La vida futura (William Cameron Menzies, 1936)

Se comenta que H. G. Wells, uno de los máximos precursores de la literatura de ciencia ficción tal como hoy la conocemos, tuvo prácticamente las manos libres para abordar esta película basada en una propia novela anterior: The Shape of Things to Come. No es de extrañar que el escritor aprovechara la plataforma que se había ganado a pulso para imprimir en ella su discurso social, basado en el socialismo utópico.

Para la dirección se contó con el debutante William Cameron Menzies, responsable de otro recordado clásico de la ciencia ficción con un tono muy diferente, Invaders From Mars, de 1953. Menzies, que provenía del campo de la dirección artística, puso precisamente una especial atención en los aspectos artísticos y técnicos de la película, como se puede comprobar con el espectacular resultado final. El director también contó con un presupuesto holgado y los espectaculares diseños vanguardistas de Vincent Korda y László Moholy-Nagy, uno de los máximos representantes de la escuela de la Bauhaus.

La vida futura es, primero de todo, un canto al progreso de la humanidad y un fuerte alegato antibelicista estructurado en cuatro partes diferenciadas. Casi un siglo transcurre ante nuestros ojos a lo largo de la más de hora y media que dura la película. Olvidémonos entonces de otro protagonista que no sea la propia humanidad en sí, representada por el pueblo de Everytown. Aunque el hilo conductor lo lleve John Cabal (Raymond Massey) y uno de sus descendientes, interpretado por el mismo actor (muchos lo recodarán por su interpretación de “clon de Boris Karloff” en Arsénico por compasión), lo que nos interesa en la película es el progreso del ser humano como tal. Para reforzarlo, en ningún momento se nos explica quiénes son los enemigos en la contienda -aunque quede bastante claro- y Everytown, pese a ser Inglaterra, es un pueblo imaginario.

La primera parte de la película sucede antes que la humanidad alcance la utopia que tanto anhela Wells. Contra lo que cabria esperar en una película futurista, es la más lograda a nivel visual. Los planos de la ciudad al borde de la guerra, picados, contrapicados y aberrados, en los que vemos el tranquilo y rutinario discurrir de la urbe, literalmente empapelada y repleta de Hombres-anuncio y periódicos que advierten la inminente llegada de la guerra en grandes tipografías, son soberbias y dejan huella en el espectador.

Más adelante, y una vez empezada la inevitable contienda armada que Wells ciertamente profetizó ante las burlas de sus compañeros, la fotografía y los encuadres se cargan, aun más si cabe, de simbolismo. No en vano, lo primero que cae destruido ante las bombas es el cine de la ciudad, todo un símbolo del progreso. También la brillante escena en la que el niño desfila imitando a su padre recientemente movilizado, mientras las siluetas de los soldados de verdad ocupan amenazadoramente toda la pantalla, aparte de contener una gran carga metafórica, ejemplifica de nuevo lo que comentamos. Todo ello nos prepara para contemplar las cada vez más vibrantes imágenes cargadas de fuerza que nos esperan durante el metraje. Unas visiones casi expresionistas, y hacia el final, muy influenciadas por el vanguardismo europeo.

Así llegamos, sin duda, al momento más interesante del film, el único en el cual conviven a la vez dos tipos de sociedades, la postapocalíptica y atrasada Everytown, que ha retrocedido hasta la barbarie, y la avanzada y civilizada “Comunicación Mundial”, que llega representada por Cabal en un moderno avión cuando en ésta aún se arrastran los antiguos coches de caballos y se producen batallas con otros clanes por conseguir un poco de carbón.

A partir de este momento la película, sin decaer en absoluto, se inclina más por la utopía social y nos deja frases del calibre de “Somos la hermandad de la eficiencia. La masonería de la ciencia. Somos el baluarte de la civilización, cuando todo ha fracasado”. O ya más abiertamente políticas como “Nosotros nos dirigimos solos “¡pobre patrón, con sus banderas y sus locuras!”, todas ellas pronunciadas por Cabal en su cruzada por el progreso. Así pues, nuestro protagonista parece ser el superhombre del futuro idealizado por Wells, para el cual han caído todos los prejuicios mientras conduce al hombre hacia cotas más elevadas.

Es hacia el final de la cinta cuando podremos ver la parte más esperada de la película, aunque no por ello la más interesante a nivel narrativo: La Everytown del futuro, con sus gentes de vida armónica, con sus impolutos muebles transparentes y sus eficientes rampas, tubos y pasarelas, que han dejado huella en la historia del cine. En ella, la humanidad aún se planteará nuevos y definitivos debates sobre su progreso…

Esta maravilla cinematográfica es un ejemplo de planificación, montaje y fotografía impecable. A su vez, se trata de una brillante especulación futurista, que pese a verse superada por el propio paso de los años, mantiene muchos de sus postulados vigentes. A menudo injustamente olvidada, se trata junto a Metropolis (Fritz Lang, 1927) de una obra imprescindible para entender la ciencia ficción actual.

Dani Morell

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