Excalibur (John Boorman, 1981)

Tras finalizar el rodaje de El exorcista II: El hereje, el siguiente proyecto que el director inglés John Boorman tenía entre manos era llevar a la pantalla grande El Señor de los Anillos de Tolkien. Cuando la producción estaba ya lista para ponerse a trabajar en ella, United Artists –poseedora de los derechos por aquellos tiempos- se echó para atrás al no querer hacerse cargo del alto coste que supondría. Boorman intentó después hacerse con los derechos cuando pasaron a manos de Saoul Wentz, pero pedía una cifra que no quería pagar Tri-Star Pictures (más de un millón de dólares). Wentz finalmente sí que produciría la versión animada de Ralph Bakshi, pero con la lección aprendida al menos en lo que respecta a la pre-producción de una película de una envergadura más grande a las cuales estaba acostumbrado, Boorman dirigió su atención entonces hacia la obra La Morte D’Artur, de Thomas Malory.

La obra de Malory era una especie de compendio de diversos poemas, leyendas y romances relacionadas con el universo de Camelot, el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda a lo largo de la historia, situándolas dentro de un orden cronológico y coherente, dándole contenido y forma. Dividida en más de veinte partes, cada una bastante extensa, para llevar a cabo una adaptación “pasaje-por-pasaje” de semejante obra hubieran sido necesarias no ya tres películas como hizo Jackson con Tolkien, sino más bien tres temporadas de una serie de televisión, de producción generosa a ser posible. A la hora de ponerse a trabajar en el esquema que adaptara la obra, el guionista Rospo Pallenberg tenía dos opciones: o centrarse en una parte concreta de la obra, como suele ser habitual a la hora de llevar los mitos artúricos al cine –en especial la parte dedicada al triángulo amoroso entre Arturo, Ginebra y Lancelot- o intentar dar con una visión “general” de asunto, dividiendo la película en varias partes, con ningún protagonista fijo. Con mucha valentía, Pallenberg y Boorman aceptaron este segundo reto, con las dificultades que planteaba –qué partes escoger y cuáles descartar, qué personajes dejar de lado definitivamente, qué historias protagonizadas por estos personajes “fusionar” con las de otros para que al menos hubiera referencias a ellos en el film, de algún modo…-

De ese modo, la primera parte de la historia, “The Dark Ages”, sirve como introducción al mundo por el cual vamos a movernos, y nos pone en situación del estilo visual del film, su gusto por la teatralidad, y por la brutalidad a la hora de mostrar las escenas de acción, amén de que la primera historia del film encierra, a grandes rasgos, lo que va a devenir el film. La historia de Uther Pendragon es casi un presagio de la que le ocurrirá a su hijo, o cómo largos años de guerra para conseguir un sueño pueden echarse por tierra en unos instantes cuando se deje llevar por la pasión. Y aunque Merlín, consejero y amigo de Uther, aprenda la lección para lo que está por venir, quizá debido a su procedencia “mágica” no pueda interferir en exceso en los asuntos de los hombres, si bien más adelante intentará advertir de Arturo por activa y por pasiva de futuras desgracias.

La segunda parte ya nos narra la historia de la juventud de Arturo –excelente Nigel Terry en su construcción de un personaje por tres etapas muy diferentes de su vida-, cómo arranca la espada provocando división entre los diferentes reyes de los condados y cómo tratará de unificarlos, a la vez que nos mostrará el inicio de su relación con Ginebra. Es la parte dedicada al “auge”, a la grandeza, excelentemente acompañada, tanto en lo visual como en la parte musical. El protagonismo de Uther-Merlin, y de Arturo-Merlin, dará paso a Lancelot y Ginebra en la tercera parte de la historia, donde ya se nos mostrará a Camelot en todo su esplendor, y la historia comenzará a ir cuesta abajo, cuando entre en juego Morgana LeFay –también excelente Helen Mirren, y su duelo interpretativo con Nicol Williamson, probablemente lo mejor de una película con muchas virtudes (1)- y empiece sus manipulaciones para enfrentar, primero, a Sir Gawain contra Lancelot, y a la vez dar “voz pública” al romance entre éste y Ginebra, el cual aún no se había consumado, pero el poder de los cotilleos debía ser tan fuerte en la antigua Camelot como hoy en día…

Será esta tercera parte la que tenga un epílogo más largo y la que marque el cambio de tono de la película, volviéndose mucho más oscura y deprimente, con un Merlín derrotado por Morgana, Lancelot y Ginebra desterrados y la caída en desgracia de Arturo, y el protagonismo pasará a Percival y su búsqueda del Santo Grial. Un capítulo mucho más sucio y desagradable, que nos hará olvidar el brillo de Camelot y nos mostrará cadáveres de caballeros putrefactos colgados de un árbol y siendo devorados por los cuervos, o grupos de famélicos ciudadanos caídos en desgracia que traen a la cabeza a El séptimo sello de Bergman… Esta división por capítulos, todos ellos muy intensos, produce una cierta sensación de melancolía al llegar al último, el enfrentamiento entre los pocos caballeros que quedan de Camelot y las hordas de Mordred, luchando “por lo que fue y por lo que pudo haber sido”… La obra, que abarca un número tan grande de años en su narración, usa fundidos en negro para dividir por episodios, a la que vez que usa unas elipsis muy imaginativas para explicar el paso del tiempo dentro de cada etapa.

Muy, muy por encima se tocan otros temas de la obra de Malory, como el entrenamiento al que somete Merlín a Arturo, a la vez que “funde” otros de modo muy audaz. Versiones diferentes de la leyenda indican que Arturo no recibió la espada de la roca, sino de la Dama del Lago… Boorman se ocupa de que la Dama se la entregue, una vez la pierda debido a su arrogancia. En esta versión es Percival, y no Gawain, quien encuentra el Grial, no se nos muestra el conflicto entre Kay y Arturo, y dejadas de lado totalmente quedan otras partes de la mitología artúrica, como Tristán e Isolda, o el libro de Gareth, hermano de Gawain. La historia dividida tiene un cierto aire de romance, de poesías interconectadas una tras otra, que producen una sensación raras veces vista en el cine. Es hilar fino tratar de capturar al espectador en una historia dividida de un modo no demasiado frecuente, pero con la excelente fotografía de Alex Thompson, la espléndida banda sonora, tanto la original de Trevor Jones como las melodías de Orff y Wagner – siempre me viene a la cabeza el momento en el que Percival cae bajo el agua y “viaja” hacia el más allá, toda una demostración narrativa de lo que es un viaje interior explicado como si fuera uno exterior, acompañada de esa elipsis final cuando le entrega a Arturo el cáliz-, y una producción bien ajustada –aunque se le noten ciertas carencias, no es muy difícil imaginar que Boorman hubiera preferido un poco más de ampulosidad en la tercera parte del film, si bien lo resuelve de un modo brillante mostrando los “días de gloria” de Camelot cuando Percival entra por primera vez, cambiando lujo por actividad frenética, o un poco más de decadencia en las dos últimas-, se logra esta maravilla inolvidable.

(1) Boorman quiso aprovechar la “química” entre Williamson y Mirren… ambos se llevaban muy mal y no se hablaban desde una producción teatral de Macbeth. Hay que reconocer que dio muy buenos resultados.

Fuente de información utilizada: entrevista de Salon a John Boorman en abril del 2001.

Javier J. Valencia

 

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