Kamikaze 1999: El último combate (Le dernier combat, Luc Besson,1983)

La sombra de Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera (Mad Max 2: The Road Warrior, 1981) fue muy alargada durante la década de los 80. Explotaciones tan cercanas como las de Enzo Castellari (Los Nuevos Bárbaros, 1982) o tan lejanas como el manga Hokuto no Ken (El Puño de la Estrella del Norte, 1983) dan constancia de la magnitud del fenómeno.

C’est l’Apocalypse!

Le Dernier Combat, la opera prima del realizador francés Luc Besson, es una de las obras más peculiares derivadas de esta fiebre por lo post-apocalíptico. Se podría incluso considerar como una “miniaturización” de los conceptos presentados en el film de Miller pero claro está, a la manera francesa de su nueva ola cinematográfica de los 80. De hecho nos está explicando lo mismo; un superviviente que se refugia en un lugar fortificado en el que aún existe un atisbo de ciencia en el Apocalipsis, y que se debe enfrentar con su astucia a antagonistas que solo usan su fuerza física. Eso sí, mientras que ésta tiene algunas escenas en las que no hay ningún diálogo, el film de Besson escoge no utilizar ninguno en todo su metraje.

Esto, junto a la fotografía en blanco y negro y la música del que se convertiría en su colaborador habitual, Eric Serra, hacen que Le Dernier Combat sobresalga entre los otras películas post-apocalípticas de la época. Es una muestra de ciencia ficción que mezcla la ya citada Mad Max 2 con los tebeos de 2000 AD y sobre todo con los de Metal Hurlant, la publicación mensual en donde se popularizarían artistas franceses como Moebius. El film tiene ese deje de ciencia ficción descontextualizada y de difícil acceso a la que esos cómics nos tenían acostumbrados; todo se da por sabido o se pretende que el espectador lo intuya; sabemos que es una historia post-apocalíptica por el aspecto de la escenografía, ¿pero que pasa con la mudez de los personajes? ¿Y esa escena en la que llueven peces? ¿Y la escasez de mujeres? Parte de la magia del film reside en ese discurso implícito, y si el espectador se hace cómplice de el no tendrá ningún problema.

Los personajes están retratados de una manera muy primaria, no son nada más que arquetipos definidos por una característica muy marcada. “El Hombre Astuto”. “El Bruto”. “El Doctor”. Aún así, y gracias a la ausencia de diálogo, los actores les dan vida de una manera muy convincente con su leguaje corporal y sus expresiones faciales. Toda la parte central, en la que se desarrolla la amistad entre el Hombre y el Doctor brilla especialmente por la emotividad con la que se desarrollan las escenas entre los dos; el Doctor y sus pinturas rupestres en la pared y usando al Hombre de modelo, el como este vuelve a caminar después de su herida, o como el primero le lleva a ver a la mujer que tiene retenida.

El género femenino está casi ausente en toda la película y representado como trofeo, como objeto a conseguir. Ese comportamiento primario, casi prehistórico (¿de ahí lo de las pinturas rupestres?) no solo hacia el otro género sino hacia las necesidades en general está muy presente en toda la película. El Hombre necesita compañía femenina y un lugar donde vivir y el Bruto solo quiere imponerse a los demás físicamente. Solo el Doctor presenta un interés en hacer algo constructivo pero también tiene momentos en los que se guía por sus instintos. El final de la película solo remarca esos comportamientos; solo el más apto sobrevivirá y se llevará el premio femenino, aunque no de la manera que esperaba.

Pese a mostrar ese síndrome del “voy a hacer algo diferente y rompedor” del que adolecen muchas operas primas, Le Dernier Combat sale airoso como film de ciencia ficción de bajo presupuesto. Sabe cuales son sus influencias y las explota muy bien, tiene un acabado técnico más que correcto y una hábil puesta en escena pese a sus carencias que le otorgaron numerosos galardones, entre ellos un premio César a mejor opera prima y a mejor película en el festival de Sitges de 1983.

Victor Castillo

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