, y al contrario que en otras versiones del hombre del mañana se han centrado casi en su totalidad en el desarrollo de su personaje en pos de dejar bastante de lado la mitología del mismo. Muy parecido a lo que Nolan ya hizo en Batman Begins, esperando a contar más adelante más detalles del rico mundo que envuelve al personaje. Sí, tenemos a una Lois Lane perfectamente interpretada por Amy Adams, bastante más acertada que en la horrible periodista de Kate Bosworth de Superman Returns –uno creía que el Clark de Reeve amaba a la Lois de Margot Kidder por su radiante y espontánea humanidad, hasta llegar al punto de que deseara ser humano para pasar su existencia a su lado… sin embargo, la fría y apática super-modelo de la película de Singer enviaba al traste este concepto-, mostrando retazos de su personalidad -valiente, honesta, desinteresada- dando por sentado o que el espectador ya sabe quién es o que de todos modos esto es en cierto modo un episodio piloto. También al Daily Planet, dirigido por Perry White, interpretado por un creíble Laurence Fishburne, que sin embargo quizá para ser el primer contacto con el personaje hacen mostrar su lado menos integro en lo laboral (se alía con la teoría representada por Jonathan Kent en la película según la cual el último hijo de Krypton debería mantenerse en el anonimato debido al cambio, social, religioso y moral, que tendría en el mundo entero. Comprensible, sí, pero no muy bonito de escuchar de boca de un editor de un periódico que aboga la verdad por encima de todo) pero más heroico en lo humano, llegando a jugarse el cuello por salvar a una de sus periodistas en una intensa y apocalíptica escena. No tenemos –de momento- a Jimmy Olsen, pero si a Steve Lombard, interpretado por Michael Kelly, el en ocasiones antipático redactor de deportes del Planet siempre intentando conquistar a Lane y –en los cómics- intentando dejar en ridículo a Kent.

Pero la película habla esencialmente sobre su protagonista y para ello los dos elementos más importantes de la mitología del personaje son sus sendas figuras paternas. Por un lado tenemos a un Jonathan Kent interpretado por Kevin Costner del cual nos muestran excesivamente su temor a que Clark muestre su verdadero yo al resto del mundo y apenas nada más… ningún retazo de la inculcación de valores que en teoría son los que hacen a Superman ser como es, salvo en la desigual escena de su sacrificio. Desigual por que por el lado positivo, es una muestra de humanidad al máximo al arriesgar su vida por salvar a la de su perro, un acto que logra vislumbrar el hombre que hay en el patriarca de la familia aunque no lo llegamos a conocer realmente. En el lado negativo, por que también muestra a un Clark incapaz de tomar una decisión tan importante como la de salvar su vida. Igual hay un subtexto malicioso que nos indica que Superman es capaz de acatar cualquier orden de lo que él considere un superior por estúpida que sea, no lo se. Mejor en ese sentido se muestra Jor-El, un correcto Russel Crowe, en la representación holográfica de la conciencia de su verdadero padre (un truco que por cierto ya fue utilizado por el guionista David S. Goyer en la magnífica serie de cómic Starman de James Robinson), que parece mostrar las diferentes caras que puede tener un kryptoniano desde el punto de vista terrestre (liberador, colonizador, conquistador) para finalmente mostrar que su verdadero mensaje implica hacia Clark el otorgarle el libre albedrío. Una diferenciación bastante fuerte entre los dos padres, uno trata de imponer su voluntad mientras el otro intenta darle a su hijo el poder de decisión. No por que tenga sentido (que lo tiene) no deja de dar un poco de lástima por el pobre Jonathan.

De todos modos todo en los episodios centrados en el pasado de Clark en Smallville está un poco desdibujado y apenas conocemos los aspectos más frustrantes de su juventud, cuando en las versiones previas y también en el cómic siempre hubo muchos momentos de felicidad, pandillas de amigos y demás. Es muy peligroso mostrar a un adolescente que va acumulando rabia y pretender luego decirnos que se va a convertir en el salvador de la humanidad. También deberían mostrarnos un poco que por qué ama a los seres humanos y por que se siente uno de ellos, y aquí no lo hacen. Se supone que pasa entre escenas –apenas vislumbramos a una pre-púber Lana Lang y un brevísimo conato de amistad con su colega en los tebeos Pete Ross-, pero en ocasiones el guión peca o de básico, o de obvio. Tampoco termina de estar muy dibujada la Martha Kent de Diane Lane, pero al menos en su interpretación si logra irradiar compasión y bondad y en ese sentido resulta al menos para el espectador bastante más inspiradora que Jonathan y si se puede ver en ella algún pequeño matiz de la conducta del futuro superhéroe.

Precisamente el villano de la función, el general Zod, resulta más bien la némesis de Jor-El que la de su hijo –aunque finalmente se podría terminar aplicando que es lo opuesto de la ideología de la casa de El-, al ser un militar autoritario y totalitario que precisamente lo del libre albedrío como que no lo tolera demasiado bien. El actor que le da vida es el formidable Michael Shannon, uno de los mejores actores del momento y que sin embargo no termina de otorgarle a Zod la cantidad de matices que sí ha dado a sus personajes de películas y series como Take Shelter o Boardwalk Empire. Viene muy bien secundado por Antje Traue dando vida a su acólita Faora, que al tratarse de un personaje sin necesidad de tener apenas desarrollo puede limitarse a ser inquietantemente sexy y muy, muy violenta. El otro gran ausente de la mitología es el inimitable Lex Luthor, pero un camión con el logo de su empresa nos da a entender que está ahí, en alguna parte. Aunque me encanta el personaje, también aplaudo la idea de sentarlo por una vez en el banquillo y tratar de encontrar otras fórmulas para enfrentar a retos al personaje, que la galería de villanos del Supes en el cine siempre está muy denostada y los tiene para dar y tomar.

Por que violencia, la película, la tiene para rato. Violencia reconvertida en espectáculo hollywoodiense. La película también narra el advenimiento del superhombre y los habitantes del mundo ya pueden irse preparando a vivir en ciudades que van a ser asoladas por extraterrestres, villanos y magnates megalomaníacos. Aunque haya recibido críticas en este aspecto, las destrucciones de edificios en Smallville y Metropolis son puro cómic. Los habitantes de estos universos viven en un estado de guerra constante y al contrario que en el previo enfrentamiento contra el Zod de Terence Stamp en Superman 2, o en la más amable Los vengadores, aquí si nos muestra la repercusión que tiene la batalla en la ciudad, como si fuera un miembro más del reparto. Por otro lado, las tecnologías de hoy en día por fin permiten ver cosas de Superman que solo puede hacer Superman, (otro de los grandes errores que tenía la versión de Singer, que se quedaba absolutamente corta en este aspecto). Por lo tanto tenemos intensas batallas con super-velocidad, super-fuerza, visión calorífica y una sarta de guantazos bastante impresionantes. Están dirigidas con nervio y bastante mejor narradas de lo que se comenta por ahí. Y por suerte Snyder esta vez se olvida de los ralentís y demás recursos chapuceros. Y también se nota la mano de Nolan, dividiendo el largo e intensísimo capítulo final en diferentes tramas, como tanto le suele gustar al director de Memento, todas ellas intensas y muy bien interconectadas. La banda sonora también tiene retazos del trabajo de Hans Zimmer en los Batmans de Nolan, al evitar las fanfarrias y los himnos y centrarse más en evocar en los momentos más dramáticos, siendo totalmente contundente cuando se trata de acompañar la narración de acción.

Por último, Henry Cavill aprueba con nota su primer contacto con el personaje. Ha tenido algo de suerte al no tener que enfrentarse a dos distintos, debido que en este filme Clark y Kal-El son una unidad y todavía no se ha tenido que disfrazar, pero da totalmente el tipo como Superman, mostrándose casi religiosamente calmado en momentos en los que otros superhéroes de pondrían a lanzar rayos sin cesar, paciente, sensible y muy, muy cabreado cuando se enfada. Si funcionará en las presumibles secuelas desdoblando su papel, es otro cantar, que el mérito de Christopher Reeve aumenta cada vez que uno visiona versiones del personaje interpretada por actores que son incapaces de repetir lo de hacerte creer que con unas gafas y un cambio de peinado, estás hablando con un tipo totalmente distinto.

El resultado en general es digno. Ha acertado con el tono, aunque quizá debería de trabajar un poco más la sutileza en el guión. No sale uno con la sensación de haber visto una película de aventuritas ligera de cascos como se viene dando demasiado a menudo en el cine de superhéroes últimamente, pero sí de haber visto una correcta película que tenía intenciones de ser excelente y no lo ha conseguido. Como en este tipo de casos ya se destila el empezar a pensar en sagas más que en películas cerradas, como primer paso es prometedor, pero como filme de dos horas y media le falta solidez.

Javier J. Valencia

 

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