Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)

“No te sueltes” advierte el cartel del nuevo film de Alfonso Cuarón, ya que soltándote en el espacio todo lo que te rodea es un abismo infinito. Pero también se refiere a “no te rindas”, “no te dejes llevar”… sigue respirando, un paso más, un centímetro más. Gravity es una formidable película, notablemente rodada, magníficamente escrita y brillantemente interpretada. Es ya uno de los mejores films del año. Y lo curioso es que, siendo un film de ciencia ficción, es básicamente una clásica historia de supervivencia en una situación extrema, mortal y a contrarreloj. La montaña rusa emocional que vivía el personaje de James Franco en 127 horas (Danny Boyle, 2010) –peleando por su vida, buscando la razón por la que rendirse o no rendirse, buscando el motivo por el que no dejarse llevar– es la misma carrera emocional que se vive en Gravity. Puede sonar muy a cliché, muy a mensaje consabido, pero lo cierto es que esta taquicárdica película espacial funciona como un tortazo en la cara que te grita claramente un “levántate y sigue peleando”.

Y lo bien que nos va que de vez en cuando nos den esa clase de tortazo… Ante dificultades y obstáculos llegamos a rendirnos, patalear, rebelarnos, maldecir a Dios o a quien tengamos por culpable; y cuando parece que se abre un claro, otro muro nos aplasta. A base de obstáculos, a base de muros, así se construye la trama de Gravity: Cuarón regresa al cine después de la aclamada Hijos de los hombres (Children of Men, 2006) firmando un guión con su hijo (Jonás Cuarón) que se estructura en un survival que de forma continua avanza in crescendo haciendo que la intensidad, dramatismo y tensión lleguen a cotas de infarto. No se trata solamente de que los personajes tengan que solventar las dificultades, sino que el alma del guión se basa en ponerlos continuamente en situaciones cada vez más límite, intentando conducirlo todo hasta el posible instante de “se acabó, me dejo llevar”.

Sin embargo, antes de que Gravity nos conquiste por su trama, ya lo hace por su potencia visual. Esta película nos muestra el espacio y la órbita de la Tierra como nunca antes habíamos visto en una sala de cine. La cámara del film es una cámara que flota y cae, y choca y vuela con los personajes haciéndonos partícipes no sólo de la acción sino del espacio que ellos ocupan… del vacío que ellos ocupan. Y al mismo tiempo dicha cámara se queda suspendida y observa el horizonte de la nada. Mucho se ha comentado del potente plano secuencia de casi veinte minutos con el que inicia la película; lo cierto es que todo el film está conformado en gran parte por sucesiones de planos largos y planos secuencia que, inteligentes y necesarios, van entretejiendo un poderoso movimiento transmutado en lírico baile a través de astronautas, satélites, naves, atmósfera y estrellas. Cabe añadir aquí también que, desde que el 3D se está introduciendo en la producción y realización de cine, esta es la primera vez que somos testigos de cómo esta herramienta consigue dotar de sentido al film y lo mejora. El espacio donde flotan los personajes es básicamente profundidad abismal infinita, y en eso Cuarón ha usado inteligentemente un 3D que baila acompasado con la cámara y la sucesión de acontecimientos de forma útil, funcional y viva al mismo tiempo. Se podría decir que hasta ahora las tres dimensiones eran un elemento bastante muerto a nivel de relevancia dentro de un film; con Gravity el 3D cobra vida.

Y es así como, con un escenario magníficamente mostrado, esta película nos cuenta el arco dramático del personaje de la doctora Stone, interpretada por una Sandra Bullock que sorprende y mucho por su brillante, coherente y entregada interpretación. Es una actriz a la que se le suele tener manía (y con razón en muchas ocasiones) y a la que la mayoría de nosotros no dábamos mucha confianza para este film. Y sin embargo, contra todo pronóstico, Bullock hace un trabajo colosal que no solo engancha empáticamente con el espectador, sino que logra que nos olvidemos en muchos momentos que ese personaje que estamos viendo es la famosa y archiconocida Sandra Bullock –en cuanto a George Clooney, bueno, lo cierto es que hace de George Clooney, y eso ya funciona perfectamente para el film–.

El personaje de Bullock, más que recorrer la vía de la redención, recorre la senda de la lucha incesante por seguir adelante, por un soplo más de vida, por un paso más. Una pelea constante que nos recuerda caminos de supervivencia como el de Chuck Nolan (Tom Hanks) en Náufrago (Robert Zemeckis, 2000) o el de John Ottway (Liam Neeson) en Infierno blanco (Joe Carnahan, 2011); supervivencia que no se basa tanto en una búsqueda continua del éxito en el resultado de la batalla, sino en un sobrevivir a nuestra propia rendición, a nuestro propio hastío, a nuestra propia nulidad. El personaje de Neeson en Infierno blanco lo decía así: “una vez más en la lucha, en el último combate que conoceré, vivir y morir en este día…vivir y morir en este día”.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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