Her (Spike Jonze, 2013)

Nadie puede salir de su individualidad.”
Arthur Schopenhauer

Al final de todo, más allá de nuestra familia, más allá de todas las amistades que podamos tener, detrás incluso de nuestra pareja con la que compartamos casi todas las horas del día… estamos solos. Solos con nuestra propia interioridad, y resulta casi imposible que se pueda derribar ese muro entre mi yo y cualquier otro sujeto. Por eso finalmente siempre acabamos nosotros mismos comiéndonos nuestra propia mierda, porque al fin y al cabo nadie más puede entenderla… porque nadie más puede atravesar ese muro. Spike Jonze en Her ha reunido toda una serie de cuestiones referentes al individualismo del ciudadano actual, a la relación ser humano-tecnología y a la alienación fuera de la sociabilidad, y con ellas ha cocinado una poética fábula futurista sobre la voluntad de los individuos por conectar con otros y la inherente incapacidad de hacerlo. Tal y como dice M. Dargis del The New York Times en su crítica: “En ‘Her’ la gran pregunta no es si las máquinas pueden pensar, sino si los seres humanos aún pueden sentir”.

Ese muro que separa a cada una de nuestras individualidades del resto es un muro casi irrompible porque solamente desde nuestro propio interior podemos comprenderlo. Pero ¿qué sucedería si un sistema operativo avanzadamente programado fuera capaz de conocernos y comprendernos igual o incluso mejor que nosotros mismos? Un programa capaz de analizarnos y evolucionar como ser vivo al paso de los días junto a nosotros, conviviendo no sólo con nuestra vida cotidiana sino sobre todo con nuestra vida interior, con nuestras reflexiones, con nuestros miedos, bloqueos y represiones… Esta es la base del film. Her nos presenta una sociedad futurista en la que las relaciones sociales están intrínsecamente unidas a la tecnología y en la que los individuos viven en una especie de parsimonioso silencio vital, caminando de casa al trabajo y del trabajo a casa, conectados a todo y a todos a través de sus aparatos móviles pero sin necesidad de relacionarse con todos aquellos con los que se cruzan. No es un futuro oscuro ni distópicamente vil en la alienación del individuo, es más bien un futuro extrañamente apacible, sencillo, humilde y cordial, tremendamente cordial; algo así como un luminoso reverso afable de la sociedad de La naranja mecánica. Los sujetos visten colores crema y pastel que decoran una urbe en la que no parece ocurrir nunca nada. Y así las olas de ciudadanos van y vienen, van y vienen.

Entre todos ellos conocemos a Theodore (Joaquin Phoenix), un escritor que trabaja en una empresa dedicada a escribir cartas (de amor, amistad, condolencia…) para parejas, familias, matrimonios, etc. Theodore, aparte de tener una buena amistad con su vecina Amy (Amy Adams), no está en un momento de relacionarse mucho con nadie; recientemente se ha separado de su mujer (Rooney Mara) y su vida se basa en ir a trabajar y volver a su apartamento. Será cuando instale y ejecute un novedoso sistema operativo cuando todo empiece a cambiar. Esta nueva inteligencia artificial –con la voz de Scarlett Johansson– se hace llamar Samantha y no es simplemente una asistente o ayudante, se trata de una compañera vital para Theodore: es su amiga, confidente, consejera, y, por último, incluso su pareja. Esta es la premisa, y la película podría haberse quedado en esto simplemente, en la provocación y divertimento de mostrar la relación de amor entre un hombre y una máquina. Pero el guión de Spike Jonze va mucho más allá: en una dulce, dolorosa y lírica trama, el arco narrativo de los dos personajes (porque Samantha, aunque sólo sea una voz, es todo un personaje enorme, con una maravillosa interpretación –solamente vocal– de Scarlett Johansson) evoluciona de forma lógica como lo haría cualquier relación humana, con la salvedad de que, llegados a un punto, esta relación se convertirá en algo muy distinto a los otros bloqueos emocionales que había tenido anteriormente el personaje de Theodore. Lo bello del guión es que logra que como espectadores pasemos de la risa inicial de lo incrédula que puede ser esa relación, a la felicidad de compartir el goce de Theodore y Samantha por amarse el uno al otro, llegando a la lágrima sincera de pasarlo mal por ellos, por lo que son, por lo que han aprendido, lo que han sentido y lo que pueden perder.

Se trata de una apabullantemente hermosa historia de amor, pero a la vez va mucho más allá de una trama romántica, es una trama humana. Theodore (uno de los personajes más dulces y buena-gente que se han podido ver en los últimos años de cine) es un hombre perdido en sí mismo, desorientado en su mundo, incapaz de saber qué demonios quiere en la vida y de la vida, y en su relación con Samantha encuentra otro yo capaz de romper ese muro que nunca nadie había quebrado antes. Joaquin Phoenix encarna a este protagonista de una forma totalmente genial; siendo ésta una interpretación mucho menos intensa y física de la anterior en The Master, el actor nos regala un trabajo sosegado, íntimo y delicadamente perfecto. Por otro lado, el personaje de Samantha no solamente es un sistema operativo que revolucione vitalmente a Theodore, sino que ella misma desde el inicio del film hasta el final se constituye como sujeto, aprende, vive, evoluciona y cambia, se convierte en un ser vivo que acaba por estar mucho más vivo que la mayoría de usuarios que la han instalado en sus ordenadores. Y aquí la interpretación de Scarlett Johansson es descomunal, puede parecer una exageración, pero no lo es en absoluto: la actriz dota de una personalidad poderosamente humana a esa inteligencia artificial; nos reímos, lloramos, sufrimos y nos emocionamos de una forma vergonzosamente brutal con Samantha, un ser vivo que se descubre a sí misma yendo mucho más allá de los límites que tenía impuestos, donde enamorarse de Theodore es solamente el principio.

En un momento de la película, Theodore se ve en un mar de dudas al pensar sobre su relación con Samantha: ¿es una relación normal? ¿Es amor lo que él siente hacia ella? ¿Y ella? Si ella no es más que un programa informático, ¿puede sentir realmente? Si todo es una simulación programada, ¿cómo puede ser real lo que sienten el uno por el otro? Es justo en ese instante cuando Her se convierte en una película excelente. Madura, valiente y coherente hasta el último detalle. Spike Jonze construye una media hora final que baila poéticamente entre las emociones más difíciles y dolorosas del ser humano, y lo hace habiendo partido de una premisa que parecía simplemente cómica y provocadora. Porque eso es Her: es comedia, es drama, es gag conceptual, es reflexión, es melancolía, es sexo, es poesía… Es sencillamente uno de los films más tremendamente bonitos de los últimos años.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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